Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

El acceso al misterio

No hay oposición entre fe y razón. El acceso al misterio no es irracional


No puede haber oposición entre fe y razón. «La razón, guiada por la fe, cuando busca cuidadosamente, encuentra, por don de Dios, algún conocimiento, y muy fructífero, de los misterios. Esto sucede, en ocasiones, por semejanza de aquellos que ya conocemos naturalmente, en ocasiones por la conexión que hay entre los mismos misterios. Pero nunca está totalmente preparada para entenderlos, ya que los misterios, por su propia naturaleza, sobrepasan nuestro entendimiento, y permanecen escondidos en el asentimiento de fe y envueltos en una cierta oscuridad.: «Sabemos que mientras vivimos, como emigrantes en el cuerpo, nos encontraremos lejos del Señor; ya que vivimos en la fe, no en la visión» (2 Co 5, 6).

«Sin embargo, aunque la fe está por encima de la razón, nunca podrá haber una verdadera oposición entre la una y la otra, ya que es el mismo Dios quien revela los misterios e infunde la fe, y también quien pone dentro de nuestro espíritu la luz de la razón. La apariencia de esta contradicción proviene, o bien de que las afirmaciones de la fe no han sido bien entendidas, o bien que se han entendido como afirmaciones ciertas de la razón aquellas que no son sino opiniones» (FC c.4). «El aspecto más sublime de la dignidad humana lo encontramos en la vocación del hombre a comunicarse con Dios.

Esta invitación que Dios dirige al hombre de dialogar con Él comienza con la existencia humana. Si el hombre existe, es porque Dios lo ha creado por amor. Y el hombre sólo vive plenamente según la verdad reconociendo libremente este amor y abandonándose en su Creador». Por otro lado, el hombre encuentra caminos que le llevan al conocimiento de Dios. «Creado a imagen de Dios, llamado a conocer y amar a Dios, el hombre que busca a Dios descubre ciertas vías para acceder al conocimiento de Dios. A partir del movimiento y del devenir del mundo, de la contingencia, de su orden y belleza, se puede conocer a Dios como origen y fin del universo. Por otro lado, con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad, y la voz de la conciencia, con su aspiración al infinito y a la felicidad, el hombre se pregunta sobre la existencia de Dios» (GS n.19; CIC n.31-35).

Ahora bien, con la sola luz de la razón natural los hombres tenemos muchos problemas para conocer a Dios. «A pesar de que la razón humana, hablando sencillamente, pueda verdaderamente, por sus propias fuerzas y con su luz natural llegar a un conocimiento verdadero y cierto de un Dios personal, que protege y gobierna el mundo con su providencia, así como de una ley natural puesta por el Creador en nuestras almas, hay al mismo tiempo muchos obstáculos que impiden a esta misma razón usar eficazmente y con fruto su poder natural. Las verdades que se refieren a Dios y los hombres sobrepasan absolutamente el orden de las cosas sensibles, y cuando se han de traducir en actos y proyectarse en la vida, exigen que el hombre se entregue y renuncie a él mismo.
 
El espíritu humano, para adquirir estas verdades, sufre dificultades por parte de los sentidos y de la imaginación, así como de los malos deseos, de ahí que, en estas materias, los hombres se persuadan fácilmente de la falsedad o al menos de lo incierto de las cosas que no quisieran que fuesen verdaderas» (HG, DS 2875). Hoy podemos tener la sensación de que si creemos seremos malos profesionales en un mundo tan avanzado y técnico. Y esto no es así. Al contrario, los misterios de la fe no son contradictorios ni absurdos sino una de las dimensiones más profundamente humanas.

En todo aquello que conocemos se nos da una gran parte de misterio. Cualquier conocimiento de la naturaleza nos sorprende por la cantidad de misterios que esconde. Es verdad que el avance del conocimiento humano consigue revelarnos muchos de estos misterios naturales, pero descubrimos otros nuevos. Siempre queda algo por saber. Vivimos envueltos de misterios. No nos ha de extrañar que el cristianismo nos presente un misterio que no podemos abarcar y comprender en su totalidad. Ahora bien: un misterio no es un absurdo, ni algo contradictorio porque no podamos entenderlo.

Imaginemos que un niño piensa que es imposible el teorema de Pitágoras sólo porque no lo entiende; para él, aquellos símbolos matemáticos son un absurdo, pero esto sólo es así porque su inteligencia aún no puede comprenderlo. De hecho aquel misterioso teorema no es un absurdo sino que sobrepasa su capacidad. Es inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a Aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más encendida de amor.
 
La gracia de la fe abre «los ojos del corazón» (Ef. 1, 18) para una inteligencia viva de los contenidos de la Revelación, es decir, del conjunto del designio de Dios y de los misterios de la fe, de su conexión entre sí y con Cristo, centro del Misterio revelado. Así, según el adagio de san Agustín, «creo para comprender y comprendo para creer». Al aproximarnos a Dios nos encontramos con el Misterio, pero no porque nos sobrepase significa que sea absurdo. Cuanto más nos aproximamos más familiar se nos hace; pero al mismo tiempo, se nos pide a nosotros la capacidad de dejarnos sorprender, nuestra capacidad de entregarnos confiadamente, aun sabiendo que hay muchas cosas que no podemos entender ni imaginar. Scheeben afirma que todas las realidades reveladas por Dios, todos los misterios sobrenaturales, forman entre ellos un sistema luminoso, coherente y ordenado.

Es como si no pudiéramos aceptar uno y rechazar otro. La aceptación de los misterios se produce por el asentimiento a la Palabra de Dios, y si rechazásemos uno solo de ellos, porque no lo entendemos, ya no tendríamos motivo alguno para aceptar los otros. La fe como sistema luminoso, deja de infundir vida cuando nuestra aceptación es condicionada o fragmentada. Cuando, al creer, ponemos condiciones a Dios, no es Él el centro sino nosotros; es decir, aún no creemos del todo, ya que la fe no es un acto de adhesión ideológica sino la obediencia de toda la persona y su total asentimiento a la verdad de Dios. Por otro lado, del mismo modo que en un cielo estrellado, cada estrella sólo se conoce con relación a las otras, igualmente cada afirmación de fe se ilumina en relación y en contacto con las otras.






19/06/2014 09:00:00