Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

¿Quien es el hombre?

Concepto de persona a lo largo de la historia


La filosofía clásica intuyó confusamente la singularidad de cada persona, en el sentido de que habitualmente la consideró el cenit y la síntesis de la naturaleza humana. Los griegos otorgaron a toda persona una serie de atributos personales, como la razón o la libertad, si bien los inclinaron ligeramente hacia un cierto intelectualismo. En este sentido el logos de Heráclito, el ser de Parménides, el bien de Platón, el primer motor de Aristóteles o el uno de Plotino fueron nociones que supeditaron la persona a lo universal. La persona humana es un instrumento de la realidad suprema a la cual encarna y a la cual, a su vez, se supedita. Es una pieza maravillosa, un verdadero microcosmos, pero, a la postre, se trata de una pieza que no posee razón de ser por sí misma.

Es cierto que Aristóteles defiende la unidad sustancial humana, y su carácter intelectual, pero olvida casi totalmente la intersubjetividad típicamente personal. Los elementos personales como las facultades o el carácter individual no son propiedades esenciales de la persona sino un don que la divinidad nos concede.

Los estoicos aseguraron la primacía de la voluntad y acentúan aquello concreto y singular por encima de lo abstracto. Se fijan sobre todo en la rectitud de la conducta de acuerdo con la razón e insisten en el elemento espiritual que define al hombre y lo distingue del animal. Esta espiritualidad no es propiedad esencial sino donación de la divinidad. Entre las diversas etimologías de “persona” sobresale la que indica la palabra griega prosopon que designa las máscaras que usaban los actores de las tragedias griegas, y detrás de las cuales ocultaban sus rostros.

De modo semejante, el hombre, debido a su espiritualidad, se constituye en un reflejo de la divinidad, ya que es un personaje que representa los dioses.

Las cosas fueron muy distintas en el pensamiento cristiano. Con la Revelación cristiana se resaltó el carácter absoluto de toda persona humana. La criatura es fruto de una intención libre de Dios y es amada por sí misma por el creador. La persona no es algo sino alguien con quien Dios pretende establecer relación de amistad. La historia de la teología católica, y especialmente los Concilios de Nicea y Calcedonia en los que se clarificaron las nociones propias de los misterios trinitarios y cristológicos, significaron un claro avance en la distinción de los conceptos de naturaleza y persona.

El supuesto o “suppositum” sería como el “quien” encargado de gestar una naturaleza completa y racional. Todos los hombres compartimos la naturaleza humana, somos “lo” mismo, pero cada hombre o mujer tienen nombre propio, no son “el” mismo o “la” misma persona. Esta característica personal por la que cada persona es, es diferente a todas las demás. Este supuesto que parece estar detrás de la naturaleza humana, dando ser y subsistencia a todas sus acciones coincidía perfectamente con las intuiciones trinitarias y cristológicas y hacía cada vez más necesario poner en el ser, en la subsistencia incomunicable, la base por la que podemos distinguir una persona de otras. No porque las personas humanas compartamos la misma naturaleza significa en modo alguno que compartamos la misma existencia individual.

San Agustín subrayó la intimidad propia de toda persona, una intimidad que no es sino la luz de Dios con la que cada uno percibe su propia identidad. Boecio añade que la sustancia individual de naturaleza racional es “señora de sí misma e intransferible”. Y santo Tomás de Aquino consigue un bello resumen de esta doctrina personal cuando afirma que en toda persona se singulariza la naturaleza humana hasta tal punto que se convierte en una realidad “incomunicable”. La persona es una “sustancia completa, subsistente en sí misma e independiente de cualquier otro sujeto”. Cada persona es una totalidad en si misma ya que subsiste como un todo individual completo de carácter racional.

En la época moderna, el hombre es desplazado por un universo que le sobrepasa. Vemos como la persona se retrae y busca la seguridad en una especie de puro yo clausurado. Estamos ante la pura conciencia de sí mismo que se manifiesta como independiente de todo. La persona se vuelve pensamiento puro y el yo racional suplanta al hombre integral. El racionalismo conduce a la identificación simple entre conciencia, sujeto y yo personal. Las versiones de la res cogitans de Descartes, la caña pensante de Pascal o la razón pura de Kant fueron distintos momentos de un camino inexorable hacia la subjetividad absoluta.

Según estas versiones el hombre se define por el alma, el pensamiento y el deber puro. Siglos más tarde, los diversos monismos que encontramos en las obras de Spinoza, Hegel o Marx representaron el sacrificio de toda la doctrina de la persona a un todo infinito, ya fuera la Naturaleza, la Idea o la Materia. En todas estas versiones, la persona se supedita a una objetividad que la engloba y en la que se sumerge totalmente su autonomía.

La antropología contemporánea ha recuperado hasta cierto punto la afirmación de la existencia, tan apreciada por la filosofía cristiana anterior, juntamente con el aprecio por la alteridad y la comunión que la caracterizaron. En este sentido, diversos autores proponen la libertad como una característica esencial de la persona, de modo que ésta siempre permanece abierta al mundo sin que la pluralidad de elementos que la constituye pueda destruir su unidad.

El existencialismo insistió en que toda persona es una conciencia que puede religar todos sus actos en diálogo con el mundo y con los demás. Pero existe el riesgo de proponer un concepto de persona que implique un proceso de constitución de la misma, de modo que un hombre no sería persona sino que se convertiría en persona gracias al ejercicio de su libertad.

Igualmente el personalismo acentuará el encuentro con el otro como constitutivo personal. En este sentido subraya la relación vital que debe mediar entre el yo y el tú. Estas breves pinceladas de historia de la filosofía de la persona, sin duda muy superficiales, no deben hacernos creer banal el proceso mediante el cual se ha ido perfilando el constitutivo metafísico de la persona humana. De hecho, de tal proceso y su acierto depende en buena medida el fundamento sobre el que apoyamos la auténtica dignidad de toda persona.

Así no debe extrañarnos que en la explicación kantiana se nos ofrezca la persona como un fin en sí mismo. Efectivamente, si personalidad equivale a dignidad, ser digno es equivalente a ser libre. La autoposesión libre será el valor intrínseco que determinará la esencia de la persona humana. No es despreciable esta apreciación pero en ella únicamente encontramos una explicación de la dignidad humana y no su fundamentación, ya que en lugar de la metafísica, este planteamiento supone un imperativo moral. Existe algo en mi conciencia que me lleva a tratar a todo hombre como fin en sí mismo. Ahora bien desconocemos si existe algo real que justifique este comportamiento, de modo que la dignidad de la persona humana permanece en el orden de lo fundado y no del fundamento.

Si excluimos la fundamentación metafísica de la persona humana, el respeto a la dignidad personal es cuestión de hecho y su fundamento reside únicamente en la voluntad humana. Esta es la base de la fundamentación jurídico-positiva de la persona. Es el hombre quien se da a sí mismo su dignidad. El positivismo afirma que los valores sociales son los que en cada caso determina la sociedad. Son determinados para cada situación histórica y social. La ley se debe tan sólo a la autoridad que la promulga. Las leyes que protegen a la persona son mecanismos de defensa que el hombre mismo inventa. En esta versión de las cosas se reconoce un valor y una dignidad a la persona, pero es un valor concedido y por tanto relativo a la sociedad que lo otorga.

En la fundamentación ontológica de la dignidad humana, toda persona es digna por el solo hecho de ser un individuo de especie humana. No es una conquista sino una verdad derivada del modo de ser humano. Lo que es una conquista es el reconocimiento de esta dignidad. La dignidad no es una construcción, sino algo que es y que ha de ser respetado. La exigencia absoluta de respeto descansa en un fundamento absoluto ya que la persona es un fin en sí misma y no solamente una conquista histórica. Para la tradición cristiana este fundamento proviene del reconocimiento de que el hombre es creado a imagen de Dios.

En este sentido cabe distinguir una doble dignidad, una dignidad ontológica y otra moral. La primera no se gana ni pierde mientras que la segunda tiene que ver con el obrar de la persona más que con su ser. En Dios existe una única naturaleza compartida por tres Personas divinas. El Padre no es el Hijo ni el Hijo es el Padre, y el Padre y el Hijo no son el Espíritu Santo. Y además no hay más naturaleza divina en Dios que la que comparten las tres Personas divinas. De modo que la teología no pudo aplicar a la definición de la persona divina nada que fuera común a las tres -es decir, su naturaleza- sino que optó por otro camino: la persona consistía en la relación de cada una de ellas con las otras dos. De este modo, el Padre y su paternidad coincidían, como coincidían el Hijo con la filiación. Las personas divinas fueron entendidas como relaciones subsistentes.

Esta explicación teológica, ciertamente ardua, trajo beneficios filosóficos de gran fecundidad. Si las personas divinas se definían por la relación, el ser de la naturaleza no coincidía con el ser personal, ya que, al menos en la Trinidad, “lo que” es Dios no coincide con el “quien” de cada persona, ya que cada una tiene su propio “quien”.

También en el misterio de la Encarnación se distinguió claramente naturaleza de persona. Si la unión de cuerpo humano y alma racional fuera en todos los casos persona humana, resultaría que Cristo, que tiene cuerpo humano real y alma racional humana, no sería Persona divina sino humana. La teología acertaba en decir que más bien Cristo es la Persona del Hijo de Dios encarnada, es decir, que tenía dos naturalezas pero una única persona.

Precisamente se llamará “incomunicabilidad de asumible” el hecho de que, al menos en el caso de Cristo, de la existencia de una naturaleza humana completa, compuesta de cuerpo y alma, no se deducía la existencia de una persona humana. Tanto en la reflexión trinitaria como en la cristológica se sintió la necesidad de distinguir con nitidez la naturaleza de la persona, y esta distinción hizo avanzar la reflexión en torno a la pregunta ¿qué es lo que hace que una persona humana sea persona?, o lo que es lo mismo, cual es el constitutivo formal de la persona humana.

Este esfuerzo teológico cristalizó en una filosofía propia de la persona en cuanto forma especial de ser y de existir. Las determinaciones personales se mueven alrededor de las categorías de identidad, autosuficiencia e intransferibilidad hasta culminar en la definición de persona como aquella sustancia completa e individual de naturaleza racional, que se conoció técnicamente como “supuesto” racional. El supuesto es el ser subsistente de naturaleza racional.







30/10/2014 09:00:00