Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Deudas y deudores

Una deuda impagable


En el Sermón de la Montaña, el primero y el más amplio de los discursos de Jesús en el Evangelio de Mateo (Mt 5-7), el pasaje central trata de las tres formas clásicas de la devoción judía: limosna, oración y ayuno (6,1-18). En el corazón de la enseñanza sobre la oración, esto es, en la posición absolutamente más central de todo el discurso, se encuentra la oración del Padrenuestro (6,9-13). La centralidad reservada a la oración enseñada por Jesús a los discípulos y a las multitudes demuestra que constituye un don precioso, una gema inestimable engastada en su enseñanza.

La relación del cristiano con el Padre, en efecto, está en la base de todo su ser y de todo su actuar. La oración se articula en siete peticiones (siete es el número de la totalidad y de la perfección): las tres primeras se refieren primariamente a la iniciativa de Dios, puesta de relieve por los adjetivos posesivos referidos a la segunda persona (tu nombre, tu reino, tu voluntad, 6,9-11); las cuatro últimas son peticiones inherentes a las fundamentales necesidades humanas, formuladas utilizando los posesivos referidos a la primera persona (danos nuestro pan, perdona nuestras deudas, no nos dejes, mas libra nos).

La quinta petición se configura como solicitud de perdón. Hablando de «deudas» y de «deudores» Mateo usa un lenguaje jurídico-comercial: «las deudas», en efecto, indican ante todo las que, en dinero, eran restituidas para no incurrir en una penalización ulterior. Para compensar los consiguientes desequilibrios sociales, la legislación del año sabático ordenaba que los esclavos fuesen liberados, disposición que se refería, precisamente, a las personas convertidas en esclavas porque no estaban en condiciones de pagar las propias deudas (cf. Ex 21,2-6; Dt 15,1-11). En el paralelo, Lucas usa la expresión «perdónanos nuestros pecados» pretendiendo precisar teológicamente la petición: en cuanto «deudas» con respecto a Dios, son «pecados». Las dos versiones son, por tanto, convergentes, y en la recitación del Padrenuestro, el cristiano usa sin dificultad el término «deudas» pensando en el de «pecados».

No debería, sin embargo, escapársele el peculiar valor del término usado por Mateo, porque constituye una referencia a la parábola del rey bueno y del siervo despiadado (Mt 18,21-35), una parábola presente sólo en Mateo y en la que se repite por segunda y última vez el término «deudas». Es a partir de esta parábola como se entiende la petición contenida en el Padrenuestro de perdona nuestras deudas.

1. La parábola del rey bueno y del siervo despiadado. La parábola (Mt 18,21-35) se inicia por un diálogo entre Pedro y Jesús con respecto a la reconciliación entre los discípulos: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». La pregunta parece presuponer una praxis de reconciliación interna en la comunidad cristiana de la que deben ser clarificados algunos criterios. El punto de partida de Pedro es ciertamente generoso: «¿Hasta siete veces?». La respuesta de Jesús es, sin embargo, embarazosa: no se deben hacer cálculos. El discípulo debe asumir un estilo de vida consecuente con la dinámica del Reino de los Cielos, en el que la misericordia no tiene límites y produce un perdón sin medida y son reservas.

La vertiginosa perspectiva abierta por Jesús es ilustrada por el relato parabólico en el que el elemento de efecto está constituido por una deuda inmensa que no se puede saldar, acumulada por un sirviente con respecto al señor. Tres escenas se suceden, de las cuales las dos primeras son simétricas pero opuestas. En primer lugar, se describe la acción del señor que condona (v.23- 27), luego la del siervo que castiga (v.28-30), la tercera pone en relación los dos modos de actuar (v.31-34) y tiene su vértice en las últimas palabras que el Señor pronuncia: «¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?» (v.33).

El contraste es ampliado por algunas diferencias: la condición social entre el señor y el siervo en la primera escena y la paritaria entre siervo y con-siervo en la segunda, la deuda enorme en la primera y la irrisoria en la segunda, el papel que juega el siervo primero deudor insolvente y luego acreedor despiadado. La finalidad es suscitar la idea de la inmensidad inconmensurable en la que se extiende el perdón de Dios, sobre todo si se compara con la limitada y un poco mezquina realidad humana.

a) Una deuda impagable

En un primer momento, el señor impone al siervo pagar la propia deuda: se trata de diez mil talentos, una suma desproporcionada si se piensa sólo que la renta anual del reino de Herodes era de novecientos talentos y los ingresos de los impuestos de Galilea y de Perea no superaban los doscientos talentos. El relato trata de poner en evidencia que en ningún caso una deuda semejante puede ser pagada por un siervo cuya súplica desesperada («postrado en tierra») resulta tan conmovedora como irreal: «Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré» (v.26). ¡Ninguna dilación sería suficiente para saldar una deuda semejante! La verdad es que no puede liberarse de ella de ningún modo. La solución inesperada viene (¡una vez más!) de la «compasión» (v.27) que mueve el actuar del señor. A una primera orden de venderlo a «él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía» y así saldar la deuda, le sigue, en cambio, la sorprendente decisión de dejarlo ir con la deuda completamente condonada.

La remisión de una deuda tan grande debería traducirse en una cierta actitud de agradecimiento y de misericordia por parte del que se beneficia de ella, sobre todo si el deudor es un consiervo, es decir, uno del que se conoce bien su condición de pobreza y de necesidad por haberla experimentado en primera persona, y más aún por una deuda bastante modesta si la comparamos con la que le ha sido apenas condonada. Pero esto no ocurre: «Al salir» (v.28) el siervo se encuentra con un compañero deudor, a su vez, de cien denarios. Para un siervo cien denarios corresponden, aproximadamente, a poco más de la paga de tres meses de trabajo, una cifra no del todo indiferente si se refiere a criterios de justicia conmutativa entre compañeros. 

Pero la introducción de la parábola obliga a otra confrontación. «Un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos» (v.23): La tabla de valoración no es horizontal, entre iguales, sino vertical tratándose de un rey y un sirviente. Cuando un rey condona una deuda inmensa a un siervo, ¿qué se debería esperar de este? Un ulterior detalle debe atraer la atención: «Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos» (v.24): la audiencia del siervo se desarrolla al comienzo de la actividad judicial del rey, lo que supone que esta actividad prosigue también después. Además, no sabemos quiénes son los que «le presentaron» al siervo deudor, pero seguramente es su actuar el que conduce al siervo a tener que regular las cuentas ante el rey-juez. No es el señor el que ha llamado directamente al siervo, él le pide cuentas porque otros le han hablado de él. Una vez que ve condonada la deuda, el siervo debería ser por lo menos más atento y prudente: la regulación de las cuentas que el rey cumple se mueve, en efecto, sobre las relaciones que los «siervos» hacen entre ellos.






01/09/2016 09:00:00