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que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
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Boecio, el traductor


Con la invasión de los pueblos bárbaros en las provincias occidentales del imperio romano se rompió la unidad política y el saber clásico y cristiano corría el riesgo de perderse. En esta situación de crisis surgieron algunos hombres de entre los romanos más cultos que recopilaron todo el saber de su tiempo en obras más extensas que profundas y que serán el germen de futuros renacimientos culturales. Aunque los siglos V y VI se consideran desiertos intelectuales, no hay que olvidar las figuras que aspiraron a mantener una continuidad cultural, traduciendo, trasmitiendo y divulgando los textos del pasado, ya que, a pesar de todo, dejaron una profunda huella en el pensamiento cristiano; este fue el caso de Calcidio, Mario Victorino, Macrobio, Marciano Capela, Claudiano Mamerto, Manlio Severino Boecio, Casiodoro, San Gregorio Magno, San Isidoro de Sevilla y San Beda el Venerable.

Anicio Manlio Severino Boecio nació en Roma en el año 480, cincuenta años después de la muerte de San Agustín; pasó en Atenas su juventud donde estudió el aristotelismo, el neoplatonismo y el estoicismo. En el año 510 Teodorico le nombró su consejero, pero acusado de traición, fue encarcelado y ejecutado en Pavía el año 524. Boecio está situado en el límite entre una civilización que agonizaba y otra que amanecía, de ahí que se le conozca como el último romano y el primer escolástico. Italia, y occidente en general, se habían aislado de la lengua griega que fue la matriz de la cultura filosófica; los teólogos latinos, a partir de San Agustín, habían dejado de leer a los griegos y los textos aristotélicos eran pocos o mal conocidos a través de comentadores neoplatónicos.

La obra ingente de Boecio consistirá fundamentalmente en traducir las obras de Aristóteles y de Platón, comentarlas y demostrar su concordancia. La consolación de la filosofía de Boecio se nos presenta como un viaje a la propia conciencia, en la cual descubrimos la contemplación del bien y la semejanza divina, de modo que en el paso de las ilusiones a la verdad se nos ofrece una progresiva interiorización de la reflexión. En esta obra, escrita en la prisión, Boecio presenta la filosofía bajo la imagen de una mujer majestuosa que lo consuela y le enseña que la verdadera felicidad reside en el amor al bien y en el abandono a la divina providencia. En los opúsculos de Boecio subyace una teología absolutamente técnica y nada histórica, con una justificación bíblica alejada de la experiencia y del estilo patrístico. No es extraño que su teología encontrara ciertas reservas en el siglo XII y que, los ambientes agustinianos, negadores de la autonomía racional, fueran especialmente críticos con su obra.

El mérito innegable de Boecio fue la traducción de los textos de los maestros, ya que en el campo de la filosofía el latín estaba muy desproveído de recursos. “Proportio” traduce “Analogía”; “Ratio” hereda el capital complejo del “Logos”; “Forma” traduce la riqueza semántica del “eidos”; y el binomio “intellectus”-“intelligentia” traduce estrictamente el griego “nous” y refuerza la distinción entre “intellectus” y “ratio”. Boecio es el creador de todo un aparato técnico encargado de expresar la lógica metafísica. Un caso típico de este tecnicismo será la distinción entre “esse /id quod est” y “quo est/quod est” que tanto influyó en Gilberto de Poitiers en su teología de la Trinidad . Además consigue precisar una serie de definiciones que se harán clásicas en la filosofía cristiana posterior, como la de naturaleza y persona, sustancia, hipóstasis, esencia y subsistencia.

En el campo de la cristología y de la teología trinitaria generalmente se le escapa a Boecio la elaborada teología de los capadocios, reflejada en las obras de San Ambrosio y de San Hilario; en cambio, le son mucho más asequibles los planteamientos de San Agustín, en los cuales encuentra especialmente una gran preocupación por la unidad de la naturaleza. Los padres griegos, al igual que San Agustín, fueron los primeros que fundamentaron el constitutivo formal de las personas divinas en la relación, preparando el camino a Boecio, el cual, ante la insuficiencia de las definiciones precedentes, elabora metafísicamente mejor que San Agustín el concepto de persona como relación. El fino análisis y la depurada técnica del lenguaje de Boecio hicieron de él el maestro inmediato del método escolástico. Al activar los principios metodológicos de Boecio bajo el signo de la dialéctica se abrió un período humanista durante todo el siglo XII.

Hugo de San Víctor será de los primeros en agradecer y seguir las aportaciones de Boecio. La escuela de Chartres, fundada por Fulberto a finales del siglo X, alcanzará su esplendor en la primera mitad del siglo XII y sus mejores representantes, siempre platónicos y realistas como Bernardo de Chartres, Gilberto de la Porrée, Thierry de Chartres y Clarembaud de Conches fueron comentadores de Boecio y herederos de su epistemología . Boecio consiguió hacer accesible el pensamiento de Platón y de Aristóteles a los latinos, pero su obra inacabada no consiguió ofrecer una comprensión completa de la filosofía griega.

Buena parte de las divagaciones de la primera edad media en torno a la filosofía griega son debidas a que Boecio traicionó a Aristóteles en el mismo punto en que sus simpatías por el neoplatonismo lo inclinaban hacia una especie de eclecticismo. Aún así Boecio nos legó una metafísica del bien absoluto; la idea de la racionalidad del cosmos; la responsabilidad humana en la opción por los valores; el carácter latino de la conciencia de uno mismo; y la unión de la libertad humana con el conocimiento divino que constituirán durante muchos siglos los problemas principales del cristianismo culto. En Boecio se presentan fundidas una metafísica platónica, una lógica moderada según los esquemas aristotélicos y una ética estoica, que, en su conjunto, marcará gran parte de la teología cristiana occidental.

Después que Occidente hubo recibido y asimilado la obra agustiniana, empezó un período de fuerte exaltación y renacimiento de la razón que se inicia en el siglo IX y se extiende hasta fines del siglo XII. Carlomagno se propuso organizar la enseñanza y trajo de Italia e Inglaterra algunos como Pedro de Pisa y Alcuino para que pusieran en marcha las escuelas que, a la sombra de la corte imperial, no tardarían en producir frutos. Surgen así, además de la escuela palatina, corriendo el tiempo, las escuelas de Fulda, Tours, York, Auxerre, Chartres y la de San Víctor en París de modo que el renacimiento carolingio recopiló los gérmenes de un estricto renacer de la filosofía . Durante este tiempo la disputa sobre los universales constituyó la gran controversia a la que se sumaron los nombres de Fredegisio de Tours, Gerberto, Odón de Tournai, Heirico de Auxerre, Roscelino de Compiègne, Guillermo de Champeaux, Adelardo de Bath y Gualterio de Mortagne. Básicamente la cuestión de los universales consistió en preguntarse en que medida el concepto responde a una realidad objetiva y las soluciones aportadas fueron desde el realismo exagerado hasta el conceptualismo .






29/09/2017 09:00:00