Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

El juez y la viuda

Dios cambia su corazón


¿CÓMO CAMBIA EL CORAZÓN DE DIOS? EL JUEZ Y LA VIUDA (Lc 18,1-8)

¿En qué circunstancias de la vida humana se experimenta más la misericordia de Dios? ¿Cuándo es más necesaria que los otros dones de Dios? ¿Y cuáles son las condiciones para reconocerla? El Jesús del evangelio de Lucas no parece tener dudas: en la oración se vislumbra el rostro misericordioso de Dios, que se refleja sobre la vida humana. Nos detenemos ahora en la parábola dedicada a la constancia en la oración, contada hacia el final del viaje de Jesús a Jerusalén:

Les decía una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: “¡Hazme justicia contra mi adversario!”. Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme”. Dijo, pues, el Señor: “Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?”».

1. Un juez, Dios y una viuda

Son protagonistas de la parábola un juez que no teme a Dios y una viuda. La relación entre los protagonistas es, de nuevo, triangular: el juez que se relaciona con Dios y con una viuda. La nueva relación es original, porque en todas las otras parábolas en las que hemos profundizado hasta ahora, Dios no está nunca directamente implicado: lo está por medio de una persona, como Abrahán en la parábola del rico y del pobre Lázaro, o está oculto tras el padre misericordioso. La elección se debe al tema de la oración, que ha inspirado la parábola. Por la misma razón Dios está implicado en la parábola que trataremos en el próximo capítulo. En la escala social del tiempo de Jesús el juez es el emblema del máximo poder, sobre todo en un ambiente caracterizado por el analfabetismo y la escasa familiaridad con las leyes. El juez era como el alcalde de la región: abogado, fiscal y notario; tenía un poder ilimitado. Por otra parte, se menciona a una viuda, que expresa la condición humana más precaria, junto a la de los huérfanos. Cuando no podía contar con la autoridad familiar y civil del marido, la viuda se veía frecuentemente sometida a diversos abusos. Por consiguiente, se encuentran en relación la cima del poder y la máxima debilidad humana. Junto a los dos protagonistas, la atención se centra en Dios, al que se correlaciona con el juez. Al principio se dice que el juez no teme a Dios; luego es él mismo el que lo reconoce; y sigue al final la comparación entre el juez y Dios.

Jesús subraya de modo particular la distancia del poder civil entre el juez y la viuda: el juez no tiene ningún temor de Dios o no es persona religiosa. Además de no temer o no creer en el Dios de Israel, gestiona la justicia a su gusto. Más que de un juez «deshonesto», se trata de un juez injusto, que carece de un corazón compasivo porque no cree en Dios.

En el frente opuesto está la acción de una viuda que se dirige, sin desistir, al juez para que le haga justicia contra su adversario. La parábola no dice nada sobre el adversario: lo que interesa es la voluntad del juez, en comparación con Dios en cuestión de justicia, y la importunidad de la viuda. Después de mucha insistencia, el juez decide atender la súplica de la viuda. No obstante, no es la compasión la que cambia su corazón, sino la insistencia continua de la viuda.

2. Dios no es un juez

Tras haber contado la parábola del juez y la viuda, Jesús interpela a los oyentes y les interroga sobre lo que piensan respecto al actuar de Dios. Recurriendo a una argumentación que va del nivel menor al mayor (o a fortiori), Jesús pregunta a los oyentes si Dios hará justicia a sus elegidos antes y mejor que el juez respecto a la viuda. Al contrario que el juez injusto, Dios hará justicia pronto a sus elegidos que le gritan día y noche.

Sin embargo, la diferencia enorme entre el juez y Dios está en un rasgo común que ilustra el inestimable valor de la oración. Los dos reexaminan su modo de actuar con la viuda y con los elegidos por las súplicas recibidas. A menudo se tiene de Dios la idea de que es imperturbable o que no cambia su proyecto para los seres humanos. Occidente nos ha acostumbrado a pensar en un Dios sin pasión, que no se deja condicionar por ningún agente externo. La historia de la salvación transmite un rostro distinto de Dios: un Dios que se deja interrogar por las situaciones humanas y escucha la oración de sus elegidos (los pobres y los débiles) que le suplican.

Sobre esta disponibilidad a reevaluar sus proyectos, son paradigmáticos dos episodios del Antiguo Testamento: la oración del rey Ezequías y la penitencia de los habitantes de Nínive. El segundo libro de los Reyes cuenta que Ezequías enfermó gravemente; su vida pendía de un hilo. Con la cara vuelta hacia la pared de casa, el rey eleva su oración: «Señor, recuerda que yo he andado en tu presencia con fidelidad y corazón perfecto haciendo lo recto a tus ojos» (2 Re 20,3). La oración y las lágrimas de Ezequías son escuchadas por el Señor, que le cura de la enfermedad.

El libro de Jonás describe cómo Dios se arrepiente del mal con el que había amenazado a los habitantes de Nínive (Jon 3,10). Un Dios misericordioso es inconcebible para Jonás: «Fue por eso por lo que me apresuré a huir a Tarsis. Porque bien sabía yo que tú eres un Dios clemente y misericordioso, tardo a la cólera y rico en amor, que se arrepiente del mal» (Jon 4,2). El profeta ha buscado de todos los modos posibles evitar la misericordia de Dios y, tras haber predicado a los habitantes de Nínive, se sienta a mirar si finalmente Dios los castiga. Mientras los habitantes de Nínive hacen penitencia, Jonás se detiene al oriente de la ciudad, a la sombra de una cabaña. Para socorrerlo el Señor hace crecer una planta de ricino que le procura alivio, pero al día siguiente la hace secar y Jonás pide poder morir. Con un argumento que anticipa nuestra parábola, Dios interroga al profeta: «Tú tienes lástima de un ricino por el que nada te fatigaste, que no hiciste tú crecer, que en el término de una noche fue y en el término de una noche secó. ¿Y no voy a tener lástima yo de Nínive [...]?» (Jon 4,10-11).

El Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento se deja conmover el corazón porque quiere no la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ez 33,11).






14/04/2016 09:00:00