Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Del pesebre a la cruz

Del pesebre a la cruz, Navidad no se detiene en la Navidad


Precisamente porque la encarnación abarca toda la historia del mundo desde la natividad en Belén (que por su parte recapitula, como ya hemos visto, todo el Antiguo Testamento) hasta la parusía, por eso engloba ya, por lo menos virtualmente, la muerte y la resurrección de aquel que en esa circunstancia viene al mundo. Esto resulta por lo pronto de la Escritura misma, donde desde los primeros instantes se nos presenta como Salvador al Mesías que debe nacer de la mujer. El nombre mismo que el ángel nos revela como el suyo propio es «Jesús, pues Él es quien salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21).

Según el evangelio (por ejemplo, Ioh 8, 29) o la epístola a los Hebreos (10, 4-10), esta obediencia constituye la actitud fundamental de Cristo, desde el primer momento de su «entrada en el mundo». Habiéndose encarnado, está sometido a la ley del tiempo y, por consiguiente, del desarrollo. Deberá primero permanecer nueve meses en el seno de su madre, luego treinta años en el hogar de Nazaret, a fin de adquirir poco a poco su talla, física y espiritual (Le 2, 40). Igualmente deberá aguardar los siglos venideros para que también su cuerpo místico pueda alcanzar todas sus dimensiones y para que cada uno de nosotros tenga la medida que le conviene en el conjunto de este organismo por fin plenamente adulto (cf. Ef 4, 13-16).

Navidad forma el comienzo y el término de toda esta aventura. Para el Verbo es la partida, para nosotros es más bien el remate. Mediante nuestra comunión en el misterio pascual recibimos el Espíritu y nacemos a la vida filial del Hijo. San Basilio, que tienen el mérito de reasumir los símbolos clásicos de navidad: «Dios se hizo carne —dice— y gracias a su carne de la misma naturaleza que la nuestra atrajo a sí a toda la humanidad... Dios se hizo carne para que pereciera la muerte que estaba oculta en la carne. En efecto, así como la virtud de los medicamentos, insinuándose en nuestro organismo, evacúa de él los gérmenes de muerte, y así como las tinieblas de una estancia oscura desaparecen cuando se introduce en ellas la luz, así, por el solo hecho de su presencia en la naturaleza humana, la divinidad extirpó la muerte que reinaba en ella. Una vez que apareció la bondad de Dios nuestro Salvador [Tit 2, 11, epístola de navidad] y que salió el Sol de justicia, la muerte fue absorbida en la victoria [1 Cor 15, 54 es, por el contrario, un texto pascual]: es que no pudo soportar la presencia de la vida. Celebremos, pues, en este día la redención del mundo. Celebremos este día como el del nacimiento de la humanidad. Hoy se ha levantado la condena de Adán».

«Este día es menos el día del nacimiento del Salvador que el natalis de la salud». «Hoy ha nacido la causa de nuestra redención» «¡Oh Cristo! —canta el himno de navidad—, tú eres el Redentor del universo . Y nosotros, que somos rescatados por tu sangre inmaculada, cantamos este himno nuevo en honor del día de tu nacimiento.»

Tal es el verdadero sentido de la humillación de Cristo en el pesebre. Naturalmente, de este hecho se puede sacar una infinidad de lecciones morales. Pero había también, volviendo a la terminología de san León, una «virtud», una fuerza saludable, comunicativa y redentora. Este rebajamiento era ya el preludio de la kenosis, como dice san Pablo, de ese anonadamiento por el que debía pasar Cristo en su pasión.

En la liturgia bizantina se pone más de relieve este paralelo entre el pesebre y la cruz. Domingo en la octava de navidad: «Cuando un profundo silencio envolvía al mundo y la noche se hallaba en la mitad de su curso, vuestro Verbo todopoderoso, Señor, dejando su trono real descendió de los cielos.» En navidad, por el contrario, la palabra, el Verbo de Dios, es este in-fans, este niño que no habla, que ni siquiera se mueve: otro aspecto del rebajamiento del redentor, del carácter humilde y oculto propio de navidad. Pero en ambos casos es el mismo y único Verbo de Dios, al que la epístola a los Hebreos compara con «una espada de dos filos que penetra hasta el punto de división del alma y del espíritu y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» (4, 12).

No hay, pues, que engañarse acerca del sentido de navidad. En la misma medida en que Jesús nos aparece en esta forma pobre, débil e inerme, no se impone. Aunque viene para todos, sólo lo acepta quien quiere. La encarnación, al igual que la redención, se propone a todos como una opción. ¿Estaremos nosotros por Cristo o contra Cristo? La cuestión no se plantea sólo en vísperas de su muerte, sino que se suscita ya desde que aparece el Señor, por muy discretamente que sea.

Él será siempre el «signo de contradicción» de que nos hablará el anciano Simeón en la fiesta del 2 de febrero. Es ya por sí mismo y por tanto desde el primer día la Luz que luce en las tinieblas y que las tinieblas no quieren recibir. Edith Stein vio claramente que de esto se trataba para cada uno de nosotros en la celebración anual de la fiesta de navidad: «Las tinieblas cubrían la tierra y Él vino como la luz a las tinieblas, y las tinieblas no le recibieron. A los que le recibieron les aportó la luz y la paz: la paz con el Padre del cielo, la paz con todos los que son también hijos de la luz e hijos del Padre, y la paz profunda del corazón; pero no la paz con los hijos de las tinieblas... Para éstos [Cristo] es la piedra de escándalo contra la que tropiezan y que los quebranta. He aquí la pesada y grave verdad que el encanto poético del niño en el pesebre no debe disimularlo»

El misterio de la encarnación y el misterio del mal están estrechamente ligados. A la luz descendida del cielo se opone, tanto más sombría y lúgubre, la noche del pecado... Delante del Niño del pesebre los espíritus se dividen. Él es el Rey de reyes, el Señor de la vida y de la muerte. Dice: “¡Sígueme!”, y quien no está con Él está contra Él. Nos lo dice también a nosotros y nos intima la opción entre la luz y las tinieblas. Estas manos dan y exigen al mismo tiempo».

La obra de la encarnación se consumó en el Calvario — puesto que esta encarnación es fundamentalmente redentora —, el cual se prosigue a través de todas las misas de todos los tiempos. Poco a poco extienden éstas la irradiación de la luz, agregan al cuerpo del Señor todos los miembros que formamos nosotros y, por consiguiente, llevan hasta sus últimas consecuencias, hasta su perfecto desarrollo, la encarnación de Cristo.

Así es cierto que toda misa y más particularmente la liturgia de navidad, es un reproducirse una vez más no sólo la natividad de Jesús, sino el misterio total de la salud. Así «la celebración de navidad sigue siendo siempre nueva para los que la celebran en forma espiritual, considerando el poder de lo que se realiza». Vejez del pecado, juventud de la vida cristiana. «El lobo habitará con el cordero... y un niño pequeño los pastoreará» (Is 11, 6-9).

Navidad es el advenimiento del Rey pacífico, es un reino de paz. Pero navidad no se para en navidad, como espero que se comprenda mejor al final de este largo capítulo. «En este día —dice, por ejemplo, san Juan Crisóstomo— la condición de los ciudadanos de los cielos fue implantada en la tierra; los ángeles entran en comunión con los hombres, y éstos conversan sin temor con los ángeles. La razón de esto es que Dios vino a la tierra y el hombre subió al cielo. En adelante ya no hay separación entre el cielo y la tierra, entre los ángeles y los hombres» Este gozo, esta reconciliación, esta nueva juventud, esta alegría del corazón se conserva preciosamente como un tesoro íntimo.

Es la perla preciosa escondida en la tierra, pero por la que venderíamos sin regatear todo lo demás.






08/01/2015 12:00:00