Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Como nosotros perdonamos a nuestros deudores

"como nosotros"


2. Perdona nuestras deudas

La petición de perdón de las deudas contenida en el Padrenuestro se comprende en el marco de la enseñanza de la parábola. En primer lugar, una súplica «Perdónanos nuestras deudas», luego una subordinada «como nosotros las perdonamos a nuestros deudores». La súplica hace referencia al ruego del siervo ante el señor, la subordinada evoca el comportamiento que el siervo habría debido tener con el compañero deudor: el sugerido por la compasión del rey con respecto a él. Cuando recita el Padrenuestro, el cristiano asume, por tanto, el punto de vista del rey de la parábola, reza al «Padre celestial», que es también «nuestro», en sintonía con su corazón y su voluntad. Es un «siervo» a su servicio en una comunidad que tiene en la fraternidad su eje constitutivo y su nota distintiva.

El hecho de que el perdón deba ser pedido en la oración implica una actitud temerosa (¡no miedosa!): puesto que la deuda es enorme, el cristiano sabe que es un siervo insolvente. ¿Es realmente posible corresponder por completo a una misericordia tan grande? La comunidad de los creyentes conoce los propios límites y no los esconde: implora sabiendo que no puede contar con las propias fuerzas. Sabe que perdón y fraternidad son ante todo fruto de la gracia y que se pueden recibir sólo como don por parte de un corazón colmado de amor como el del Padre, Padre «celestial» y «nuestro». Y, puesto que la oración del Padrenuestro es enseñada por Cristo, es por medio de sus palabras como la súplica del creyente sube al Padre.

Del mismo modo que es a través de él como el corazón misericordioso del Padre se ha manifestado, más allá de toda medida, en el madero de la cruz. También es por su medio como el perdón se da y mueve a los discípulos a reconocerse hermanos: «Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5,18).

3. Perdonamos a nuestros deudores

Se han generado muchas discusiones respecto al modo de entender la conexión literaria que el Padrenuestro establece entre perdón de Dios y perdón entre hermanos. Cunde una cierta perplejidad entre los creyentes cuando recitan: «como nosotros (gr. os kai) perdonamos a nuestros deudores». ¿Condicionaría Jesús el actuar de Dios a la acción del hombre? ¿Es el amor de Dios proporcional al compromiso ético del cristiano? ¿Recibimos el perdón porque somos pecadores o en la medida en que no lo somos? ¿Es el perdón un do ut des, una especie de comercio con Dios?

La parábola del siervo de la deuda impagable echa por tierra interpretaciones semejantes. El siervo recibe el perdón antes de encontrar al compañero deudor, y sólo después, en el juicio final, el señor le pide cuentas de su actuación. La expresión griega «como nosotros» (os kai) se repite dos veces en la parábola, pero cada una con un valor diferente. En Mt 18,33 tiene valor comparativo, confrontando el perdón del siervo con el del señor. Según la acepción comparativa, la petición de perdón del Padrenuestro puede ser entendida de dos modos: «perdónanos nuestras deudas de la misma manera y en la misma medida con la que nosotros las perdonamos a nuestros deudores».

No se trataría, sin embargo, de una correspondencia cuantitativa, sino de una declaración. La comunidad cristiana muestra no tener otra perspectiva sino la del perdón, tal como Jesús lo ha enseñado y comprendido. Ante el Padre ella constata que es la propia regla de vida y por eso no teme pedirle el perdón. Una segunda interpretación capta en el valor comparativo de la partícula una referencia al perdón escatológico: los cristianos, como buenos «siervos» (syndouloi), se conforman a la perspectiva del perdón de Dios, y no del siervo despiadado, y por eso piden que esto se tenga en cuenta en el juicio final: «Perdónanos nuestras deudas como también nosotros las perdonamos (= las estamos perdonando) a nuestros deudores».

En Mt 18,35 «como nosotros» (os kai) tiene, en cambio, valor consecutivo: a un perdón no dado de corazón sigue la indignación del Padre celestial. En este caso, el cristiano ora para que el perdón inmerecido que él recibe del Padre sea fuente inagotable y abundante del perdón que derrama sobre los hermanos: «Perdónanos nuestras deudas así que también nosotros las perdonemos a nuestros deudores». Desde el punto de vista literario no es posible establecer con certeza cuál de las dos opciones sea preferible. El valor comparativo es, de todas formas, remarcado en los versículos inmediatamente posteriores al Padrenuestro: «Que, si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas (Mt 6,14-15).

Tal vez por esto es preferible dar un sentido consecutivo a la petición de perdón antes expresada en la oración, de tal modo que se mantengan las dos acepciones. Así se mantiene la dinámica del perdón en tres tiempos: el perdón de Dios genera la capacidad de perdón en los creyentes (Mt 6,12) y el perdón que ellos ofrecen a los hombres abre a su perdón en el juicio final de Dios (Mt 6,14- 15). El todo parece sancionado por las dos últimas peticiones que el Padrenuestro formula, las referidas a «la tentación» y a la «liberación del mal», una terminología de tipo apocalíptico que lleva exactamente a una mirada escatológica. En conclusión, el hecho de que el perdón de los pecados y aquel referido a los hermanos sean objeto de la oración que Jesús enseña, muestra que la oración es el ámbito en el que se pide y se comprende, pero no se agota en ella. Se convierte en responsabilidad para los discípulos, llamados a construir una fraternidad en la que la misericordia de Dios cotidianamente se traduce y se conjuga.






16/09/2016 09:00:00