Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Ciencia de la cruz

Memorial de vida


En “la doctrina de la cruz de Cristo” (1Cor 1,18) está la clave de todo el Evangelio. La cruz es la suprema epifanía de Dios, que es amor. Por eso no es raro que la predicación apostólica se centre en la cruz de Cristo, pero hay que reconocer que la cruz de Jesús es un gran misterio, “escándalo para los judíos, locura para los gentiles; pero es fuerza y sabiduría de Dios para los llamados, judíos o griegos” (1,23-24).

La cruz es el enorme misterio de una Persona divina que experimentó la suprema humillación de la muerte y de la cruz. “Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo como víctima expiatoria de nuestros pecados” (1 Jn 4,10). La obra más santa de Dios confluye con la obra más criminal de los hombres. “En aquella hora de tinieblas, los hombres matamos al Autor de la vida” (Hch 3,14-19) y de esa muerte nos viene a todos la vida eterna. La cruz de Cristo ha sido nuestra redención. “Al precio de la sangre de Cristo, hemos sido comprados y rescatados del pecado y de la muerte” (1Cor 6,20) ya que Jesús “se entregó por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad, y purificar para sí un pueblo que fuese suyo, fervoroso en buenas obras” (Tit 2,14).

Cuando contemplamos el misterio de la cruz, vemos ante todo un signo doloroso, clavos, sangre, sufrimiento, abandono, humillación extrema, muerte, pero en realidad la señal de la cruz es la señal del cristiano porque en ella vemos el amor que Dios nos tiene y con el que nos ha redimido. La cruz es la revelación suprema del amor de Dios. Muchas cosas pueden revelar el amor: la palabra, el gesto, la ayuda, el don, pero el signo más elocuente, el más fidedigno e inequívoco del amor es el dolor. El amor del Padre es un amor capaz de sufrimiento, de dolor extremo. “Dios acreditó su amor hacia nosotros en que, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rm 5,8). Refiriéndose a su cruz, dice Jesús poco antes de padecer: “Conviene que el mundo conozca que yo amo al Padre, y que según el mandato que me dio el Padre, así hago” (Jn 14,31). “Así Cristo nos ama, hasta dar su vida por nosotros, como buen pastor” (Jn 10,11), “para darnos vida eterna, vida sobreabundante” (10, 10.28), “para recogernos de la dispersión y congregarnos en la unidad” (12,51-52).

Por eso la cruz es el sello distintivo de la verdadera espiritualidad cristiana. Si un determinado camino espiritual rehúye la cruz y es ancho y espacioso no el verdadero camino de Cristo, ya que éste –el que lleva a la vida- “es estrecho y pasa por puerta angosta” (Mt 7,13-14). Jesucristo afirma: “Ya no os digo siervos, os digo amigos” (Jn 15,15). Los cristianos somos los amigos de Cristo, “elegidos por él” (15,16).

Toda la vida cristiana ha de entenderse como una amistad con Jesucristo, con todo lo que ésta implica de conocimiento personal, mutuo amor, relación íntima y asidua, colaboración, unión inseparable, voluntad de agradarse y de no ofenderse. Esa es la amistad que nos hace hijos del Padre, y que nos comunica el Espíritu Santo. No hay mejor acceso al conocimiento interno de Jesús en su pasión que intentar adentrarnos en los sentimientos que inspiran su oración sacerdotal que nos presenta san Juan en los capítulos 14 y 15, comentados por el papa Benedicto XVI en su libro “Jesús de Nazaret” .

El ritual de la fiesta de la Expiación, que era y es la fiesta central de la fe judía, está descrito en el Levítico. Esta fiesta judía es el trasfondo bíblico de la oración sacerdotal. Un trasfondo que es litúrgico y que tiene un gran simbolismo ritual. La Escritura ordena al Sumo Sacerdote que ofrezca expiación por sí mismo, por sus pecados, por su casa, por su familia, por su clase sacerdotal, y por toda la comunidad. Así “purificará el santuario de las impurezas de los hijos de Israel y de todas sus transgresiones con que hayan pecado” (Lv 16,16). Únicamente en la celebración de estos ritos, el sumo sacerdote pronuncia el nombre de Dios. Todo el ritual de esta fiesta tiene como trasfondo la Alianza. Es más, bíblicamente hay que leer el relato de la creación en la perspectiva de la Alianza que Dios hace con el pueblo elegido. Si Dios crea un mundo lo hace para llegar a pactar una alianza con su pueblo.

En la oración sacerdotal, Jesús rogará por sí mismo, por los apóstoles y por todos nosotros porque Él es el Sumo Sacerdote de una nueva Alianza. La oración sacerdotal presenta a Jesús como el gran sacerdote del gran día de la expiación. Su cruz, su exaltación es el día de la exaltación de toda la humanidad. Jesús se dispone a realizar todo lo que estaba anunciado en las Escrituras hasta el punto de que los mismos discípulos perciben la densidad de un ambiente cargado de emotividad. “Lo que hay que hacer hazlo rápido” le dice a Judas y cuando Judas sale del cenáculo, Jesús se explaya con sus discípulos.

El Jueves Santo es el momento en que Jesús se ofrece como víctima por nuestros pecados. Esa es su auténtica razón de ser: el cumplimiento de la voluntad del Padre. Para eso ha venido al mundo, para este momento que con tanta emoción relata san Juan Evangelista y cuya profundidad tan acertadamente destaca la Carta a los Hebreos, que es donde encontramos la teología del sacerdocio de Jesús. Jesús no nos redime por la intensidad de su sufrimiento sino por la actitud interior de donación de su propia vida. El amor es el que salva. El amor de Jesús con el que va a la cruz, con el que va a la Pasión, en cumplimiento de la voluntad del Padre. Existe una conexión íntima entre la oración sacerdotal de Jesús y la Eucaristía, que se convertirá en el memorial de aquella acción que empieza la noche de nuestra Redención.

En el coloquio en el que Jesús se explaya con el Padre el rito de la expiación se transforma en oración. La sangre de la nueva Alianza no será ya la de un cordero sino la suya propia. Como un culto moderado por la palabra, va sucediendo todo al ritmo en el que Jesús lo va anunciando. La Eucaristía empieza en el momento en que Jesús afirma “esta es la sangre derramada por vosotros”. En este preciso momento terminan los rituales vacíos de la antigua alianza, que eran simbólicos y comienza una nueva realidad mucho más densa. Es el mismo Hijo el que afirma “esta es mi sangre, la sangre de la nueva alianza”. Ciertamente esta palabra no es una palabra vacía ni una promesa que no vaya a cumplirse. “Sacrificio y oblación no quisiste, pero me has formado un cuerpo” (Hb 10,5). Con la institución de la Eucaristía Jesús transforma su padecer y su muerte en la radicalidad de un amor entregado. Por este motivo el Jueves Santo debe interpretarse a la luz de lo que ocurrirá el Viernes Santo, porque será entonces cuando se realizará en la carne la entrega total de Jesucristo.

Podemos profundizar lo que afirma Juan 17 a la luz del Canto del siervo de Yahvé de Isaías 53. Efectivamente Jesús es el siervo de Dios que carga con la iniquidad de todos y se ofrece a sí mismo como expiación. “Mi siervo tendrá éxito, crecerá y llegará muy alto. Lo mismo que muchos se horrorizaban al verlo, porque estaba tan desfigurado que no parecía hombre ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchas naciones” (Isaías 52, 13-15).

El Papa subraya tres grandes temas de la oración sacerdotal de Jesús en la última cena: la vida eterna, la consagración en la verdad y el conocimiento del nombre de Dios.

En primer lugar, Dios es la “vida eterna”. Efectivamente el tema de la vida impregna todo el evangelio de Juan, pero la clave de su entendimiento correcto lo podemos encontrar en el diálogo de Jesús con Marta, justo antes de la resurrección de Lázaro, cuando Cristo afirma: “el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”; “El que está vivo y cree en mí no morirá para siempre”. Aquí “vida eterna” no significa la vida eterna después de morir, sin la vida en sí misma, la vida sin más. Abrazar del todo la vida, vivir auténticamente, del todo, plenamente, intensamente: esa es la vida eterna. Lo específico del discípulo de Jesús es que vive auténticamente. De hecho a los primeros cristianos se les llamó en algún momento “los vivientes”. Lo característico de Jesús en su testamento es animarnos a vivir, es decir, a conocer. Y no es tampoco cualquier conocimiento. Sino “que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo”. Esa es una de las fórmulas más sencillas de la expresión de la fe. En el fondo es simplemente creer en Dios, fiarnos de Él y depositar nuestra vida en sus manos. La vida eterna es un acontecimiento relacional. No es conocer sino empaparse de Dios.






13/04/2017 09:00:00