Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

El juez y la viuda II

Perseverar en la fe


3. ¿Qué pedir y cómo orar?

La parábola del juez y de la viuda se cierra con una promesa: el juez hará justicia a la mujer por su importunidad. Del mismo modo, la oración perseverante es capaz de cambiar el corazón de Dios. Sin embargo, no pocas veces se experimenta que la oración no es atendida, como si no fuese escuchada. ¿Dónde están la compasión y la misericordia de Dios cuando los gritos de sus elegidos, que son los más necesitados —desde las viudas a los huérfanos, hasta los niños pobres y enfermos— parecen no ser escuchados? Y si son escuchados, ¿por qué los resultados demuestran que no son atendidos? El Jesús del evangelio de Lucas es maestro de oración y, para afrontar esta dramática realidad, cuenta la parábola del amigo importuno.

La parábola de Lucas 11,5-8 tiene algunos rasgos en común con la que estamos comentando, si bien no hace referencia a la misericordia de Dios. Cuenta que un amigo, a causa de un huésped inesperado al que no tiene nada que ofrecerle, llama a la puerta del vecino para pedirle tres panes. Desgraciadamente es medianoche, el amigo ha atrancado ya la puerta de casa y sus niños están acostados. Ante la insistencia del amigo, al final se ve obligado a levantarse y a darle los panes solicitados. En la explicación que sigue (Lc 11,9-13) Jesús exhorta a pedir, buscar y llamar porque Dios es capaz de dar, hacer encontrar y abrir. Luego añade que, si un padre es capaz de dar a un hijo un pez y no una serpiente, un huevo y no un escorpión, ¡cuánto más Dios está dispuesto a dar el Espíritu Santo a cuantos se lo piden! A primera vista parece que el Espíritu Santo no tiene absolutamente nada que ver. Y, en cambio, es el principal don que se debe pedir en la oración, porque sólo el Espíritu permite distinguir un pez de una serpiente y un huevo de un escorpión. Muchas veces se pide en la oración todo lo que parece útil y necesario, pero no lo es para Dios; es más bien secundario y no entra en su voluntad.

En la oración no sabemos qué pedir: es la condición en la que se experimenta, más que en ninguna otra, la debilidad humana. Pero precisamente en estas situaciones: «el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios» (Rom 8,26-27).

Es fácil librarse de la oración cuando parece que no es escuchada; lo difícil es perseverar como una viuda importuna, porque Dios está más dispuesto que cualquier juez a escuchar con rapidez los gritos de sus elegidos. A los creyentes se les pide perseverar en la oración, también cuando los resultados son distintos de los esperados.

4. Perseverar en la fe

La parábola del juez y de la viuda proyecta sobre la vida humana una interrogación que hace pensar. Cuando Jesús vuelva ¿encontrará la fe sobre la tierra? Frecuentemente se tiene una idea rebajada y limitada de la fe: que sea de todos y se identifique con un conjunto de nociones o, por el contrario, que corresponda a todo lo que es incomprensible. En realidad, la fe es difícil de conservar, sobre todo cuando se pide aquello que no es correspondido; entonces se desiste de la oración y llega a faltar la fe.

Sobre la relación entre la oración y la fe es ejemplar todo lo escrito sobre Jesús en la Carta a los Hebreos: «El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen» (Heb 5,7-9). Con toda su humanidad Jesús ha atravesado la estrechez de la prueba y ha permanecido abrazado a su piedad, que es la fe capaz de abandonarse sin reservas en los brazos del Padre. Todo lo que sufrió no le apartó de Dios, sino que le permitió aprender la fe obediente a la voluntad del Padre. Parece paradójico lo que se dice en la Carta a los hebreos: ¿cómo es posible sostener que Jesús fue escuchado, si no se le ahorró ni una gota del cáliz que bebió? ¿Puede considerarse atendida su súplica si tuvo que afrontar la ignominiosa pena de la cruz? En realidad, fue escuchado por el Padre con la resurrección, que pasa siempre por la muerte de cruz.

La fe que se pide a los que han escuchado la parábola del juez y de la viuda es, al mismo tiempo, confianza, fidelidad, entrega: nace de la oración y se alcanza en la obediencia del que aprende a escuchar la voluntad de Dios, incluso cuando no la entiende. Por desgracia, en nuestro tiempo se hace siempre más difícil y escasa la constancia en la oración y la disponibilidad a escuchar las respuestas que, a menudo, son distintas de nuestras preguntas.

5.«Lo vio con misericordia y elección»

La relación entre la viuda y los elegidos de Dios pide una mayor profundización porque expresa una de las verdades evangélicas más desconcertantes: Dios no está de parte del juez, que además no tiene ningún temor de él, sino de la viuda. Elegidos de Dios son los huérfanos y las viudas que no pueden hacer frente a los abusos que sufren. ¿Y por qué elige Jesús a los débiles y a los pecadores, como Leví, que es un recaudador de impuestos? «Después de esto, salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él, dejándolo todo, se levantó y le siguió» (Le 5,27-28).

En la explicación que sigue, Jesús precisa que «no necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores» (Lc 5,31-32). La lógica de la elección es inconcebible: Dios elige a quien es débil en el mundo, despreciado e infame para confundir a quien es fuerte, sabio y noble, para que nadie pueda alegar algún derecho ante él (1 Cor 1,26-29). En términos positivos, Dios elige a los últimos para llegar a los primeros, de otro modo sería inevitable pensar en una elección que excluye a los demás. Dicho con las palabras de la misericordia, es válido todo lo dicho en el libro del Éxodo 33,19 y explicado por Pablo: «Pues dice él a Moisés: “Seré misericordioso con quien lo sea: me apiadaré de quien me apiade”» (Rom 9,15). ¿En qué sentido es Dios misericordioso con quién quiere? ¿Puede excluir a alguien de su misericordia? ¿Y quiénes son los elegidos?

Antes que nada, la elección que hace Dios está traspasada, de principio a fin, por la gracia y no está condicionada por ningún agente externo: ¡Dios no elige porque se es bueno, sino para hacer buenos a los que elige! A propósito de su elección, Pablo precisa que «Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo. Y si encontré misericordia fue para que en mí primeramente manifestase Jesucristo toda su paciencia» (1 Tim 1,15-16).

Se es elegido por gracia no para excluir a los otros, sino para incluirlos en la misericordia de Dios. Por desgracia, cuando se piensa en los elegidos se cae frecuentemente en la trampa de la exclusión. En realidad, Dios elige a algunos no para rechazar a los otros, sino para incluir a todos. En esto la terrible palabra de la «predestinación» no comprende la elección y el rechazo, sino sólo la elección. En el proyecto de Dios no hay ninguna predestinación al mal y al bien, sino sólo y siempre al bien. Y esta elección no depende de la bondad de Dios, sino del hecho de que, como explica Jesús en el diálogo nocturno con Nicodemo «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Sólo cuando se piensa en la elección sin pararse ante la cruz de Cristo, puede imaginarse que exista una elección de algunos con desventaja para otros o, todavía peor, contra ellos.

El retrato de la elección en la misericordia de Dios se verifica no en la arrogancia ni en la presunción, sino en el servicio a los demás. Si Dios es «Padre misericordioso y Dios de todo consuelo» es porque «nos consuela en toda tribulación nuestra para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios» (2 Cor 1,3-4). Por tanto, no es primero la elección y luego la misericordia, sino que la misericordia de Dios se transforma en elección. Escribe bien san Beda, el Venerable, comentando la vocación de Leví (o Mateo), en la Homilía 21,149: «Vio Jesús a un publicano y, porque lo vio con misericordia y elección, le dijo “Sígueme”». Miserando atque eligendo o «con misericordia y elección» es el lema del papa Francisco.






21/04/2016 09:00:00