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que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

¿Morimos y ya está?

La cuestión de la muerte nos plantea la natural apertura de la persona a la trascendencia


Como afirma H. Plessner, en La risa y el llanto: “llorar es el lenguaje de la tristeza o el miedo”. C.S. Lewis, en El problema del dolor; y V. Frankl, en El hombre doliente, advirtieron, desde perspectivas muy similares que lo primero que debemos hacer con el dolor es aceptarlo. Acoger este momento dramático de nuestra existencia y sobreponerse al dolor es convertir el hecho doloroso en una tarea ilusionante, que no es otra que la de reorganizar la propia vida contando con esta dramática verdad que hay dentro de nosotros.

El sufrimiento nos lleva a realizar un discernimiento entre lo que hay de importante en nuestras vidas y lo que no vale y por tanto nos ayuda a distanciarnos de nuestros propios deseos y miedos. Únicamente podemos afrontar el sufrimiento si lo transcendemos, ya que el sufrimiento con sentido apunta más allá de él mismo. Precisamente el sentido del dolor es el motivo y el fin por el cual aceptamos sufrirlo.

Y finalmente es propio de la persona humana la apertura a la trascendencia. Como ha subrayado Ricardo Yepes Stork en Sobre la fundamentación antropológica de la religiosidad, en una fundamentación metafísica de la persona hay lugar para una consistente fundamentación antropológica de la religión.

Para la tradición filosófica, la tendencia radical del hombre va unida a la admisión de la existencia de un Ser Supremo que da cumplimiento a sus aspiraciones, llámese el Bien de Platón, el Motor Inmóvil de Aristóteles o el Ser Subsistente de la Escolástica. Como afirma J. Maréchal, en El punto de partida de la metafísica, el interrogante sobre el fin último de la persona no pertenece a ninguna dimensión particular, sino que afecta a toda la persona.

Podemos preguntarnos si en el hombre hay algo incondicionalmente condicionado que apunta al incondicional incondicionado, que sea su fundamento y condición de posibilidad. Este fundamento es el que las religiones llaman Dios. En esta afirmación se llega a la culminación de la cuestión anterior sobre el sentido último de la existencia personal. En la libertad llega a su culminación la dinámica del espíritu humano que reclama un Tú absoluto que lo lleve a superar su existencial finitud. La existencia humana se decanta por una forma de vida penetrada totalmente de espíritu más allá de las fronteras espacio-temporales y por tanto, de algún modo reclama la inmortalidad.

Nadie tiene la experiencia de la muerte, pero nadie niega que estamos ante la experiencia central de la vida. El significado que pueda tener la muerte está intrínsecamente relacionado con la misma existencia de toda persona humana. Levinas en Totalidad e Infinito, afirma que pensar en la muerte es “un enjuiciamiento, en cuanto que nos pone ante lo absolutamente imprevisible”.

El hombre que desea vivir sabe que ha de morir. No podemos rehuir la muerte, sino que la percibimos como ineludible posibilidad. No obstante conviene distinguir entre el morir y la muerte. El morir, en tanto que muerte clínica significa el camino hacia la muerte en sentido antropológico. Solamente más allá de la vida tiene sentido hablar de la muerte como problema antropológico, es decir, saber si la vida acaba totalmente con la muerte o si ésta es el comienzo de otra vida. La interpretación unitaria del ser humano que prioriza la unidad substancial humana sobre una firme metafísica del ser que no se quede en un esquema típicamente hile mórfico defiende que el alma continua existiendo más allá de la muerte, precisamente porque el alma humana es “espiritual”.

Santo Tomás propone esta verdad porque distingue los dos modos como el ser puede comunicarse a los entes: cuando el acto de ser se comunica al compuesto, como ocurre en el compuesto sustancial humano, y cuando el acto de ser es comunicado al alma y ésta comunica el ser al compuesto. Según esta explicación aunque la muerte implique la desintegración de la unión sustancial entre alma y cuerpo, esto no implica que el alma pierda la existencia con la que está integralmente unida. La expresión forma dat esse significa precisamente que la existencia llega al cuerpo a través del alma.

Aquí se trata, como hemos tenido ya ocasión de comprobar, de una afirmación que vertebra existencialmente la unidad de la persona humana en todos sus estratos, desde el más material de la corporeidad hasta las operaciones propias del entendimiento y libertad, y que, por tanto, implica una ontología del espíritu creado. Efectivamente el ser se da al alma en cuanto espíritu creado, y lo mantiene unido a ella de un modo indisoluble, ya que el alma es una forma simple.

El alma, a su vez, es forma de un cuerpo vivo, tal como expresó la teoría hile mórfica, y aunque esta segunda unión sustancial entre alma y cuerpo propia del compuesto humano pueda desaparecer con la muerte, el alma continúa unida a la existencia que recibe directamente de Dios. Gilson afirma que “El tener su existencia propia es un ser llamado propiamente así (habens esse). Esta existencia pertenece inmediatamente al alma; esto es, no a través de un intermediario, sino primo et per se. Ahora bien, lo que pertenece a algo por sí mismo, y como la propia perfección de su naturaleza, le pertenece necesariamente, siempre y como una propiedad inseparable”. Es cierto que pueden darse otras explicaciones menos escolásticas para explicar cómo lo orgánico y lo psíquico se complementan.

Y en este sentido, el problema de la supervivencia no es una demostración filosófica estricta. Muchos de los que defiende las pruebas racionales de la inmortalidad lo hacen, como Blondel o Maritan, desde un marco existencial más amplio. La riqueza ontológica adquirida en el acontecer existencial es de una densidad que no se corresponde con la nada. La plenitud del ser humano está en la plenitud de su libertad y en el desempeño del amor perdurable, por encima del espacio y el tiempo. Por eso, las acciones humanas son inacabadas y también lo es la tarea humana.

No hay razón intrínseca que favorezca el agotamiento de la línea argumental de la vida personal humana. Por eso se mantiene que aunque todo el hombre muera en la muerte biológica, esto no es su completa aniquilación. La muerte pone en evidencia la gratuidad del propio ser. El hecho de tenernos que realizar en el mundo es un don sobre el que no tenemos dominio. Por eso, el hombre se siente solo delante la muerte. Él no es el centro ontológico último. El verdadero sentido comporta una confianza de un núcleo de irreversibilidad después de la muerte. Liberado de las limitaciones de la existencia terrenal, queda la persona en completa disposición de un poder extraño que lo acoja. La muerte es el acto supremo de la libertad por la cual nos sabemos a total disposición de un Ser superior.

Pero, más allá de un tipo u otro de explicaciones, conforme nuestra reflexión se acerca a los temas de sentido último del tiempo y la historia, el dolor, la muerte o el más allá se vuelve cada vez más urgente clarificar las relaciones que unen lo natural con lo sobrenatural. Esta no es una cuestión más en nuestro caminar sino la cuestión que nos puede permitir enlazar una antropología natural con la propuesta de una antropología cristiana que, fundamentada en la revelación, ilumina qué es el hombre en los designios de Dios Creador.






04/12/2014 09:00:00