Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

A la espera

La Iglesia está a la espera de que el Señor vuelva


El final de esta vida se ilumina de modo muy distinto cuando simplemente la consideramos desde una perspectiva natural o cuando es fruto de la luz de la fe. De igual modo que el inicio de la existencia es para el creyente un don del amor creador de Dios, su muerte es el nacimiento de la vida eterna que empezó en él el bautismo. Los que son “ciudadanos del cielo” (Flp 3,20), los que viven como “extranjeros y forasteros” en este mundo (1 Pe 2,11), se alegran cuando les llega “la hora de pasar al Padre” (Jn 13,1).

San Pablo afirma “Para mí vivir es Cristo y morir ganancia. Por otra parte, si vivir en este mundo me supone trabajar con fruto, ¿qué elegir? No lo sé. Las dos cosas tiran de mí” (Flp 1,21-23). “Sabemos que mientras el cuerpo sea nuestro domicilio, estamos desterrados del Señor, porque caminamos en fe y no en visión. A pesar de todo, estamos animosos, aunque preferiríamos el destierro lejos del cuerpo y vivir con el Señor” (2 Cor 5,6-8).

San Ignacio de Antioquía decía, próximo al martirio: “Ahora os escribo con ansia de morir. Mi amor está crucificado y no queda ya en mí fuego que busque alimentarse de materia; sí, en cambio, un agua viva que murmura dentro de mí y desde lo más íntimo me está diciendo: “Ven al Padre””. (Rm 7,2). Respecto del juicio particular, el Catecismo nos expresa la fe de la Iglesia: “La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo.

El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida. Pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe”.

La parábola del pobre Lázaro (Lc 16,22) y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (23,43), hablan de un último destino del alma (Mt 16,26), que puede ser diferente para unos y para otros. Las “benditas almas del purgatorio” son efectivamente benditas, pues han muerto en la gracia de Dios y están ciertas de su salvación eterna. En efecto, “los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo” (Catecismo 1030).

Pero sobre todo el purgatorio viene exigido por el amor. Un alma no podría sufrir presentarse ante el Dios amor manchada de pecado y le significaría un gran tormento. Sabemos que muchos santos han experimentado esta verdad con una viveza extraordinaria. El purgatorio es amor, es fuego de amor, es inmensa pena de amor a Dios, ya ganado por la gracia, y aún inasequible en su gloria.

La Iglesia ha creído siempre en el purgatorio, y por eso desde sus orígenes ha ofrecido sufragios por los difuntos, como se ve en antiguos epitafios, escritos y liturgias. La fe en el purgatorio trae para la espiritualidad cristiana dos consecuencias de notable importancia. La primera, el horror al pecado, aunque éste sea leve, la urgencia de expiar el pecado llevando con paciencia las penas de la vida. La segunda, la caridad hacia los difuntos. En efecto, la caridad cristiana ha de extender su solicitud no sólo por los vivos, también por los difuntos. Por otro lado los cristianos sabemos por la fe, ciertamente, que “el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras”. “

El juicio universal sucederá cuando vuelva Cristo glorioso” (Catecismo 1040). Y entonces se sujetará a Cristo de modo absoluto la creación entera, “para que sea Dios todo en todas las cosas” (1 Cor 15,23-28). En la turbulenta historia de nuestro mundo llena de luces y sombras la última palabra la va a tener Cristo. Es Cristo quien revela a los hombres que después de la muerte habrá una resurrección universal. Hasta que llegó Jesús la muerte era una puerta oscura, un abismo desconocido y temible.

En los tiempos de Jesús, entre los judíos no había una creencia general y firme acerca de la resurrección, pues unos creían en ella y otros, como los saduceos, no. Para los griegos era una idea absurda, e incluso algunos cristianos nuevos tuvieron dificultad en aceptarla. Pero Jesús resucitado es también la resurrección y la vida eterna de los muertos (Jn 6,39-54). Él enseña con seguridad total que todos los hombres, justos y pecadores, resucitarán en el último día, y saldrán de los sepulcros “los que han obrado el bien para la resurrección de vida, y los que han obrado el mal para la resurrección de condenación” (Jn 5,29).

Los Apóstoles de Jesús anunciaron la resurrección con energía e insistencia, considerándola una de las claves fundamentales del mensaje evangélico. En efecto, los cristianos “somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos que venga el Salvador, el Señor Jesucristo, que transformará nuestro cuerpo miserable asemejándolo a su cuerpo glorioso, en virtud del poder que tiene para someter así todas las cosas” (Flp 3,20-21). Es verdad, como advierte el Catecismo, que “desde el principio la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones”. "En ningún punto la fe cristiana encuentra más grande contradicción que en la resurrección de la carne" (san Agustín, Salm. 88, 2,5).

Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo, tan manifiestamente mortal, pueda resucitar a la vida eterna? Y sin embargo, ésta es precisamente la fe cristiana en la resurrección de los muertos. Hay, por tanto, una escatología intermedia, que se refiere sólo al alma, y una escatología plena, referida al alma y al cuerpo; la primera se inicia con la muerte, la segunda en el último día, cuando venga Cristo.

La gloria de los justos resucitados será algo que queda más allá de lo que la mente humana puede imaginar, concebir y expresar. Jesucristo tiene por los hombres un amor tan grande que, arriesgando la propia vida, les asegura con frecuencia que a causa de sus pecados pueden condenarse eternamente en el infierno. Y es de notar que mientras Jesús alude en el evangelio con mucha frecuencia al infierno, tal alusión es relativamente infrecuente en los escritos de los Apóstoles. Quizá la razón sea que Jesús en su predicación trataba de suscitar la fe en unos hombres muchas veces hostiles al Evangelio; en tanto que los escritos apostólicos se dirigían a los creyentes, ya santificados por el Espíritu. También los apóstoles predican sobre el infierno, sobre todo cuando ven amenazada en los fieles la obediencia al Evangelio del Señor.

El temor del infierno debe estar, pues, integrado en la espiritualidad cristiana, siempre moderado por la confianza en la misericordia de Dios. “Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque le ven "tal cual es" (Catecismo 1023). El Nuevo Testamento nos presenta el cielo como un premio eterno que han de recibir los que permanezcan en Cristo.

El cielo es un tesoro inalterable, ganado en este mundo con las obras buenas. Dios nos ha revelado el cielo sirviéndose también de algunas imágenes y parábolas. Jesús habla a veces del cielo como de un convite de bodas (Mt 22,1-14), donde él se une a la humanidad como Esposo, y en el que se bebe el fruto de la vid (26,29). El cielo puede también contemplarse como “la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén” (Ap 21-22).

El apóstol san Juan la describe así como una esposa bellísima, adornada para su esposo. El cielo es la vida eterna. La vida eterna es Cristo mismo y a ella tienen acceso los que viven de Cristo (Jn 6,57) “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Lo que sucede es que “vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros os manifestaréis gloriosos con él” (Col 3,34). El cielo es estar con Cristo. El mismo Jesús revela que el cielo para el hombre es estar con él. “Si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él Conmigo” (Ap 3,20). “Cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo, estéis también vosotros” (Jn 14,3).

La Iglesia vive a la espera del Señor “aguardando la feliz esperanza y la manifestación esplendorosa del gran Dios y salvador nuestro, Jesucristo” (Tit 2,13). La Iglesia espera a Cristo como el siervo la vuelta de su señor. Y “mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo”, todos los fieles -del cielo, de la tierra y del purgatorio- estamos unidos en la comunión de los santos, cuya manifestación principal se da en la Eucaristía.






13/11/2014 09:00:00