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que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

El misterio de la Iglesia

Mirada de fe sobre la Iglesia


Se ha hablado mucho de la Iglesia y desde muchas posiciones: una institución de poder, una agencia de servicios, un grupo de seguidores, una estructura inmersa en el mundo. Pero, a menudo, hemos olvidado la mirada de fe sobre la Iglesia, es decir, considerarla como objeto de fe y de adhesión creyente. La Iglesia que quiso Jesús seguramente sólo existirá en la otra vida, en el Reino definitivo, pero estudiarla nos ayudará a verla como la gran obra de Jesús, como la continuidad de su misión. Animada por el Espíritu, la Iglesia continua hoy en el mundo el plan de salvación que el mismo Jesucristo empezó.

La fe nos ayudará a descubrir el rostro misterioso de la Iglesia y su verdad interior, a menudo escondida a quien la mira sin fe.

Nuestra fe en la Iglesia depende totalmente de nuestra fe en Jesucristo y es el lugar en el que «florece el Espíritu Santo». La palabra «Iglesia» significa convocatoria y designa las asambleas del pueblo, y se aplica a la primera comunidad de los creyentes en Cristo. Iglesia es la convocatoria de todos los hombres a la salvación hecha por Dios mediante la obra de Cristo. No es un proyecto humano para este mundo, sino la obra de Dios en el mundo para la vida eterna.

Los símbolos que la Escritura utiliza para referirse a la Iglesia son diversos: es un aprisco, del que Cristo es la puerta única y necesaria; es rebaño, del que Dios mismo es pastor. A menudo a la Iglesia se la llama casa de Dios; familia de Dios y, sobre todo, templo santo. Nosotros somos las piedras vivas de esta ciudad santa, la Jerusalén de arriba y madre nuestra (cf. Jn 10, 11; 1 Co 3, 9; Ga 4, 26).

A lo largo de la historia han sido muchos los símbolos e imágenes que se han utilizado para manifestar la Iglesia; es labranza o campo de Dios; es también una viña escogida, en la cual Cristo es la Vid verdadera que da vida y fecundidad a los sarmientos; a menudo la Iglesia es llamada casa de Dios donde habita, en efecto, su familia; estancia de Dios en el Espíritu; tienda de Dios entre los hombres; y, sobre todo, templo santo, que la liturgia compara a la Ciudad Santa y a la nueva Jerusalén. La Iglesia es nuestra madre, que se presenta también como la esposa inmaculada del Cordero inmaculado a la cual Cristo quiso y se entregó a sí mismo por ella a fin de santificarla (cf. CIC n.754-757).

Frecuentemente, al hablar de la Iglesia, empezamos planteando su fundación y su estructura, pero se ha de advertir que, para investigar el misterio de la Iglesia, se ha de meditar primero su origen en el designio de la Santísima Trinidad y su realización en la historia. Como hace el primer capítulo de la Lumen Gentium, se debe hablar de la Iglesia como misterio, ya que para los creyentes, la Iglesia es objeto de fe teologal. De hecho, los cristianos creemos en la Iglesia.

«El Padre eterno, por un designio profundo y absolutamente libre de su sabiduría, creó el universo, y decretó elevar a los hombres a la participación de la vida divina», a la cual llama a todos los hombres en su Hijo. «Y decidió reunirlos, a los que creen en el Cristo, en la Iglesia Santa». Esta «familia de Dios» se constituye y se realiza gradualmente a lo largo de las etapas de la historia humana, según las disposiciones del Padre. En efecto, la Iglesia «ha sido ya prefigurada desde el origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en el Antiguo Testamento, constituida estos últimos tiempos, fue manifestada por la efusión del Espíritu Santo y llegará a la plenitud gloriosa al final de los tiempos» (LG n.2).

La Iglesia ha sido prefigurada desde el origen del mundo; aquella convocatoria de los hombres en Cristo, ha sido incluso el motivo de la creación del mundo y el fin de todas las cosas. Hasta este punto es misteriosa la fundación de la Iglesia; preparada en la Antigua Alianza a través de la elección de Israel como pueblo de Dios, y manifestada en la continua renovación de las alianzas de Dios con su pueblo, la Iglesia es, finalmente, instituida por Cristo, y manifestada por el Espíritu Santo.

El día de Pentecostés, el Espíritu fue enviado efectivamente para santificar la Iglesia incesantemente. Para cumplir su misión, el Espíritu Santo «equipa y dirige la Iglesia gracias a la diversidad de los dones jerárquicos y carismáticos. Así la Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador y guardando fielmente sus mandamientos de amor, humildad y renuncia, recibe la misión de anunciar y de establecer en medio de todas las naciones el Reino de Cristo y de Dios, y constituye el germen y comienzo de este Reino en la tierra (cf. LG n.4-5).

La Iglesia, no obstante, sólo encontrará su consumación en la Gloria y, hasta entonces, hace camino a través de este mundo. Es importante empezar por el misterio de la Iglesia a fin de poder reconocer que, aunque la Iglesia está en la historia, al mismo tiempo la transciende. Solamente con los ojos de la fe podemos descubrir, en su realidad visible, una verdadera realidad espiritual de vida divina.

Una de las dificultades de este reconocimiento ha sido la crítica racionalista que frecuentemente ha considerado que Cristo no fundó el Colegio Apostólico, es decir el grupo de los Doce Apóstoles, con el objetivo de formar la Iglesia, sino que esto fue fruto de la organización propia de las primeras comunidades cristianas.

Es necesario reconocer que el comienzo del Reino fue el pequeño rebaño de los que Jesús convoca a su alrededor, la verdadera familia de Jesús, a los cuales enseña de forma familiar (cf. Lc 12, 32; Mt 12,49; Mt 5,6). Cristo fundó la Iglesia, escogió y constituyó a los Apóstoles en el germen del pueblo de la Nueva Alianza. El que Cristo tuviera discípulos es un hecho incuestionable, corriente entre los rabinos de la época. Pero la forma en que fueron escogidos y la forma de vincularlos a su persona fue totalmente original. Entre sus discípulos escogió doce para tenerlos en una relación más estrecha con él.

El número doce tenía un significado simbólico: fueron doce las tribus de Israel; doce serán también los Padres de la nueva Iglesia que acogerá el nuevo Pueblo de Israel. Jesús expresa claramente su relación entre él y los apóstoles. Se identifica con ellos: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado»; los envía a anunciar el Reino de Dios; reza por ellos; y les concede un poder jurisdiccional: «todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo» (Mt 10, 40; Mt 10, 5-15; Jn 17, 6-20; Mt 18,18).

La elección de los Doce tiene a Pedro como cabeza. Jesús prometió a Pedro las llaves del Reino de los Cielos, y lo instituyó pastor de todo el Rebaño (cf. Mc 3, 14-15; Mt 16, 18-19). En él, y sin restringir las atribuciones dadas a los otros apóstoles, establece una evidente primacía. «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Le dice él: Sí, Señor, tu sabes que te quiero. Le dice Jesús: Apacienta mis corderos». «Simón, Simón, Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; Pero yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Jn 21, 15-17; Lc 22,31-33).

La firmeza de su fe, ha servido de apoyo a la fe de los otros discípulos. Pedro será la roca fundamental de la Iglesia. Con todos estos actos, Cristo prepara y edifica su Iglesia. Jesús, el Señor, ha dotado a su comunidad de una estructura que preservará hasta la plena realización del Reino. No toda estructura eclesial es histórica o cultural, fruto del azar, sino que obedece a una verdadera intención fundacional de Cristo.






21/05/2015 09:00:00