Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Comentarios del Evangelio. Demonios, muchos

Demonios, muchos


DEMONIOS, MUCHOS
 
Era un hombre “poseído por un espíritu impuro”, triste y cabizbajo que sin vida y alegría habitaba entre cementerios (Mc 5,1) Esto sucedía al otro lado del mar, en la región de los gerasenos. No es que aquel hombre no luchara contra su pobre situación, es que sencillamente no podía con ella. Irrefrenable, irreflexivo, “muchas veces” había intentado romper sus cadenas, pero sin ningún éxito. De hecho “nadie” podía sujetarlo ni con cadenas. ¡Que terrible situación la de la impotencia con uno mismo! Un hombre bueno sin libertad, con una existencia anodina que trascurría entre cementerios y cadenas, siempre alejado de todos los que ya se habían acostumbrado a su ostracismo. Se pasaba el dia gritando, pero nadie le oía, incluso se golpeaba con piedras para mostrar externamente que no estaba contento consigo mismo ni tenía paz en su interior.

Un día ve a Jesús, se postró ante él y le gritó con voz potente:  "¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes." (Mc 5,7) No es aquel hombre quien habla así, sino el espíritu que le tenía sujeto quien se enfrenta a Jesús. El Señor está con el geraseno y lucha contra el poder inmundo que le paraliza. Le pregunta su nombre y responde "Mi nombre es Legión, porque somos muchos."

Y es que son muchos los espíritus que se adueñan de nuestra libertad y la esclavizan. En nuestro caótico desorden interior son “muchos” los poderes que perturban nuestra paz sin que ninguna acción exterior los consiga eliminar ni suavizar. Este espíritu quiere mantenernos lejos del poder de Jesús porque le incomoda la presencia de uno más poderoso. El demonio teme al Señor porque quiere librarnos del maligno. Los “los espíritus impuros” piden a Jesús que los envíe a los cerdos que se abalanzan por un acantilado cercano.

Estos espíritus que estaban en el muchacho no salían de él, sino que venían de fuera. De hecho, una vez son expulsados la gente del pueblo comprueba como aquel endemoniado está ahora “sentado, vestido y en su sano juicio”. A muchos les parecía natural haber vivido toda su existencia con una cordura que parece natural, únicamente porque siempre ha sido así para ellos, pero esto de normal no tiene nada de nada, sino que es fruto del amor de Dios. Aquel que andaba desnudo entre tumbas y montes lo sabía muy bien y ahora por primera vez se ve protegido de sus muchos demonios, de aquellos espíritus que durante tanto tiempo se habían apoderado de él. Y se sienta junto a Jesús, su salvador.

Mientras que la gente del pueblo le pide a Jesús que se aleje de su territorio, aquel muchacho “que había estado endemoniado le pedía estar con él.”. ¡Que reacción tan distinta! Aquellos que en toda su vida se habían sentido capaces y seguros de sí mismos, se habían acostumbrado a suponer que aquel muchacho no era normal y que si se mostraba de un modo extraño era por su culpa. Ellos “no quieren líos” con verdades que alteren su aparente paz -y mucho menos  quieren líos con sus cerdos-. En cambio, estaban condenando aquel pobre hombre al ostracismo, a la soledad y al dolor por una culpa inmerecida. Aquí los únicos culpables de la situación de aquel geraseno eran los demonios de los que Jesús le libra. ¡Como no seguir al único que ha percibido su mal y su impotencia ante él!

Todo lo hace Dios, aun aquello que nos parece que depende de nuestro propio control personal. La ausencia de orden y paz interior nos arroja en manos de uno más poderoso que nosotros y más poderoso que el mal legionario que padecemos. “Vete a tu casa con los tuyos y cuéntales lo que el Señor, compadecido, ha hecho contigo” (Mc 5, 19)

A menudo pensamos que todo lo que nos ocurre viene de nosotros, de nuestro propio espíritu natural, de nuestra cultura, nuestro entorno o nuestra libertad. Pero esta suposición es falsa. Aquel hombre que unos días más tarde encontró Jesús en la sinagoga nos muestra lo mismo. Este hombre se puso a gritar a Jesús: "¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios." (Lc 4,34.) Quien habla es el espíritu del Mal del que Jesús efectivamente ha venido a librarnos. El diálogo -al menos este diálogo- no se da entre nuestra libertad y la de Jesús, sino entre su Santidad y el poder del Maligno que nos zarandea. Nuestra pobre razón simplemente toma nota de este combate que tan cerca de nosotros sucede. Jesús entonces añadió: "Cállate y sal de él", conminando directamente al demonio que, saliendo de aquel hombre lo hizo “sin hacerle ningún daño.”

¡Qué grande es el poder del amor de Jesús! Todos aquellos que vieron estos sucesos -y nosotros que los hemos escuchado por su testimonio- nos alegramos de tal palabra que “manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen." Porque necesitamos esta palabra de poder y de amor. Y esta palabra es Jesús. Es una tentación muy frecuente pensar que la culpa personal de nuestra propia libertad es la que causa todos nuestros males o que el dolor que la vida nos infringe tiene una explicación natural. Y en muchos casos puede que sea así, pero no en todos. Aceptar que hay realidades espirituales más allá de nosotros no debe aturdirnos, sino que nos permite entender la acción compasiva de Jesús, que libra un combate en nuestro interior, pero no contra nosotros. Esta es la única actitud que impide la salvación de Jesús. Este obstáculo se llama orgullo y en él fueron los fariseos unos maestros.

Si no escuchamos bien su palabra y convertimos nuestro corazón, no entenderemos la acción de Jesús en nosotros. Por eso, en la próxima entrega comentaré la afirmación de Jesús:
“Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo.” (Lc 7, 2)
 






25/05/2018 10:00:00