Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

El consejo espiritual

El discernimiento personal


Para conocer si una determinada inspiración viene de Dios, san Pablo nos ofrece algunos criterios:

En primer lugar, analizar los frutos. El espíritu bueno o el malo se reconocen por sus frutos: “Las obras de la carne son manifiestas: fornicación, impureza, lujuria. Por el contrario, los frutos del Espíritu son: caridad, alegría, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia” (Gál 5,14-22).

En segundo lugar, el reconocimiento de la comunión eclesial, ya que los dones auténtico son los que edifican la Iglesia. Los carismas son dones al servicio de la construcción de la comunión. (1 Cor 14,4.12.26).

En tercer lugar, los dones del Espíritu, como los milagros o la fortaleza en afrontar persecuciones son signos más auténticos porque manifiestan la fuerza en la debilidad. (1 Tes 1,4-5).

En cuarto lugar, la luz y la paz son señales del Espíritu, ya que sus dones no son impulsos ciegos que crean desorden (1 Cor 14,55). “La tristeza que es según Dios causa penitencia saludable e irrevocable, mientras que la tristeza del mundo engendra la muerte” (2 Cor 7,10), “porque el pensamiento de la carne es muerte, pero el pensamiento del espíritu es vida y paz” (Rom 8,6).

Y en último lugar, la comunión fraterna se vuelve el criterio más seguro e importante que nos revela la presencia de Dios (1 Cor 15) precisamente porque la caridad nos lleva a respetar y amar los carismas de los otros (1 Cor 12).

El discernimiento personal es la búsqueda de la voluntad de Dios realizada por una persona particular. Es cierto que existe un aspecto eclesial incluso en el discernimiento individual ya que la escucha de Dios en la vida personal pasa necesariamente a través de la mediación de la Iglesia, que lee los signos de los tiempos de la sociedad en que se vive. Precisamente por esta razón eclesial la mediación constituida por el diálogo con el consejero o el director espiritual es un medio fundamental del discernimiento.

Antes de tomar una decisión determinada es preciso que actuemos estos dos criterios que son la conformidad con la palabra de Dios y de la Iglesia y poner el don al servicio de la edificación de los hermanos, que es el fin por el cual el Espíritu Santo otorga sus dones (1 Cor 12,7). La mediación del consejero espiritual tiene por fin objetivar las experiencias y las mociones personales, aclarar lo que quizá se advierte de modo confuso y situarse en un horizonte eclesial en el cual tomar conciencia de que el Espíritu es único y no puede contradecirse.

Toda la persona debe dedicarse a discernir entre la diversidad de las mociones espirituales, sobre todo su afectividad profunda para “sentir y gustar de las cosas interiormente”. El discernimiento se efectúa también a través de la escucha de la palabra, ya que Dios se comunica a través de ella, pero el cristiano debe colaborar con su adhesión personal. Por eso san Ignacio, en sus Ejercicios pide: “demandar la gracia que quiero” (Ejercicios n. 91). Por una parte, es preciso pedir, sabiendo que no puede uno dar por sí mismo lo que se busca en el plano de la salvación y de la perfección cristiana; por otra, hay que desear lo que se pide, con una participación comprometida de toda la persona en la acción de Dios.

El discernimiento supone la prontitud para cuestionarse frente a la interpelación de la palabra de Dios, es decir, exige una prontitud para el cambio y estar dispuesto a cambiar lo que sea en la vida personal, social o comunitaria. Sólo Dios es lo absoluto, todas las demás cosas “las cosas creadas” es relativo, y frente a ello “es menester hacernos indiferentes” (Ejercicios n. 23).

La indiferencia es la actitud positiva que consiste en optar fundamentalmente por Dios y por su plan sobre nosotros, por lo que todo el resto se vuelve innecesario y sólo se acoge en la medida en que sea manifestación de la voluntad divina. Y, como vimos, esto implica poner en discusión toda opción, preferencia o seguridad que no encuentre confirmación en Dios. La actitud que renuncia al cambio nos cierra a la novedad del Espíritu.

Esta prontitud para el cambio, en los Ejercicios, es tratada en el “preámbulo para hacer elección” en dos actitudes: la primera es la del que se coloca frente al problema de una elección con “ojo simple”, solamente “mirando para lo que soy creado, es, a saber, para alabanza de Dios nuestro Señor y salvación de mi alma” (Ejercicios n. 169); la segunda, en cambio, es la del que invierte el orden de las cosas: primero escoge el medio y luego intenta atraer a Dios a lo que ha elegido.






10/09/2015 09:01:00