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que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
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El adulterio del corazón

San Juan Pablo II nos descubre la vocación del matrimonio como una verdadera llamada a vivir la espiritualidad conyugal


El corazón del hombre y el de la mujer están heridos desde el pecado de los orígenes, y la mirada que proyectan ahora sobre el cuerpo del otro está falseada. En el estado de inocencia original, el «estado de gracia» que corresponde al tiempo bendito de antes del pecado, el hombre y la mujer eran capaces de ver en los signos corporales de su masculinidad y de su feminidad invitaciones a una plenitud de comunión destinada a establecerlos concretamente en su vocación de imagen de la comunión de amor de las personas divinas.

La mirada que proyectaban entonces sobre el cuerpo del otro y, especialmente, sobre los signos sexuales del cuerpo del otro, era así perfectamente pura y transparente y estos signos eran pura evidencia. Así podían celebrar estos signos en el júbilo compartido respecto a aquello para lo que habían sido hechos en el plan de Dios. La mirada que proyectan sobre estos signos después del pecado es completamente distinta. No ven en ellos más que una semejanza con la sexualidad animal y se convierten así en objetos de molestia y de vergüenza. Hasta se vuelve arriesgado mostrarlos, porque son enormemente susceptibles de despertar en el otro una mirada, ya no de invitación a la entrega, sino de concupiscencia.

Es sabido lo terriblemente difícil que resulta a los esposos entregarse por completo a la mirada del otro en la desnudez del cuerpo. La desnudez nos desarma. Nos despoja de todas nuestras protecciones y nos entrega en medio de una terrible vulnerabilidad. Los verdugos lo saben muy bien, y empiezan por desnudar el cuerpo para humillar las almas. Los nazis lo sabían y, como primera etapa de su empresa de deshumanización, obligaban a desnudarse a los que llegaban a sus campos de exterminio. En el estado matrimonial mantenerse, con paz de alma y de corazón, desnudo bajo la mirada del otro, exige tener una confianza total en él, estar seguro de que esa mirada no juzgará, no evaluará, no «calibrará», no criticará, sino que se mantendrá en una simple admiración. Cuando se rompe la comunión o ha sido herida, el primer reflejo es sustraer la desnudez de nuestro cuerpo a la mirada del otro.

Al final de una disputa o de una discusión de pareja, sabemos que es muy difícil desnudarse ante el otro antes de que haya tenido lugar una iniciativa de perdón que haya permitido admitir, más allá de la reconciliación, que dejamos al otro poner sus ojos sobre nuestro cuerpo desnudo. Situación desabrida. Poco a poco van llegando a una situación en la que no hacen más que orar el uno junto al otro, cuando no pueden hacer otra cosa, por ejemplo cuando asisten en familia a la misa dominical. Y acaban por orar el uno sin el otro, teniendo la impresión de que así lo hacen mejor. Funesta y peligrosa ilusión, que conduce de una manera inevitable a una cierta opacidad de la mirada proyectada sobre el cuerpo del otro.

Los esposos se arriesgan así a desesperar de la comunión a la que están llamados, para acabar resignándose a una simple coexistencia. Aunque conserven una relación en el plano afectivo o la costumbre de mantener relaciones sexuales, ya no se trata más que de relaciones, pero no de comunión. Es la desnudez recíproca de las almas en una auténtica vida de oración en pareja la que educa la mirada y le permite la posibilidad de proyectarse sobre el otro en un clima de respeto a la vocación de su cuerpo a la entrega.

Es, en primer lugar, la oración junta la que, al producir la unidad de las almas, prepara para la verdadera unión de los cuerpos y con auténtica libertad, esa libertad que no conocerán nunca los paganos, por mucho caso que hagan a un erotismo sabio. Una libertad que permite a los esposos pasar de la ofrenda de sí mismos en la oración común al éxtasis de los cuerpos, después de haber trazado previamente sobre el cuerpo ofrecido del otro la señal de la cruz, signo de la ofrenda redentora y nupcial del Cristo-esposo a la Iglesia-esposa, garante del carácter sagrado del cuerpo entregado.

El matrimonio es una escuela de humildad, porque es un estado que fuerza, no sólo a admitir, sino a vivir de una manera concreta las exigencias de la encamación. Aceptar tener un cuerpo y entregarlo en la humildad de la expresión carnal de la entrega de los cuerpos. Si el hecho de mirar a una mujer «para desearla» tiene como consecuencia hacer a esta mujer adúltera en su corazón, es que el hecho de mirarla de este modo no es neutro para ella y que, aunque esta actitud interior del hombre no se traduzca de manera factual mediante ningún acto exterior, produce, no obstante, un efecto sobre la que es mirada de este modo.

La mirada que proyectamos sobre el otro nunca es neutra, y si no es una mirada ajustada, es susceptible de engendrar en el otro un estado interior de la misma naturaleza. Cuando Cristo dice «todo el que mira», se dirige a cada uno y a cada una de nosotros y no sólo a los interlocutores que tenía cuando pronunció estas palabras. «Este hombre es, en cierto sentido, 'cada' hombre, ‘cada uno’ de nosotros Hay un adulterio en el corazón al que todo hombre y toda mujer -casado o no- está expuesto desde que, por el pecado de los orígenes, se introdujo la concupiscencia en el corazón del ser humano, amenazando la significación esponsal del cuerpo.

En el matrimonio no prometemos únicamente al otro la exclusividad de la entrega de nuestro cuerpo, sino también la del corazón, aunque este corazón está herido y enfermo desde el pecado de los orígenes, y tiene incesantemente necesidad de ser atendido y curado por el sacramento de la misericordia. Las personas casadas están obligadas, por tanto, a ejercer una vigilancia particular en cuanto a la calidad de la mirada que proyectan sobre los otros hombres y las otras mujeres. Nos introducimos por la vía del adulterio en cuanto consentimos dar a otro lo que debemos reservar exclusivamente al esposo o a la esposa legítima. En consecuencia, forma parte del adulterio interior el hecho de mantener relaciones afectivas profundas con alguien distinto al esposo o la esposa.

Con el matrimonio, estas relaciones afectivas -por otra parte legítimas- deben ser sometidas a reconsideración a fin de vivirlas de otro modo. Lo mismo cumple decir de las amistades que se hayan podido entablar antes del matrimonio y que exigen que las vivamos de otro modo después del matrimonio. Podemos considerar asimismo como adulterio interior el afecto demasiado exclusivo consentido a los hijos en detrimento del que no debemos más que al esposo o a la esposa. Es un peligro que tal vez aceche más a las esposas, que pueden buscar en este afecto exagerado una compensación a la mediocridad de su vida conyugal.

Está claro que esto no puede contribuir más que a fragilizar todavía más un vínculo conyugal que ya se ha debilitado. Aunque se trata de un tema delicado, debemos hablar también de las posibles actitudes de adulterio interior en el plano espiritual. Puede suceder que los esposos mantengan, con un padre o un acompañante espiritual, individualmente, unas relaciones, perfectamente castas en apariencia, pero que corresponden a una auténtica intrusión indebida en su intimidad de esposos. Sin pretender en modo alguno poner en tela de juicio el buen fundamento del acompañamiento espiritual ni los beneficios que de ello se puede obtener, es legítimo, no obstante, inquietarse por una intimidad espiritual mantenida con un acompañante espiritual que debería estar reservada exclusivamente al esposo o a la esposa.

Podríamos considerar incluso que esta manera de mirar a la propia esposa constituye el privilegio del hombre en virtud del mismo pacto conyugal, que le confiere este derecho exclusivo. Sólo aquel que no es el esposo legítimo y que mira de este modo a una mujer casada podría cometer este «adulterio en el corazón». Cristo no dice: «el que mira a la mujer de otro» o «al que mira a una mujer que no es la suya», sino simplemente y de una manera genérica: «el que mira a una mujer».

Lo que constituye el adulterio en el corazón es la naturaleza misma de la mirada proyectada sobre el otro, esa mirada de deseo que apunta a instrumentalizar al otro al servicio de nuestra propia satisfacción, aquella que intenta apropiarse del otro para satisfacerse, la que intenta tomar allí donde debería presidir un respeto absoluto a la libertad de una entrega, la que intenta, en última instancia, arrebatar su entrega al otro a fin de reducirle intencionalmente a ser un simple objeto al servicio de nosotros mismos.






30/04/2015 09:27:00