Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Amar es el don de uno mismo

La gran diferencia entre bienes espirituales y materiales


Desde un punto de vista metafísico, la persona se presupone previa a toda relación personal. Como afirma R. Guardini, en Mundo y persona, “La manera en que el niño se desarrolla en el seno materno y sale de él está -pese a todas las coincidencias con el nacimiento de las crías animales- determinada, desde un principio, por el hecho de que en él está ya dada la persona en forma de proyecto. Ésta misma se halla ya, pues, presupuesta. Lo mismo puede decirse de las distintas maneras de atención de los padres para con los hijos. El que alimenta, protege y educa, ayuda a la nueva vida personal en su desarrollo, le procura materias del mundo y le enseña a afirmarse en el ambiente. Todo ello no crea, empero, persona sino que la supone. Toda promoción de un hombre por otro tiene lugar ya sobre la base del hecho de que es persona”.

Pero si el diálogo, la intersubjetividad y la donación no son constitutivo ontológico de la persona, no es menos cierto de que son sus manifestaciones más claras y evidentes, ya que las relaciones interpersonales son el verdadero escenario de la existencia humana. El carácter dialógico de la persona es hoy día algo asumido por casi todo el mundo. La persona humana es un ser constitutivamente dialogante.

La persona sin las otras personas se frustraría, ya que sus capacidades de dialogar no encontrarían destinatario. La persona no está hecha para estar sola. Tanto en la socialización primaria de la familia como en la secundaria, el hombre necesita las otras personas para reconocerse a sí mismo. La necesidad de integración en el grupo y el afán de ser reconocido manifiestan la condición dialogante de la persona.

El lenguaje es el modo habitual como las personas humanas compartimos ideas o sentimientos. Existe una gran diferencia entre los bienes materiales que pueden repartirse y que fundamentalmente se encuentran en el orden de la utilidad. Normalmente estos bienes disminuyen cuando se reparten. Así ocurre con un pastel si lo queremos compartir con los amigos. Cuantas más personas haya, “menos” pastel tocará a los comensales. Pero ocurre de modo muy diverso en los bienes del espíritu que no son materiales. Resulta que cuando se comparten aumentan. Así ocurre con el saber que progresa cuando se transmite.

Compartir es señal de la presencia del espíritu y el compartir espiritualiza la sociedad, porque lo común es específicamente humano, es el bien compartido por muchos. La vida social se fundamenta en la existencia de lo común. A menudo se piensa que lo común es lo universal, aquello que está en la razón abstracta, pero es más bien lo que se encuentra en diversas personas.

El amor es la forma más rica de relación entre personas. Santo Tomas afirma que “se llama amor al principio del movimiento que tiende al fin amado”. En toda persona existe una inclinación a la propia plenitud, un querer ser más uno mismo. No obstante este amor natural llamado amor de concupiscencia es únicamente el primer uso de la voluntad.

Los clásicos ya distinguían entre el amor natural propio de las tendencias sensibles; la dilección, que añade la elección al amor, y la caridad que añade la benevolencia hacia el amado. Pues bien, el amor de benevolencia es la forma genuina y propia de estimar de los seres humanos. Es la afirmación del otro en tanto que otro. Es desear que el otro crezca de modo que no refiere el ser querido a las propias necesidades sino que lo afirma en sí mismo; de ahí que se trate de un amor de donación.

Todos los actos de la vida humana, de una forma u otra tienen que ver con el amor. Por eso, el amor no es un sentimiento sino un acto de la voluntad acompañado de un sentimiento. Puede haber amor sin sentimiento y sentimiento sin amor. Sentir no es querer. No se han de confundir aunque tampoco se pueden separar. Amar es sentir afecto ya que el afecto es sentir que se ama, pero además el amor tiene efectos, ya que es obra de la voluntad.

El amor tiene sus actos propios que son muchos y que ojalá conformara siempre nuestro crecimiento personal. El amor implica el deseo y el conocimiento de la otra persona. Amar es desear, poseer, disfrutar, conocer, dialogar, compartir, acompañar etc.; el amor es afirmación de la persona amada. Amar implica alegrarse, perdonar, ayudar, cuidar, recordar, sufrir, compadecerse, consolar, respetar etc.; amar es elegir amar, y de ahí se deduce que amar significa también preferir, comprender, prometer, confiar, esperar etc.; amar es dar, y por tanto decir, regalar, beneficiar, honrar, corresponder, agradecer, etc. Nunca tantos actos han definido de un modo tan completo una realidad.

La persona está hecha para amar y ser amada y por esta razón, la amistad se constituye como la principal condición existencial de la persona humana. Santo Tomás afirma que la amistad es la benevolencia recíproca dialogada. Es desear el bien del amigo por el amigo mismo. La amistad es un tipo de relación interpersonal que va creciendo en intensidad si vivimos el amor de benevolencia.

La verdadera amistad nace del compartir una tarea o caminar hacia un objetivo común. De ahí que los amigos comparten lo que hacen y prefieren hacer cosas juntos. Algún autor, a este respecto prefiere el término socialidad al de sociabilidad humana. Así lo expresa Maurizio Flick y Zoltan Alszeghy en su Antropología teológica : “Así pues, al fenómeno humano pertenece no solamente la sociabilidad, sino también la socialidad. El hombre, por su propia naturaleza, no es solamente capaz de entrar en sociedad, sino que por el hecho de su misma existencia, tiene vínculos sociales.

Este hecho penetra tan profundamente en la realidad humana, que podemos hablar de una «transpersonalidad» esencial al hombre; es decir, el hombre, por el mero hecho de ser persona, tiene relaciones con otras personas, y de esta manera es llevado por su misma naturaleza a constituir una comunidad. Pero es preciso evitar que el término «transpersonal» se utilice en sentido hegeliano, como si la persona fuese un medio ordenado a la constitución y al desarrollo de la personalidad colectiva, que sería la única poseedora de un valor absoluto: semejante concepción no solamente es metafísicamente falsa, sino que además está en contradicción con la fenomenología de la socialidad, ya que de hecho los hombres no se sienten espontáneamente inclinados a ofrecerse como medios para el desarrollo de la sociedad.

La socialidad humana, tal como la hemos descrito, se manifiesta cada vez más en el mundo contemporáneo, especialmente por el progreso de la técnica y por la perfección progresiva de los medios de comunicación, hasta el punto de que se puede hablar con el Concilio Vaticano II de una socialización progresiva de la vida humana (GS 6, 25, 54)”.

Cuentan que en una ocasión advirtieron a Jacques Maritain del “peligro” de mantener amistades que pudieran poner en riesgo las propias convicciones, a lo que Maritain contestó: “Sería muy falso decir que una tal amistad es supra-dogmática o que se establece a costa de los dogmas de la fe... sé muy bien que si perdía la fe en el mínimo artículo de la fe, perdería mi alma. (Una tal amistad) nos ayuda a entrar en una mutua comprensión los unos de los otros. No es supra-dogmática sino supra-subjetiva. No nos hace salir de nuestra fe sino que nos obliga a salir de nosotros mismos. Es decir, nos ayuda a purificar nuestra fe misma de la ganga de egoísmo y de subjetividad en la cual tendemos a encerrarla”.

Nos parece muy acertada la distinción entre una comprensión supra-dogmática respecto de otra supra-subjetiva, porque, efectivamente, la amistad auténtica radica fundamentalmente en esta capacidad de descentramiento del propio egoísmo.






09/10/2014 09:00:00