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que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Dios habla a nuestra manera

El don de inspiración va más allá de las intenciones del autor


En la Escritura hay una dimensión divina y una humana que se vinculan según la relación que hay entre ambos autores de la Biblia. Dado que el autor humano es causa instrumental será necesario averiguar qué quisieron decir los autores de cada libro y aquello que Dios ha querido manifestarnos con sus palabras. Para redactar los libros sagrados, Dios escogió unos hombres de los cuales se sirvió empleando sus facultades y medios, de manera que, obrando en ellos y a través de ellos, escribieron como auténticos autores todo y sólo aquello que Él quería.

Como que todo lo que los autores inspirados afirman ha de ser tenido como afirmado por el Espíritu Santo, «hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso que fuese consignada en las sagradas letras para nuestra salvación» (DV n.11). Ahora bien, en la Escritura, Dios habla a los hombres a la manera de los hombres.

Habrá que prestar atención para descubrir la intención de los autores sagrados, las condiciones de su tiempo y de su cultura, los géneros literarios, las maneras de sentir y de expresarse. La causa instrumental no consigue el efecto por propia virtud, sino gracias al movimiento previo de la Causa principal, que es Dios, pero el autor sagrado colabora con Dios en la composición de la Escritura con todas sus facultades: inteligencia, voluntad, cualidades personales, manera de ser y de sentir, pues «la verdad se presenta y se enuncia de modo diverso en obras de diversa índole histórica, en libros proféticos o poéticos, o en otros géneros literarios» (CIC n.110).

Dios, actuando con su sabiduría y poder infinitos, se sirvió del autor sagrado, dándole la capacidad de realizar una tarea que estaba muy por encima de sus propias energías y le concedió un entendimiento más profundo y un querer más fuerte. Al mismo tiempo, la acción y la intención del escritor no se sitúan al margen de la intención de Dios, sino a su servicio, sin perder sus características humanas.

En esta unidad de acción Dios fue más autor que el propio escritor: su obra y su intención fueron más determinantes y fueron más allá de lo que el escritor había previsto. El don por el cual el escritor podía colaborar en esta tarea que le sobrepasaba se le conoce como don de inspiración que, en sí mismo, fue un carisma transitorio que lo disponía a actuar únicamente cuando y en el sentido en que recibía el influjo sobrenatural del Espíritu Santo.

Por todo esto hay, de hecho, en las Escrituras un exceso de las posibilidades del autor. El lenguaje humano, movido por la inspiración divina, adquiere una densidad peculiar. Siendo el escritor verdadero autor del libro, podía no conocer algunas cosas que Dios intentaba transmitir por las palabras y conceptos que salían de su inteligencia. Esto quiere decir que el contenido objetivo del libro no es coextensivo con el pensamiento del autor humano, sino que lo supera.

El sentido literal no se reduce a aquello que va a plasmar el autor humano, sino a aquello plasmado por Dios en las palabras humanas. El sentido alegórico, moral o analógico pertenece al sentido espiritual de la Escritura, ya que, gracias a la unidad en el designio de Dios, no sólo pueden ser signos los textos de la Escritura, sino también las realidades y los acontecimientos de los cuales se habla.

Y es que las palabras humanas, sin perder el significado original que les dio el autor, encuentran una riqueza mucho mayor según la intención divina. El estudio filosófico, histórico o filológico es, sin duda, una buena ayuda a la hora de profundizar en el sentido de las Escrituras, siempre que se usen dentro del sentido de fe y de pertenencia eclesial que ha de tener todo estudio teológico.

La Escritura se ha de leer e interpretar a la luz del mismo Espíritu con el cual fue escrita. Por ello, hay que prestar mucha atención al contenido y a la unidad de toda la Palabra de Dios; habrá que leer la Escritura en la Tradición viva de toda la Iglesia ya que es ella quien lleva la memoria viva de la Palabra de Dios; y finalmente es necesario estar atentos a la analogía de la fe, es decir, a la cohesión de todas las verdades de fe entre ellas, dentro del proyecto total de la Revelación.

El origen de los escritos evangélicos se encuentra en la primera predicación de la Iglesia, pocos años después de la muerte de Jesús. Los primeros escritos son las cartas de San Pablo a los cristianos de Corinto, escritas los años 51-52. San Marcos escribe su Evangelio hacia los años 55-56. Es decir, que los años en que se escriben los hechos de la vida de Jesús no están tan lejos de su existencia histórica.

Los evangelistas Mateo y Juan fueron testimonios oculares y apóstoles de Jesús. Hacia el año 130, Papías, obispo de Hierápolis, afirmó que «Marcos, intérprete de Pedro, escribió diligentemente todo lo que recordaba». San Lucas fue a Palestina hacia los años 58-60 a buscar noticias acreditadas de la vida de Jesús. Más aún, los evangelistas no dejan de decir incluso lo que les es desfavorable y penoso. Quieren sinceramente escribir la verdad, y dando testimonio de ella llegaron a sufrir persecución y muerte.

Muchos de los hechos descritos transcurrieron a plena luz, públicamente, e incluso la realidad de los acontecimientos nunca fue puesta en duda por los adversarios de Cristo. La transmisión textual de los Evangelios ha sido muy fiel. Los manuscritos que son testimonios del primitivo texto son numerosos; sólo los manuscritos griegos del Nuevo Testamento, aproximadamente del siglo IV y V, son más de cuatro mil.

Los descubrimientos de papiros con textos originales han confirmado esta transmisión. El papiro de la Biblioteca Bodmer de Colonia, por ejemplo, contiene los 14 primeros capítulos de San Juan, posiblemente copiados en el año 200 y el papiro encontrado por T.H. Roberts contiene un fragmento de Isaías posiblemente escrito antes del año 150. En cuanto al origen de los Evangelios la investigación ha avanzado muchísimo.

Los Evangelios sinópticos de Mateo, Marcos y Lucas fueron escritos antes de la destrucción de Jerusalén en el año 70. El de Lucas, posiblemente, entre los años 60-62; y el de Marcos en los años 50-60. Probablemente la composición de los Evangelios fue un trabajo de redacción, compilación y ordenación de pasajes ya elaborados y usados por la primera comunidad cristiana. El Evangelio de Juan fue compuesto a finales del siglo I y supone la existencia de los otros Evangelios.

Para explicar la relación mutua entre los Evangelios sinópticos, es muy útil la teoría de las dos fuentes, que básicamente afirma que el Evangelio de San Marcos es el más antiguo y que fue utilizado por los otros dos (Mateo y Lucas) y, por tanto, tienen una fuente común. La segunda fuente sería una tradición oral anterior. Los Evangelios incluyen unas explicaciones tradicionales u orales que encuentran su consolidación con la escritura del texto definitivo. Por otro lado, la manera de ser de cada autor o la de sus destinatarios influyó en la redacción más o menos coincidente con los textos de los otros evangelistas.

Los relatos evangélicos, en su núcleo esencial, y a pesar de las diferentes redacciones que se fueron sucediendo, son anteriores a su trascripción escrita. Por su proximidad a los hechos, merecen todo nuestro asentimiento histórico. Es indudable que los relatos evangélicos están expuestos por hombres creyentes: les movía el interés religioso, y los aspectos históricos o biográficos ocupan para ellos un segundo lugar. Por otro lado parece que respecto a Jesús no podía haber una información neutral.

La fe de la primera comunidad se apoya en la historia y está fuertemente interesada en los hechos que fundamentan su fe. Aunque la exposición no es cronológica, es histórica, y aspira a ser considerada como tal. De hecho, sólo una fe fundamentada en hechos podría compensar la entrega y el sacrificio que para muchos de aquellos discípulos supuso el Evangelio. Algunos han querido fundamentar la historicidad de los Evangelios sólo en la fe de la primera comunidad pero la fe no podía surgir de un infundado entusiasmo. Son necesarios hechos reales.

La de los cristianos es la causa de la transformación de la Iglesia y no su consecuencia. La imagen evangélica de Cristo no podía ser creada por la comunidad. Por otro lado, la sobria y sencilla objetividad del texto, garantiza su verdad histórica. La composición es ingenua, ya que incluso no esconde las propias debilidades y faltas. Todas las narraciones presentan huellas que sólo deja la vida real y llegan a un exacto conocimiento de las complejas relaciones políticas del momento y a aspectos muy concretos de la vida ordinaria. En cambio no parecen reflejar las luchas internas de los primeros cristianos.

Por tanto tendríamos que concluir que los textos son fieles a los acontecimientos reales de la vida de Cristo tal y como de hecho sucedieron. De todos modos puede ser adecuado proponer unos criterios internos de historicidad que, por otro lado, no son diferentes de los que usamos en la crítica textual de otros escritos.






29/01/2015 09:00:00