Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

A la escucha de Dios

La fe es respuesta a la Palabra de Dios


La fe aparece como la respuesta del hombre delante de la existencia y la acción de Dios, Ser Supremo y Creador. Pero, si la fe es sólo esto, seríamos «creyentes» pero todavía no «cristianos». El hecho claramente «cristiano» es el de una fe que responde a un Dios vivo, que habla y busca al hombre.

Un Dios que interpela al hombre y que toma siempre la iniciativa. La Revelación de Dios, su Palabra, está parcialmente recogida en los Libros Sagrados, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo. La lectura atenta de la Palabra es un verdadero acceso a Jesús, enviado del Padre, Hijo de Dios y Señor de la Historia. Si Dios habla para comunicarnos vida, si la iniciativa parte de Él y es gratuita, la razón de su palabra es el amor. Y del amor podemos esperar comunicación. Nada más lejos de una palabra vacía que la Palabra de Dios, ante la cual el pueblo de Israel «calla y escucha» (Dt 27, 9).

Israel se alegra cuando descubre que podemos hablar con Dios: «Hemos visto en este día que Dios puede hablar con el hombre y continuar éste con su vida» (Dt 5, 24). Esta alegría, cuando la Palabra de Dios se percibe como contraria a su manera de vivir, se transforma en tristeza y lleva al olvido y a preferir dioses «silenciosos», denunciados por los profetas, que aparentemente dan más compañía pero que, en el fondo, llevan a una palabra que no puede pronunciarse.

La Palabra divina es muy diferente, lleva a reconocer al Inefable. Dios no puede ser nombrado porque nos trasciende totalmente, pero Él sí que puede pronunciarse, y de hecho lo hace en favor del hombre. La Revelación aparece así como el deseo de hacer partícipe al hombre de aquel misterioso diálogo que precedió a la creación del hombre (cf. Gn 1, 26).

Es lo que enseña el Concilio Vaticano II cuando dice: «Complació a Dios, en su bondad y sabiduría, revelarse El mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, por el cual los hombres tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo por Cristo, Verbo encarnado, y participan de la naturaleza divina» (DV n.2). La Revelación parte, entonces, del deseo de Dios. El Inaccesible se hace cercano usando palabras humanas. Es su pedagogía condescendiente.

Ahora bien, la comprensión de la Palabra de Dios exige una progresiva elevación del hombre. Igual que los niños han de ser educados para pasar de la comprensión de palabras simples a frases complejas, el hombre, guiado por Dios, se ha de educar en la escucha de la Palabra, que tiene su origen en un Dios misterioso y, que por tanto, es misteriosa.

El mismo Señor reconoce el carácter oscuro de su discurso (cf. Mc 4, 11-12) y San Pablo habla de un velo que permanece sobre el Antiguo Testamento y que impide que los israelitas lo entiendan bien. Por eso, el mandamiento de Jesús de escucharlo y entenderlo bien, es imposible sin la ayuda de Dios que nos envía el Espíritu Santo con la misión de enseñárnoslo todo y de recordarnos sus palabras (cf. Jn 14, 26). Dios también ha querido hablar al hombre a través de intermediarios. Esto es así porque quiere ser una palabra universal y el hombre no tiene una intuición directa de Dios.

Por eso, cuando dirige su palabra a todos los hombres lo hace hablando con una comunidad determinada. Dios habla a su pueblo. Habla a los patriarcas y, singularmente, al pueblo de Israel por medio de Moisés. El intermediario es necesario para que la palabra sea audible. «Habla tú con nosotros –pedía el pueblo a Moisés- que podemos entenderte, pero que no hable Dios con nosotros, que quizás moriremos». Y Dios hablaba con Moisés «cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (Ex 20, 19; Ex 33, 11).

Es Dios mismo quien ha elegido este camino para comunicarse. Lo recuerda la Carta a los Hebreos: «Después de que en otro tiempo Dios había hablado a los padres con frecuencia y de muchas maneras por medio de los profetas, éstos últimos días nos ha hablado a nosotros por medio de su Hijo» (Hb 1, 1). El nuevo pueblo al cual Dios ha querido comunicarse es la Iglesia. Los evangelistas recogen los hechos y las palabras de Jesús (cr. Lc 1, 1-4; 2 Co 12, 1ss; Ga 1, 11; Ap 1, 1), y San Pablo y San Juan hablan de tradiciones y revelaciones recibidas; y la autoridad de estos textos es reconocida desde los primeros tiempos del cristianismo.

La Iglesia tiene, entonces, constancia de que Dios habla y se siente en diálogo continuo con Él, «y ya no hemos de esperar ninguna revelación pública antes de la manifestación gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo» (DV n.4). El depósito no aumenta, pero se puede profundizar en su comprensión. Consta por la misma Palabra de Dios, que ésta fue revelada para ser leída y explicada al pueblo. Los mismos profetas nos vienen a recordar que lo que Dios ha dicho y el pueblo ha olvidado, es, sin embargo, una lectura que siempre hace la comunidad quien, como destinataria, puede entender el mensaje.

Pero la comunidad lee con la ayuda del intérprete que Dios mismo suscita de forma carismática. Lo mismo ocurre ahora en la Iglesia. La Escritura no sólo ha estado formulada en su interior, sino que le ha sido dejada en depósito para que sea custodiada e interpretada adecuadamente. Por este motivo escribe San Pedro: «Sabiendo que ninguna profecía de la Escritura es objeto de interpretación privada» (2 Pe 1, 21).

Esta interpretación autorizada resulta imprescindible. Sin ella es fácil equivocarse como muestra la propia historia. En efecto, el autor de la ley fue condenado en nombre de la misma ley, y todo por no haber entendido que la Escritura hablaba de Jesús (cf. Jn 19, 7; Jn 5, 39). Las palabras, entonces, han de llevarnos a la Palabra y es en este encuentro donde la lectura se convierte en oración. En el mismo momento en que el creyente puede responder a aquello que Dios le dice, se cierra el auténtico círculo. El mismo Espíritu Santo que ha inspirado a los autores y hace inteligible el contenido revelado habla ahora desde el interior del hombre «porque nosotros no sabemos orar como debemos, pero es el mismo Espíritu que intercede por nosotros con gemidos que no se pueden expresar» (Rm 8, 26).






15/01/2015 09:00:00