Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Dos miradas

ubi Christus, ibi ecclesia


La catedral de Notre Dame de París tiene un magnífico y maravilloso rosetón. Pero hay dos modos de mirarlo. Desde fuera o desde dentro. Desde fuera, ya se adivina que realmente es una obre de arte maravillosa. Todo aquel entramado de piedra pulida y la red de cristales de colores sostenidos por los hilos de plomo, hacen de esto ya una obra digna de admiración, aunque no podamos apreciar la viveza de sus colores ni el dibujo de sus pinturas. Y es que el rosetón no se ha hecho para ser contemplado desde fuera, sino desde dentro.

La mejor manera de poder admirar y valorar su belleza artística global es «entrar dentro» y admirar la vidriera a contraluz. Entonces sí que podemos apreciar toda su extraordinaria belleza. Del mismo modo hay dos formas de mirar a la Iglesia: desde fuera y desde dentro.

Desde fuera, su historia de 2000 años, su incidencia en la cultura y en las artes de los países donde fue establecida, su organización bien forjada, su atención a los enfermos y marginados. Por toda esta obra gigantesca se hace digna de admiración. Mirada sólo desde fuera, la Iglesia se nos presenta como una entidad eminentemente religiosa, fundada por Jesucristo, extendida por todo el mundo, que da fe, esperanza y amor a todos y que se hace merecedora, al menos, de nuestro respeto y de nuestra admiración. Pero para poder captar la realidad esencial de la Iglesia es necesario «mirarla desde dentro», es decir, a la luz de la fe.

Porque la Iglesia es más que toda la estructura que su institución genera. La realidad esencial de la Iglesia, aquello que la constituye formalmente como Iglesia de Jesús, es un misterio, esto es, un don de Dios al mundo para que a través de los tiempos ponga al alcance de todos, la salvación de Jesús. Sólo Él, como Hijo de Dios, podría vincular a unas estructuras humanas, a unos signos externos su presencia, su Espíritu y su Gracia, en una palabra, su Salvación. Es entonces cuando podremos admirar toda la belleza de la vidriera, toda la trascendencia de la Iglesia, todo el amor con que Jesús, a través de la Iglesia, continúa haciéndose presente entre nosotros y caminando con nosotros.

La actitud reticente de los no creyentes respecto a la Iglesia es comprensible. Sin la luz de la fe, ¿cómo se puede mirar la vidriera desde dentro? Como afirmamos de la encarnación de Jesús, también la Iglesia es una realidad que existe «por nosotros los hombres y por nuestra salvación». La Iglesia de la cual somos piedras vivas todos los bautizados creyentes, reúne a todas las mujeres y a todos los hombres que quieren librarse del pecado, del mal y de la muerte para incorporarse a la salvación de Jesucristo. Pero seguimos siendo un grupo de pecadores. Por eso, cuando se mira a la Iglesia desde fuera se convierte en una piedra en el camino, en un obstáculo.

También muchos hombres miran a Jesucristo como un gran pensador, un gran líder, un hombre bueno, pero si Jesucristo no es el Hijo de Dios, como confiesa la fe cristiana, ni su Palabra, ni su Vida, ni su muerte podrían darnos la esperanza cierta de nuestra liberación. Y si Jesucristo no hubiera resucitado, ¿cómo podríamos tener la esperanza de que nuestra existencia personal trascienda las fronteras del espacio y del tiempo para heredar una vida eterna? Y es que también hay dos maneras de mirar a Jesucristo: Desde fuera y desde dentro.

Desde fuera, es aquella visión parcial en la que quedaron atrapados muchos de los judíos contemporáneos de Jesús. La realidad de su humanidad no les dejaba captar su misterio. Lo habían conocido de pequeño, de adolescente, de joven, de carpintero de Nazaret. Comía, trabajaba, se cansaba, dormía, reía y lloraba como uno de tantos. Seguro que para muchos era un buen compañero, un buen amigo, un buen vecino, un hombre bueno como sus padres, pero de aquí a creerlo Hijo de Dios...

Es desde dentro, a la luz de la fe, y de las promesas hechas a los Patriarcas y Profetas como hay que mirar a Jesucristo. A la luz de lo que decía, a la luz de lo que hacía: tenía el corazón abierto a todos y principalmente a los marginados, enfermos, leprosos, pecadores públicos. El desconcierto que muchos sentían ante Él venía, pues, de aquella doble dimensión de la vida de Jesús: era hombre, ciertamente, pero era el Hijo de Dios y esta era una dimensión de fe que quedaba corroborada en las promesas, profecías, palabras y hechos que daban suficientes motivos de credibilidad.






23/07/2015 09:00:00