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que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
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Comentarios del Evangelio: Cuando la gente aprieta

Cuando la gente aprieta


CUANDO LA GENTE APRIETA

Jairo, un hombre importante, jefe de la sinagoga, había suplicado a Jesús que fuera a curar a su hija única que se estaba muriendo. “Mientras iba, la gente le ahogaba” (Lc 8, 40) La gente que le apretujaba le había estando esperando y había “recibido a Jesús con alegría” “La gente apretujaba a Jesús” y se le acerca una mujer -de la que desconocemos el nombre-. Se acerca “por detrás”, desanimada, ya que “se había gastado todo” en curarse de unas hemorragias que padecía desde hacía doce años.

Imaginemos la situación de esta mujer, de médico en médico… Nadie había conseguido curarla y ya no tenía nada que perder. Esta podía ser su última oportunidad. Me gusta imaginar con que lucha interior habría tomado esta decisión. Quizá en este último intento podía perder la poca esperanza que su corazón albergaba. ¡Pero nada tenía que perder! Por eso elige el más absoluto anonimato. A nadie le importaba su lucha. Así que “se acercó por detrás y tocó la orla de su manto” La mujer queda consternada y aturdida cuando “al punto, se le paró el flujo de sangre” Por fin, y más bien en contra de lo que sentía su corazón en la noche anterior, deja de sangrar su cuerpo y su alma también.

A algunos cristianos les puede parecer poca esperanza tocar a Jesús cuando nada tienes que perder, como si se tratara de una “esperanza sin mérito”. Pero parece que Jesús no piensa así. Él sabe que cuando todo sustento humano desaparece tiene especial importancia “donde pones tu corazón”, en quien depositas tu ser, porque “ahí tienes tu corazón”. Y eso fue lo que hizo aquella mujer al tocar a Jesús.

La vemos totalmente fuera del lío que ahora empieza a producirse. Jesús pregunta "¿Quién me ha tocado?" y todos -incluso Pedro- contestan como hubiéramos hecho cualquiera de nosotros: "Maestro, las gentes te aprietan y te oprimen." Pero esta no era la cuestión. Para la samaritana no fue tan importante que “las gentes” apretaran a Jesús. Tampoco que no se supiera quien le tocaba. Esta es una cuestión secundaria para quien, por primera vez, deja de desangrarse en la vida.

El Señor percibe esta doble consideración del mismo hecho, pero su interés en saber “quien” le ha tocado (45) es distinto al que presuponen los discípulos que “se extrañan de la pregunta”. Donde ellos ven “gente” que “apretuja” él busca a “alguien”. La mirada de Jesús es tan distinta a la de la gente que hasta la mujer se ve “descubierta” por ella. Su anonimato no preocupaba a Jesús sino reconocer quien había sido capaz de conseguir la fuerza que había “sentido” salir de Él.

La mujer se acercó a Jesús con poca esperanza en su curación, pero fue suficiente para “arrancar” de Jesús un milagro que tampoco Él había previsto. Jesús siente que ha brotado de él una curación que la mujer consigue con lo único que se atrevió a hacer: tocar a Jesús. Tocar a Jesús cura. Tocar a la gente no. Jesús espera que simplemente le toques, aunque sea por detrás y con el último suspiro de tu esperanza gastada, porque sólo entonces, su fuerza llegará hasta ti.

La mujer se siente “descubierta” y “se acercó temblorosa”. Ambos se miran como si por unos instantes hubiera desaparecido la gente. Solo importa que resuenen en sus oídos las palabras de Jesús: “Hija tu fe te ha curado, vete en paz”. Porque ahora todo estaba en paz. La fuerza de Jesús está reservada para los que le tocan con fe, en silencio y a escondidas. Y su gozo es descubrir el rostro alegre y agradecido de quien se atreve a un último movimiento más allá de toda esperanza humana.

Pero ahora empezaba un ruido todavía más ensordecedor.

“Todavía estaba hablando” (49) cuando llega uno de casa del jefe de la sinagoga. Suponemos que es un hombre importante que le espeta a otro: “Oye, no molestes ya al maestro: tu hija ha muerto”. ¡Menuda manera de comunicar la muerte de su hija! Pero ahora -en contraste con tanta búsqueda de culpables de curaciones inesperadas- lo “mejor es no molestar” al Maestro. Esta es la contradicción de la “gente” que rodea a Jesús sin verle. Son tan ciegos que se extrañan de que Jesús distinga y busque a “alguien” en medio del bullicio, pero también de que pueda “molestar” el dolor de un padre ante la muerte de su hija. Estoy seguro de que aquel jefe sin-nombre, ante aquella noticia, estaba a punto de perder toda esperanza en esta gente.

Jesús, “que lo oyó”, le dijo: "No temas; solamente ten fe y se salvará."

Jesús te ve, a pesar de los apretones de la gente y te oye a pesar de las insistencias de muchos para que calles. Palabras, solo palabras -me dirás-. Pero escucha a Jesús: “Basta que tengas fe”.

Es cierto que como en nuestro entorno, la gente que un día “apretaba” a Jesús ahora “se ríen de él” (53) “porque sabían que estaba muerta (su hija)” Claro. Esto es lo evidente. Para eso no necesitamos más que ojos y orejas. Pero para descubrir el corazón de la hemorroisa o el pesar del jefe sin-nombre necesitamos fe más allá del ruido y los apretones de la gente.

“Basta que tengas fe” y “la niña recuperó la vida”.

Dime ahora que queda del realismo de los agoreros que creen ver, de los que aprietan sin escuchar, de todos los ciegos al amor. ¡Ojalá que te baste la fe para tocar a Jesús! La importancia de estos dos milagros, entrelazados, que dejaron una fuerte huella en la catequesis primitiva, es muy grande. El de la hemorroísa, que se cura instantáneamente por tocar la orla del manto de Cristo casi por sorpresa, es una fuente inexhausta de poder sobrenatural. De Jesús “sale una virtud curativa”. El de la resurrección de la hija de Jairo, por su propio mandato es un Jesús que actúa con el poder exclusivo de Dios. Si el milagro en Cristo surge por un motivo benéfico, lleva anejo un valor apologético, de rúbrica divina a su mismo valor dogmático: lo que Él es, el Mesías Hijo de Dios.

Esta será la misión de los apóstoles. “Les dio poder sobre todos los demonios y de curar enfermedades, y les envió a predicar el reino de Dios y a hacer curaciones” (Mt 10,5-15) Esta misión va a tener lugar por la región de Galilea. Y no se refiere únicamente a los Doce, sino a los que envía “de dos en dos”. Se destaca que también les dio poder sobre “todos los demonios”. Era ésta una prueba, al hacerlo en su nombre, del advenimiento del reino mesiánico. Para esta misión reciben unas cuantas instrucciones y les advertirá de algunos peligros, especialmente del “fermento de los fariseos”. Pero esto queda para otro día.
 
 






10/05/2018 09:00:00