Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

El perdón de una deuda impagable

Regularizar las cuentas


b) Regularizar las cuentas

En la segunda escena, la crueldad del siervo acreedor con respecto a un compañero es subrayada con dureza desde el comienzo: «Tomándolo del cuello hasta ahogarlo», seguido del imperativo «Paga lo que debes» (v.28). El siervo no pide otra cosa que lo que le corresponde: es una cuestión de justicia y no cabría decir nada si él, un poco antes, con respecto a sí mismo no hubiese suplicado un modo de actuar distinto. A través de la remisión de la deuda, en efecto, el siervo no había recibido sólo un don de misericordia, sino que había sido introducido también en el corazón del señor, cuyo modo diferente de valorar la deuda y al deudor había sido por él mismo anhelado. En este corazón la justicia no es solamente proporcional a la deuda. Participándole la propia compasión, el señor le había demostrado que la misericordia era posible y realizable, atendiendo su súplica más allá de toda esperanza. De modo sorprendente ¡es con la condonación de la deuda como el rey ha querido comenzar la regulación de las cuentas!

Hecho partícipe del corazón del rey y experimentada su misteriosa justicia, el siervo habría podido extender a los otros esta misericordia: habría podido y, por tanto, debido. La súplica de aplazamiento por parte del compañero deudor (v.29) es exactamente paralela a la que él había hecho al señor (v.26), pero no obtiene el efecto esperado y, en este punto, debido. ¡La crueldad del siervo es, por eso, injustificable! El compañero deudor es metido en prisión «hasta que pagase lo que debía» (v.30).

c) El juicio final

El último acto de la parábola se abre con la reacción de los otros «siervos». Están «muy apenados»: una mezcla de dolor y de tristeza. La preposición syn (lit. con) expresa un particular vínculo que une a estos siervos entre sí. Constituyen un grupo cohesionado al servicio del rey-juez. Como tales, respecto a su servicio, es de él del que reciben las directrices a las que deben atenerse. Los siervos no pueden sino asumir la perspectiva del señor: la de la compasión. Precisamente con ella valoran la actuación del siervo inmisericorde, por eso «fueron a contar a su señor todo lo sucedido» (v.31). A diferencia del siervo cruel, en los «siervos» la misericordia del señor ha reformulado el sentido de su justicia: es esta la que constituye la norma que regula sus relaciones y su servicio.

Falto de misericordia, el siervo despiadado ha ignorado todo cuanto el señor le había concretamente enseñado y se ha alejado de los propios compañeros. «Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: Siervo malvado»: un siervo malvado no puede estar a su servicio, es solamente «un hombre» puesto ante él. De este modo se perfila la identidad de la comunidad cristiana: los discípulos del Señor constituyen una fraternidad basada en la misericordia que el Señor derrama sobre ella y que tiene en la remisión de los pecados su regulador fundamental. El perdón ilimitado e incondicionado determina las relaciones fraternas, activando un servicio que encuentra en la misericordia su elemento inspirador y performante.

Así, la dinámica del Reino de Dios se realiza en el mundo, transfigurando cristológicamente al «hombre» en «siervo», a imagen de aquel que «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2,6-8). Al no dejarse llevar por el dinamismo del amor misericordioso del señor, el siervo se halla implicado en un epílogo dramático y desastroso.

La sentencia del señor procede según un criterio de justicia que precisamente el siervo ha adoptado con respecto a su compañero. La declaración del rey: «yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste» demuestra que para él la súplica del siervo era una oración que había llegado, por otra parte, directamente a su corazón. Sigue una pregunta retórica: «¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo (gr. os kai, valor comparativo) que yo me compadecí de ti?» (v.33). Entrando en la misericordia del señor, el siervo debía haber imitado su corazón y tener piedad del compañero, dejándose llevar por esta compasión desbordante e incondicionada de la que se benefició.

La conclusión es amarga y desconcierta tanto como la misericordia inicial: «Y encolerizado su señor, les entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía». A fin de cuentas, el señor se relaciona con el siervo según los deseos que este le ha ido expresando: suplicando, ha movido el corazón del señor a la misericordia; pretendiendo lo debido, ha movido su justicia, una justicia que, al no tener en cuenta la inmensidad de la deuda, se convierte en su ruina. El relato pone también de relieve que el rostro de Dios, compasivo o encolerizado, se refleja en el rostro de sus siervos: «compasivo» cuando se realiza el amor fraterno, «disgustado» cuando la misericordia no encuentra espacio.

En fin, en esta parábola emerge una dinámica del perdón en tres tiempos: en primer lugar, está el perdón inmerecido e inmenso del señor hacia el siervo, en un segundo momento se extiende dando forma a las relaciones de los que están al servicio del señor, al final la fraternidad que de este perdón brota y se alimenta se convierte, a su vez, en base y referencia para un juicio final. Se trata de un desarrollo que tiene su arranque y su cumplimiento en la figura del señor, pero cuyo recorrido implica a los siervos, comprometiéndolos a vivir según el «corazón» de aquel que se muestra infinitamente misericordioso.

Las palabras conclusivas de Jesús responden a la pregunta inicial de Pedro: «Esto mismo (gr. os kai, valor consecutivo) hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano» (v.35). El perdón brota de la remisión de una deuda impagable, que se realiza en virtud del amor del Padre celestial. Este mismo amor estimula también «el corazón» del cristiano a asumir con sinceridad y buena voluntad la lógica del perdón entre hermanos: es el compromiso con el que la comunidad creyente vive la experiencia de fraternidad como servicio.






08/09/2016 09:00:00