Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Aprender a amar

La fuerza de la caridad consigue liberar nuestra alma de los apegos y manías con los que solemos perder libertad interior.


Nuestra voluntad está enferma y apenas es libre. Tiene un amor frágil y desviado. Si la caridad no sana nuestra alma su amor no podrá ser capaz de amar a Dios y al prójimo plenamente.

Y no es únicamente el dinero el ídolo más frecuente. Podemos adorar otros ídolos como las propias ideas, el afán de dominio, de poder, de independencia o de placer. Necesitamos purificar nuestra voluntad de todos estos apegos.

Las pasiones más comunes son el gozo del bien presente, la esperanza del bien ausente, el dolor del mal presente y el temor del mal inminente. Pero ninguna clase de bienes ha de tener prisionero nuestro corazón.

Poseer el corazón libre implica renunciar a cualquier apego que no sea Dios. Podemos tener amor desordenado a cosas malas como robar o mentir; a cosas indiferentes, como el meterse en todo o en nada; pero también a cosas buenas, como estudiar, rezar mucho o terminar un trabajo. La caridad es la fuerza que ordena la voluntad del hombre, librándole de todo apego desordenado.

Debemos descubrir nuestros propios apegos, ya que, a menudo, permanecen encubiertos. Si no nos molestamos en desenmascararlos no podremos arrancarlos. Para localizar nuestros apegos, bastaría con unas preguntas básicas respondidas sinceramente. “¿En qué te gozas y alegras? ¿Qué te produce más dolor y temor?”.

Normalmente pensamos mucho en el objeto de nuestro apego, como la salud o el dinero y hablamos mucho de ello. “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12,34). Normalmente uno se preocupa por aquellas cosas a las que está apegado.

Deberíamos caminar siempre hacia un desposeimiento afectivo, y a veces al efectivo de aquello que poseemos. De ahí la conveniencia de vivir con sobriedad y valorar la libertad que nos ofrece la pobreza espiritual y real.

Por otro lado es muy sano descubrir que la mayoría de apegos, cuando se revela lo que realmente son, no son más que ídolos ridículos que fácilmente se vienen abajo. Si una persona siente un gran apego al orden y se pasa todo el día poniendo cada cosa en su sitio, se pone nerviosa y hace a todos la vida imposible, no conseguirá tener el corazón en paz hasta que no derribe de su corazón el ídolo del orden.

Tiene que descubrir a la luz de la fe la estupidez de su manía y comprender que el orden es un valor que ha de integrarse en otros valores como la paz o la alegría de la familia. Tal persona, hasta que valore lo que no había tenido en cuenta, se ría de sus manías y desvalore su idolatrado orden, no se sentirá libre. Los apegos han de ser arrancados con la fuerza de la caridad ya que el alma no tiene otra fuerza que la de su amor.






04/09/2014 09:00:00