Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

El fariseo y el publicano

¿Quien es justo ante Dios?


¿Quién es justo ante Dios y cómo somos justificados?

La parábola del fariseo y el publicano en el templo está contada para rechazar la apropiación indebida de la justicia que lleva a juzgar y despreciar a los otros. La parábola está colocada inmediatamente después de aquélla sobre la oración, pero ahora el panorama es más amplio porque se introduce la cuestión de la justicia entre Dios y los seres humanos. Con fino arte psicológico, el Jesús de Lucas se adentra, una vez más, en los meandros del corazón humano, valora los pensamientos y sentimientos que hace aflorar desde el interior: Dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano.

El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias”. En cambio, el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!”. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

1. Un fariseo y un publicano

La escena se desarrolla en el templo, al que suben los dos protagonistas, que permanecen anónimos. Los dos hombres son elegidos no para condenar o premiar a los grupos a los que pertenecen, sino para dar una idea de los caracteres representados en la parábola. No porque uno pertenezca al movimiento de los fariseos ha de ser considerado un soberbio, ni porque el otro sea un recaudador de impuestos es humilde. No son sus orígenes los que los hacen justos o pecadores, sino su modo de relacionarse con Dios y con el prójimo.

El templo de Jerusalén es el lugar del encuentro: hasta que fue destruido por los romanos en el año 70 d.C. era uno de los fundamentos de la piedad judía y se destinaba, entre otras cosas, a la expiación y el perdón de los pecados. Como de costumbre, la parábola presenta una relación triangular: un fariseo, un recaudador y Dios, al que se dirigen. El tercer polo es tan importante como los otros dos: las dos oraciones comienzan con «Oh Dios» (Lc 18,11.12) y al final es justificado por Dios el recaudador y no el fariseo (Lc 18,14). Sin embargo, son contrapuestas las actitudes y las oraciones de los protagonistas. Los dos se dirigen al mismo Dios, pero tienen una idea y una actitud opuestas. El fariseo ora erguido, mientras que el publicano no tiene el valor de levantar los ojos al cielo y se golpea el pecho. Todavía más opuesto es el contenido de sus oraciones: en el griego del evangelio el fariseo utiliza veintinueve palabras, mientras que el publicano utiliza sólo seis.

El fariseo da gracias a Dios porque no es como los otros hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros, ni como el publicano que está rezando a conveniente distancia. Sutil y penetrante es la ironía en la oración del fariseo: no recuerda a los otros para encomendarlos al Señor, sino para despreciarlos y condenarlos, precisamente como aquellos que son citados antes de la parábola (Le 18,9). Desde el momento que se considera impecable, el fariseo comete uno de los pecados más graves: se pone en el lugar de Dios para condenar al prójimo.

Sin ningún pudor recuerda su excesiva observancia de la Ley. Mientras que según el Libro del Levítico 16,29-31, el ayuno es obligatorio el día de la expiación, el fariseo de la parábola ayuna dos días por semana. Y si la dieta alimenticia prevé comer alimentos puros excluyendo, por ejemplo, carne de cerdo, él paga el diezmo de cualquier adquisición. El suyo es un perfecto ejemplo del que se enaltece ante Dios. Con actitud penitencial, el recaudador se limita a decir: «¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!» (v.13). Su oración dice lo esencial en pocas palabras: contiene el reconocimiento de la culpa y la petición de la expiación para alcanzar el perdón. Su oración penitencial es como la del Salmo 79,9: «Sálvanos, borra nuestros pecados, por causa de tu nombre».

2. El vuelco de la situación

Cuando se trata de hacer el balance, Jesús se dirige a los oyentes y evidencia, en pocas pinceladas, el cambio de la situación. El que vuelve a casa justificado es el publicano y no el fariseo, porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido. Quien enaltece a los humildes y humilla a los soberbios es Dios que, como canta María en el magníficat, «dispersó a los que son soberbios en su propio corazón; derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes» (Le 1,51- 52). Pertenece al modo de actuar de Dios derribar a los soberbios de sus tronos y exaltar a los humildes sobre aquellos que, como el fariseo de la parábola, necesitan pisotear la dignidad de los demás para enaltecerse. Arrogante ha sido la actitud del fariseo, humilde la del recaudador. No obstante, la larga oración, el fariseo no es justificado, mientras que ha sido suficiente la breve plegaria del recaudador para volver a casa justificado. ¿Qué es lo que ha determinado el vuelco de la situación? Puesto que han sido elegidos dos caracteres típicos, la parábola gira en torno a dos posicionamientos.

En la primera parte es decisivo el posicionamiento en la oración del fariseo: no le basta enaltecerse ante Dios; necesita confrontarse con los otros para despreciarlos. El punto focal está en la expresión «ni tampoco como este publicano» (v. 11). El resto de su oración no es deplorable; es más, es la de un hombre con celo por la Ley y por las tradiciones judías. Lo que hace que vuelva a casa sin ser justificado es el desprecio por el publicano: lo juzga ignorando su arrepentimiento y su oración, dada la distancia que lo separa de él. También la segunda parte contiene el posicionamiento en la oración del recaudador: «¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!» (v.13).

El recaudador no busca un atenuante del tipo: «Ya que mi oficio es considerado impuro, trato de sacar el menor provecho»; o bien «Tengo una familia que mantener y no puedo cambiar de trabajo». Más bien se presenta ante Dios con un corazón desnudo. En una oración brevísima expresa todo lo que agrada a Dios: el reconocimiento de la culpa, la expiación y la confianza en el perdón. Reconocerse pecador ante Dios es la condición necesaria para ser justificado, de otro modo prevalece la arrogancia del que se considera impecable.






06/10/2016 09:00:00