Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Dios nos mueve por dentro

El voluntarismo


Como decía san Agustín, “hay algunos que tanto ponderan y defienden la libertad que osan negar y hacer caso omiso de la gracia de Dios, mientras otros hay que cuando defienden la gracia de Dios, niegan la libertad” (ML 44,881). Toda la espiritualidad cristiana depende de cómo se entienda el binomio gracia y libertad, acción de Dios y colaboración del hombre. La libertad es la potestad del hombre sobre sus propios actos. Ciertamente que el grado de libertad está en proporción con el grado de conocimiento y de consentimiento de nuestra voluntad y que la ignorancia, la pasión, el miedo, o la violencia pueden disminuir o anular la libertad personal y, por tanto, la responsabilidad. Pero lo que ahora más nos conviene es analizar las distintas posiciones que sobre la relación entre gracia y libertad se han dado en la historia de la espiritualidad cristiana.

Cuando santo Tomás intenta armonizar gracia y libertad advierte que Dios no sólo crea las criaturas, sino que también les concede su “modo de ser”, de tal forma que crea las criaturas irracionales y las destina a su fin a través del instinto, mientras que da el ser a la criatura racional y la destina a su fin concediéndole un “modo de ser” que radica en la libertad. Como puede ser compatible la acción de Dios y nuestra libertad es un gran misterio, pero puede entenderse mejor si observamos que la acción divina sobre nuestro ser “actúa desde dentro” de él, no desde el exterior. Dios no solo crea la libertad, sino que hace que sea libre en la media en que nos concede el desear y el obrar a la vez. De modo analógico es lo que ocurre cuando dos personas se aman. Ambas se condicionan mutuamente su libertad, pero ninguna de las dos percibe coacción o presión externa porque el mismo acto con que se aman actúa desde el interior de la persona amada.

Esta armonía entre la acción divina por la gracia y nuestra libertad se ha visto a menudo amenazada por distintas tendencias que han consistido habitualmente en afirmar una parte del binomio dicho, olvidando otra. El pelagianismo y el voluntarismo afirman que somos libres y no necesitamos la gracia, mientras que el luteranismo y el quietismo afirman que no somos libres, pero necesitamos la gracia y finalmente el modernismo mantiene que ni somos libres ni necesitamos la gracia. Ante todas estas desviaciones la verdadera espiritualidad cristiana mantiene ambas afirmaciones de modo armónico: somos libres y necesitamos gracia.

1. El moralismo voluntarista

Pelagio (354-427) fue un monje de origen británico, riguroso y asceta que predicó un moralismo muy optimista sobre las posibilidades éticas del hombre: “Cuando tengo que exhortar a la reforma de costumbres y a la santidad de vida, empiezo por demostrar la fuerza y el valor de la naturaleza humana, precisando la capacidad de la misma, para incitar así el ánimo del oyente a realizar toda clase de virtud. Pues no podemos iniciar el camino de la virtud si no tenemos la esperanza de poder practicarla” (ML 30,16). Pronto la Iglesia rechazó el pelagianismo con gran fuerza, en cuanto sus doctrinas fueron mejor conocidas gracias a la colaboración entre otros del mismo san Jerónimo y san Agustín. San Agustín resume así la doctrina pelagiana: “Opinan que el hombre puede cumplir todos los mandamientos de Dios, sin su gracia. Dice (Pelagio) que a los hombres se les da la gracia para que con su libre albedrío puedan cumplir más fácilmente cuanto Dios les ha mandado. Y cuando dice «más fácilmente» quiere significar que los hombres, sin la gracia, pueden cumplir los mandamientos divinos, aunque les sea más difícil.

La gracia de Dios, sin la que no podemos realizar ningún bien, es el libre albedrío que nuestra naturaleza recibió sin mérito alguno precedente. Dios, además, nos ayuda dándonos su ley y su enseñanza, para que sepamos qué debemos hacer y esperar. Pero no necesitamos el don de su Espíritu para realizar lo que sabemos que debemos hacer. Así mismo, los pelagianos desvirtúan las oraciones de la Iglesia (¿Para qué pedir a Dios lo que la voluntad del hombre puede conseguir por sí misma?). Y pretenden que los niños nacen sin el vínculo del pecado original” (ML 42,47-48). La verdad es que el pelagianismo ha estado de una forma u otra muy presente en la espiritualidad cristiana. En este sentido los pelagianos actuales son fieles a las tesis fundamentales del pelagianismo más clásico. Puede decirse, en general, que hay pelagianismo cuando se apremia la conducta ética de los cristianos sin mayores alusiones a la necesidad de la gracia de Cristo, como si ellos por sí solos pudieran ser buenos y honestos, con tal de que se empeñen en ello.

El pelagianismo tiene una clara tendencia hacia el moralismo y el olvido de los temas más dogmáticos, como la inhabitación trinitaria, la presencia divina vivificante en nuestra alma o el misterio litúrgico como fuente de la gracia, y piensa que la conducta individual es el motor de la vida cristiana y no es fruto de la unión con Cristo a través de la fe y la gracia santificante. Hay pelagianismo cuando no se afirma el pecado original o se desprecia la oración de petición, cuando falta la alegría cristiana o se adulan las fuerzas humanas que se fundamentan en la juventud o en las capacidades naturales y se olvida que todo hombre está necesitado de salvación. El pelagiano moderno espera la salvación de sus propias fuerzas y por tanto se limita a proponer los valores morales que Cristo predicó, aunque olvida con facilidad que Cristo mismo es la verdad y que sólo por la fe en él alcanzamos “la justicia que procede de Dios” (Flp 3,9).

Actualmente el naturalismo pelagiano o semipelagiano es una gran tentación al menos en el ambiente de los países ricos descristianizados. Según el cardenal de Lubac, “nunca como hoy, a partir de los tiempos de san Agustín, que fueron también los de Pelagio, la idea de la gracia fue más ignorada”. El proceso de descristianización de los últimos siglos, se ha ido produciendo por la reducción del Evangelio a una ética voluntarista de marcado estilo pelagiano. Los neopelagianos consideran estéril la unión con Cristo o la atención a la iniciativa de la gracia, y propugnan un cristianismo centrado en la fuerza que el hombre tiene para cambiarse a sí mismo. No deberíamos olvidar nunca que el Evangelio no fue escrito como un código de doctrina moral sino como una presentación de Cristo destinada a suscitar la fe en Él: “estas cosas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y con esta fe tengáis vida gracias a él” (Jn 20,31).

La buena noticia ofrecida al mundo como una ética natural sería una versión renovada del fariseísmo judío, al que se refería san Pablo al decir: “el código [moral] da muerte, mientras el Espíritu da vida” (2 Cor 3,6). El voluntarismo en sentido doctrinal fue condenado como semipelagianismo en el II Concilio de Orange, aunque aquí lo describiremos más bien como una desviación espiritual, que está más o menos presente en todas las épocas. En este sentido nos referimos preferentemente a una actitud práctica según la cual la iniciativa de la vida espiritual se centra en el hombre relegando la gracia a una ayuda, necesaria ciertamente, pero únicamente una ayuda. Los cristianos que se ven afectados por esa actitud suelen ser doctrinalmente ortodoxos y buscan sinceramente la perfección y aman la gracia pero, en su espiritualidad práctica, viven como si ésta no existiera. Es posible que la pereza hace daño especialmente al cristiano principiante, pero le hace mucho más daño la soberbia oculta e inconsciente cuando pretende llevar la iniciativa y sustraerse al poder de la gracia.

El voluntarista parte de sí mismo, de su carácter personal y se va proponiendo obras buenas que piensa vivir “con la ayuda de Dios”, y no se da cuenta de que está dando por supuesto que, ya que las obras que se propone son buenas, Dios le dará la gracia que merece. Y así va llevando adelante como puede su vida espiritual sin verdaderamente discernir la voluntad divina y someterse a ella. Como vemos, en esta tendencia va implícita la forma de pensar semipelagiana según la cual lo que realmente hace eficaz la gracia es, en definitiva, nuestro esfuerzo. Según el semipelagianismo Dios ama por igual a todos los hombres, de modo que es éste, con su generosidad y entrega, quien hace eficaz la gracia de Cristo. De este modo gracia y libertad no se conciben al modo católico, es decir, como dos causas subordinadas en que la gracia divina es la causa primera que fundamenta la libertad humana, sino como dos causas coordinadas, como si se tratase de dos fuerzas distintas que se unen para conseguir un único efecto. De este modo de pensar se desprende que el voluntarista sobrevalore los métodos espirituales y apoye la santificación en una serie de medios, grupos o caminos peculiares.

Piensa que haciendo esto o lo de más allá, yendo a este grupo o al otro, llegará más fácilmente a la santidad. Por un lado se produce un efecto muy insano, que es la subordinación de la persona a las obras concretas, y cuanto más concretas, mejor. Si las obras se cumplen se insinúa en él una cierta vanidad (“soy un tipo formidable”); y si no se cumplen se insinúan unos juicios temerarios faltos de caridad (“aquella persona es muy floja, “no vale porque le faltó generosidad”). Por otro lado en el voluntarista abunda la prisa crónica y la obra mal hecha, ya que la tendencia a cuantificar la vida espiritual, el normativismo y el legalismo detallista, aunque parezca contradictorio, le llevan a la mediocridad, ya que las leyes y normas señalan siempre un cumplimiento mínimo que ellos toman como máximos. Poniendo una metáfora, el cristiano bien formado se acerca a Dios y riega, abona y poda una planta para que sea Dios quien produzca el crecimiento, mientras que el voluntarista, que va de lo exterior a lo interior, tira de la planta para hacerla crecer, con el peligro de arrancarla de tierra. Hay otras consecuencias imprudentes del voluntarismo, por ejemplo, que lo más costoso es lo más santificante, olvidando que precisamente el amor que se pone en una acción consigue que ésta sea precisamente menos costosa y más meritoria.

La tendencia del “agere contra” consiste precisamente en ir sistemáticamente en contra de lo que siente (“el hablador, que calle; el callado, que hable; el que quiere quedarse, que salga”), y esto sin ningún tipo de discernimiento ni discreción espiritual. Por todo esto el voluntarismo no es sano, no capta la vida cristiana como un don hermoso sino como un constante esfuerzo que le cansa. Se centra en sí mismo de modo que si las cosas van “bien” le produce vanidad, y si van “mal”, le dan cansancio y frustración. Todos hemos conocido personas rectas que se apartaron del gozo y la paz de la vida auténticamente movida por la gracia debido a un “empacho” de cosas buenas. El voluntarismo crea un clima de ansiedad, de escrúpulos y tendencia a la angustia neurótica. Para algunas personas frágiles o inseguras el esquema voluntarista suele resultarles inicialmente válido (“si quieres, puedes”, “es cuestión de generosidad”) hasta que las destroza por dentro. Por otro lado, el voluntarista insiste en lo que Dios “pide” o “exige”, olvidando que lo que Dios suele hacer es dar, conceder, mostrar, regalar, donar y perdonar.






15/06/2017 09:00:00