Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Creer es amar

La fe es un acto de amor


La creación fue la primera declaración de amor que Dios nos hizo. En ella se ve claro que Dios “nos amó primero” (1 Jn 4,19), pues antes de que él nos amara, no existíamos: fue su amor quien nos dio el ser, y con el ser nos dio la bondad, la belleza etc. Su amor nos hizo amables. Y nuestro Dios “ama cuanto existe” (Sab 11,25), y toda criatura existe porque Dios la ama.

Aún más abiertamente que el “Libro de la Creación”, el Antiguo Testamento nos revela a Dios como amor. El Señor ama a su pueblo “como un padre o una madre aman a su hijo” (Is 49,1); “como un esposo ama a su esposa” (Is 54,5-8); “como un pastor a su rebaño” (Sal 22); “como un hombre a su heredad predilecta” (Jer 12,17).

Hasta el hombre pecador debe confiarse al Él. Pero la auténtica y definitiva plenitud del amor de Dios se da en Cristo. En él “se hizo visible el amor de Dios a los hombres” (Tit 3,4). “Tanto amó Dios al mundo que le dio su unigénito Hijo” (Jn 3,16). “En esto se manifestó la caridad de Dios hacia nosotros, en que envió Dios a su Hijo unigénito para que nosotros vivamos por él. En eso está la caridad, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo, víctima expiatoria por nuestros pecados” (1 Jn 4,9-10).

Por todo ello hay que decir que los cristianos deberíamos ser los que “hemos conocido y creído la caridad que Dios nos tiene” (1 Jn 4,16) y esto no únicamente en el plano metafísico de la existencia o antropológico de la precedencia del ser personal sino también en la espiritualidad cristiana, ya que de la afirmación de la iniciativa divina derivan todos los rasgos fundamentales del conocimiento de la fe y la vida de la gracia.

Los cristianos nos atrevemos a intentar la perfecta santidad porque estamos convencidos de que Dios nos ama, y que por eso mismo nos quiere santificar. El santo nunca pierde esta audacia espiritual aunque a menudo se vea impotente y frenado por tantos obstáculos internos y externos. “si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que le entregó por todos nosotros ¿cómo no nos ha de dar con él todas las cosas?” (Rm 8,31 -32).

Si el miedo y la tristeza parecen ser los sentimientos originarios del hombre viejo, la confianza y la alegría son el substrato vital del hombre nuevo creado en Cristo. La necesidad de amar y de ser amado es algo ontológico en el hombre, imagen de Dios-amor.

En el mundo es normal que haya miedo y tristeza pero en el Reino de Dios hay lugar a la confianza y alegría, porque “hemos conocido y creído la caridad que Dios nos tiene” (1 Jn 4,16).

Es frecuente encontrar cristianos que dudan del amor que Dios les tiene. Quizá creen que Dios ama a la humanidad en general pero no se saben personalmente conocidos y amados por Dios. A menudo esta actitud proviene del sufrimiento personal o ajeno, o también del pecado, que puede ocasionar esta ignorancia del amor de Dios. “Soy tan malo que es imposible que Dios me ame”, o como afirma el evangelio: “Señor, apártate de mí, que soy hombre pecador” (Lc 5,8), pero quien piensa así olvida que precisamente Cristo afirmó que había venido “a llamar a los pecadores” (Mc 2,17), y que “siendo nosotros pecadores, murió por nosotros” (Rm 5,8).






19/03/2015 09:00:00