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que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

El discernimiento ignaciano

Consolaciones y desolaciones


San Ignacio nos ofrece también la experiencia de consolaciones y de desolaciones como medio de discernimiento espiritual, y describe la resonancia interior que la palabra de Dios y sus mociones suscitan en nosotros, con alternancia de euforia y de depresión, mediante los términos de consolación y de desolación espiritual.

¿Qué es la consolación espiritual? “Llamo consolación espiritual cuando en el alma se causa alguna moción interior, con la cual viene el alma a inflamarse en amor de su Creador y Señor y, por consiguiente, cuando ninguna cosa criada sobre la faz de la tierra puede amar en sí, sino en el Creador de todas ellas. Finalmente, llamo consolación a todo aumento de esperanza, fe y caridad y a la alegría interna que llama y atrae a las cosas celestiales y a la propia salud de su alma, tranquilizándola y pacificándola en su Creador y Señor” (Ejercicios n. 316).

Se trata, pues, de una experiencia de los “frutos” del Espíritu, de un incremento de las actitudes fundamentales de la existencia cristiana, a saber: de la fe, de la esperanza y de la caridad. La desolación, en cambio, es lo contrario de la consolación: “Así como oscuridad del alma, turbación en ella, moción hacia las cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones que mueven a desconfianza, sin esperanza, sin amor, hallándose del todo perezosa, tibia, triste y como separada de su Creador y Señor”. Por consiguiente, la consolación es energía del Espíritu Santo para emprender o confirmarse en una elección dada mientras que la desolación nos lleva lejos del Señor y es signo de la acción en nosotros del espíritu malo, “con cuyos consejos no podemos tomar el camino para acertar” (Ejercicios n. 318).

Fuera del caso de una intervención extraordinaria de Dios, que nos manifestaría así su voluntad, una elección ha de realizarse a través de una “suficiente claridad y conocimiento por experiencia de consolaciones y desolaciones y por experiencia de discernimiento de varios espíritus”.

El discernimiento espiritual, por otro lado, no excluye el hecho de emplear las energías humanas, es decir, examinar serenamente los motivos en pro y en contra de una determinada elección, que ha de hacerse en el “tiempo tranquilo”, “cuando el alma no está agitada por varios espíritus y usa sus potencias naturales libre y tranquilamente”.

De la elección que ha de hacerse en este tiempo tranquilo, san Ignacio describe un itinerario concreto:
1) precisar el objeto de la elección;
2) fijar el fin debido que es Dios y su alabanza, y encontrarse en la indiferencia, pronto a “seguir lo que sintiere ser más en gloria y alabanza de Dios nuestro Señor y salvación de mi alma”;
3) pedir al Señor que oriente las mociones interiores hacia su voluntad;
4) considerar las ventajas y las desventajas del objeto de la elección sólo con vistas al fin;
5) deliberar según motivos razonables;
6) presentar en la oración la elección hecha a Dios para que la confirme.

“La dificultad habitual de la oración es la distracción. En la oración vocal, la distracción puede referirse a las palabras y al sentido de éstas. La distracción, de un modo más profundo, puede referirse a Aquel al que oramos, tanto en la oración vocal (litúrgica o personal), como en la meditación y en la oración contemplativa. Salir a la caza de la distracción es caer en sus redes; basta volver a concentrarse en la oración: la distracción descubre al que ora aquello a lo que su corazón está apegado. Esta toma de conciencia debe empujar al orante a ofrecerse al Señor para ser purificado. El combate se decide cuando se elige a quién se desea servir (cf Mt 6,21.24). Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al "hoy". El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: "Dice de ti mi corazón: busca su rostro" (Sal 27, 8). Otra dificultad, especialmente para los que quieren sinceramente orar, es la sequedad. Forma parte de la contemplación en la que el corazón está seco, sin gusto por los pensamientos, recuerdos y sentimientos, incluso espirituales. Es el momento en que la fe es más pura, la fe que se mantiene firme junto a Jesús en su agonía y en el sepulcro. "El grano de trigo, si muere, da mucho fruto" (Jn 12, 24). Si la sequedad se debe a falta de raíz, porque la Palabra ha caído sobre roca, no hay éxito en el combate sin una mayor conversión (cf Lc 8, 6. 13).
Catecismo de la Iglesia Católica, Nn 2731






17/09/2015 09:01:00