Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Dios, el primero

Reflexión sobre la iniciativa divina


Dios es amor y el hombre que es creado a su imagen y semejanza encuentra en el amor la medida que le da su propio ser y unidad. La gracia no destruye la naturaleza sino que la confirma, eleva y transforma. Así pues, el amor es el misterio más profundo de la vida tanto en el orden natural como en el sobrenatural.

Hay tantas clases de amor como niveles de ser. Efectivamente el ser sensible es muy distinto al ser espiritual. De ahí que el amor sensible se complace en el bien sensiblemente captado, mientras que el amor espiritual es la voluntad que se adhiere al bien captado por el entendimiento. Ahora bien, también hay diversos tipos de amor espiritual.

Existe un amor que puede ser interesado o de “concupiscencia” y otro, llamado “de benevolencia” que se da cuando el amante busca sobre todo el bien del amado. El amor benevolente es más noble y duradero que el interesado y el amor espiritual es más fuerte y profundo que el amor sensible.

La amistad se da cuando dos personas se unen con una cierta comunicación de bienes mutua, de ahí que el amor sea unitivo, pues “cuando alguien ama a alguien con amor amistoso, quiere para él el bien como lo quiere para sí mismo, es decir, le capta como si fuera un otro yo” (S. Th I-II, 28,1). La amistad es un amor que lleva a la comunicación mutua, y especialmente a la comunicación personal a través de la conversación, la relación amistosa y el acceso a la intimidad del otro.

Las causas de la amistad son la bondad, la semejanza y el trato amistoso. En primer lugar, es la bondad del amante y del amado lo que impulsa el mismo amor, y de ahí que el amor suele buscar la unidad. El amor “une” a los que se aman. La unidad producida por el amor es afectiva, en cuanto que los que se aman tienden a querer u odiar las mismas cosas; y efectiva, pues los que se quieren procuran, en cuanto sea posible, estar juntos. De ahí que a menudo afirmemos de los amigos que son “inseparables”.

Aunque esta unión no siempre podrá ser física, siempre es espiritual: el amado, ausente o presente, está siempre en el corazón del amante (Flp 1,7), como el amante está en el amado, y hacen suyas mutuamente las cosas del otro.

En segundo lugar, el amor se da entre semejantes, o por lo menos produce semejanza.

Y en tercer lugar, la unión y semejanza crecen con el intercambio personal y la mutua relación amistosa.

Pues bien, la verdad de la que dimana toda la espiritualidad cristiana es la afirmación de que Dios es amor (1 Jn 4,8. 16). Amor intratrinitario, es decir, en el interior de las relaciones divinas; y hacia fuera, es decir, amor a la creación entera.

El Padre es amor y de este amor procede el Hijo divino por generación: “El Padre ama al Hijo” (Jn 3,35); El Hijo es amor, como bien se nos reveló en Jesús. Y el Espíritu Santo es el amor personal y subsistente que une al Padre y el Hijo eternamente y que es fuente de todo amor y de todo don. El Espíritu Santo es el supremo don del amor de Dios, o Dios mismo como don.

La Escritura afirma que la palabra “don” es muy adecuada para referirnos al Espíritu Santo, y que éste es su nombre propio (Jn 4,10-14). No es ésta una afirmación menor de la fe. Dice santo Tomás: “El amor es la razón gratuita de la donación. Por eso damos algo gratis a alguno, porque queremos el bien para él. Lo cual manifiesta claramente que el amor tiene razón de don primero, por el cual todos los otros dones gratuitamente se dan. Por eso, como el Espíritu Santo procede como amor, procede como don primero. Y en ese sentido dice san Agustín que “por el don del Espíritu Santo, muchos otros dones se distribuyen entre los miembros de Cristo”” (S. Th. I, 38,2).

Dios nos amó primero y que en esta “iniciativa divina” del amor de Dios reposa toda la espiritualidad cristiana. Aunque podamos distinguir, -como venimos haciendo-, entre el orden natural de la creación, y el orden gratuito y sobrenatural de la gracia, en ambos casos, Dios lleva la iniciativa de amarnos el primero y el reconocimiento de esta iniciativa divina condiciona definitivamente el modo cómo vivimos la vida de la gracia.

La filosofía cristiana intentaba explicar el inicio absoluto de todo desde Dios, el Primero. Dada su fe en la Creación, no era la sustancia el primer analogado del ser sino Dios. En su desarrollo posterior, el modo de afrontar la contingencia de los seres fue determinante. Efectivamente, si las cosas no eran por sí mismas, es que debían su existencia a otro que es la causa de su ser. Lo que intentaba afirmar era definitivamente nuevo y fruto de la fe: que el mundo fue creado por Dios. La fe no contradecía la razón sino que la abría a una nueva comprensión del universo que, sin dejar de ser racional, había sido iluminada por la fe.

Por otro lado, la fe en la creación y afirmar a Dios como el Primero no sólo tuvo una gran significación metafísica sino también antropológica, ya que permitía una visión integral de la persona humana afirmada por sí misma.






12/03/2015 09:00:00