Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Con los ojos de Dios

La fe incluye poder creer, querer creer, saber creer y el don de la gracia o don de la fe.


La fe, es la virtud más radical, la madre de las demás, y es la que, más directamente, nos permite huir de todo naturalismo y establecernos con normalidad en aquel nivel en el cual Dios desea que vivan sus hijos: el nivel gratuito y sobrenatural de la filiación divina. El acto de fe es la culminación de un proceso interior llamado "conversión" o, también, "justificación".

Este camino lo han de recorrer todos, tanto los que recibieron el bautismo de pequeños y han crecido en el seno de una familia cristiana como aquellos que han sido bautizados en la edad adulta. Todo ser humano necesita de una primera conversión que nos dispone para ser introducidos en la amistad con Dios, o estado de "gracia". Después, y a pesar de esto, habremos de realizar sucesivas y nuevas conversiones constantes en nuestra nueva vida de creyentes. En el origen del acto de fe intervienen diversos factores por parte de Dios y por parte del hombre: el entendimiento y la voluntad y toda la persona, la Revelación, la gracia y el amor de Dios.

A menudo estos factores se entienden mal y de aquí provienen muchos malentendidos sobre la fe y las virtudes. Si estructuráramos estos actos que constituyen el acto de fe podríamos destacar cuatro momentos: el juicio de "credibilidad" (“es razonable creer”, “puedo creer”); el juicio de "credendidad" (“he de creer”, “hace falta creer”); la decisión de la voluntad (“quiero creer”) y, finalmente, el asentimiento del entendimiento (“creo”).

Esto no funciona como cuatro actos mecánicos ni tampoco reflejos, sino que es un análisis para entender mejor los factores que intervienen en el acto de fe, en tanto que proceso vital y único. Podemos decir que este análisis deja claros los diversos elementos de la razón, libertad y gracia (si puedo creer pero no quiero, no creo, si quiero creer pero no puedo, tampoco, si puedo y quiero pero Dios no me mueve, tampoco creo).

En el primer momento no es necesaria la intervención de la gracia sobrenatural. Esto es muy importante, porque quiere decir que hay razones para creer, es decir, que cuando el creyente cree es porque tiene motivos suficientes y razonables que dan certeza a su asentimiento libre. Es verdad que no se trata de evidencias sino de certezas libres, pero el acto de fe es un acto humano y como tal plenamente responsable y razonable.

La encíclica Fides et ratio de San Juan Pablo II nos ha explicado muy bien la importancia del estudio de estas razones. Vale la pena esforzarse en asumir estas razones que nos ayudan a creer, a dar razón de nuestra fe y a poder mantener un diálogo religioso responsable y desacomplejado. Con el estudio religioso podemos constatar la existencia de Dios; el hecho de la Revelación, la autenticidad de los textos bíblicos, la credibilidad de la Iglesia, etc.

Durante muchos años se decía que uno tenía que creer con la fe del carbonero, pero hoy podemos añadir que no todos son carboneros, que hace falta una fe a la medida de las necesidades culturales y ambientales propias de cada uno. Creer es entonces un acto plenamente humano, aunque es cierto que necesitamos del auxilio de la gracia, no es menos cierto que en nada queda violentada nuestra razón ni su fuerza directiva de la vida. En el juicio de credendidad se da el paso al Dios que hay que amar, con entrega y confiadamente. No está demasiado claro en el consenso de los teólogos si hace falta o no una ayuda especial de Dios en este momento del acto de fe.

Podríamos decir que, para afirmar en general que "hace falta creer", no haría falta ninguna ayuda de la gracia, pero que otra cosa es decir que "a mí" "me hace falta creer". De hecho, cuando la razón adivina que detrás de su asentimiento la propia vida será del todo diferente, entra en juego aquel misterioso juego de la libertad en el que Dios siempre está presente. No hay que pasar por alto el papel que tiene aquí "la autoridad". Es una palabra que puede sonar "negativa", pero que en sí misma debe distinguirse de todo tipo de autoritarismo o imposición.

Para que sea posible la "obediencia de la fe" hace falta poner la confianza, fiarnos de Dios. Y esto es imposible sin autoridad. El hecho de la autoridad tiene mucha importancia en cualquier "creencia" o proceso intelectual de tradición, pero ha quedado muy dañado en la visión racionalista de la fe, en la que las verdades no se creen en la medida en que son garantizadas por Dios que las revela, sino por el sentimiento de unidad o belleza que genera su cosmovisión. Que la fe sea incondicional, sin limitaciones, sin reservas, quiere decir que es falso que se pueda creer en parte, un poco o sólo algunas cosas. A menudo esto lo ha olvidado el creyente contemporáneo que ha vivido de un criterio ideológico de la fe.

Podríamos decir que este hombre tiene por verdaderos los contenidos de la fe "de manera diferente al de la fe". El creyente actúa entonces más como filósofo que como verdadero creyente. ¿Cuándo es más "adulto" el cristianismo? ¿Cuándo pretende una fe ideológica puramente natural? ¿O cuando -como el niño- acepta la formalidad y la totalidad de la fe en base a la confianza y a la mediación de la autoridad? El asentimiento de fe no es adhesión ideológica, porque descansa en la fe que se entrega. No se trata de que el creyente esté menos seguro de aquello que sabe. Está igual de seguro y su acto es igualmente incondicional. Sólo se trata de una seguridad libre en la que la ausencia de evidencia se suple por aquello bueno que sabe que es creer.

La buena disposición del hombre que se sitúa respecto a Dios en una actitud de filial apertura, de sumisión y de acogida es fundamental en el acto de fe. De hecho, en todo tipo de comunión existe esta actitud. Veamos, sino, la relación que existe entre el niño y el adulto, o la que se da entre el alumno y el maestro. Es aquella actitud que fomenta la virtud de la piedad y que consiste en hacer atractivo para el hombre el bien espiritual que significa Dios.

Pascal ya advirtió que existía un diálogo interior por el que la verdad se descubre deseable o verdadera en la medida en que la acogemos. Los dos momentos que ya hemos estudiado (puedo creer y hay que creer) pueden ser realizados con nuestras fuerzas con ayudas puntuales, pero los dos últimos (quiero creer y creo) son realizados bajo el influjo misterioso de la gracia de Dios. Sin la decisión de creer y el asentimiento de la inteligencia, el acto de fe no podría incorporar el entendimiento, la voluntad y toda la persona (también el sentimiento) a la verdad y el amor de Dios.

A modo de resumen, podemos decir que la fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Dios en el alma. Que hay motivos razonables que preparan y justifican la abertura del espíritu a la fe. Que la fe es fundamentalmente un asentimiento libre a la verdad revelada por Dios (creo "en" Dios y creo "a" Dios). Que se trata de un tipo de aprehensión intelectual, no una tendencia ni un sentimiento ni una experiencia confusa. Que al acto de fe le hace falta la voluntad de adherirse en virtud de la autoridad (en el sentido fiducial de la confianza). Que la voluntad mueve al entendimiento en un acto libre. (Cuando se dice que no es un acto de la razón se quiere subrayar que no es "sólo" de la razón, es decir, que no se trata de un acto puramente especulativo). Que la fe es posible gracias a un acto voluntario, una decisión de querer creer, porque es razonable hacerlo, humano, hermoso, bueno. Que la fe es libre ya que los misterios no son evidentes. Y que tanto el asentimiento de la razón como el influjo de la voluntad están determinados por la gracia.






10/07/2014 09:00:00