Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, párroco de la Basílica de la Merced de Barcelona,
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

El quietismo estéril


2. El quietismo estéril

Todos tenemos conciencia de que somos libres y podemos elegir, pero también tenemos experiencia de que muchas veces nuestra libertad “no puede”, está enferma y termina eligiendo lo que no quería. Si Pelagio estaba convencido de la fuerza de la libertad humana hasta el punto de oscurecer la necesidad de la gracia, en Lutero sucedió lo contrario, predominó la conciencia de que la libertad es absolutamente inútil y que sólo la fe y la gracia puede salvarnos.

La doctrina teológica de Lutero tiene unas profundas raíces biográficas en las que aquí no podemos extendernos. Había recibido de los agustinos de Erfurt una mala formación nominalista y una mala teología de corte pelagiano. Esto unido a una vivencia espiritual un tanto morbosa queda reflejado en estas palabras: “Yo, aunque mi vida fuese la de un monje irreprochable, me sentía pecador ante Dios, con una conciencia muy turbada, y con mi penitencia no me podría creer en paz; y no amaba, incluso detestaba a Dios como justo y castigador de los pecadores; me indignaba secretamente, sino hasta la blasfemia, al menos con un inmenso resentimiento respecto a Dios” (WA 54,185).

Lutero pensaba que el hombre está totalmente herido por el pecado, y que perdió su libertad al corromperse, y que, por tanto, es inútil que siga atormentándose. Lutero que en sus primeras obras aún creía en la libertad luego vino a negarla en su obra De servo arbitrio. La libertad humana es incompatible con Dios que todo lo conoce y determina; si el hombre fuese libre incluso la redención de Cristo sería inútil. El cristiano se salva por la fe, no por las obras. Las buenas obras no son necesarias para la salvación e incluso pueden ser nocivas si debilitan la fe fiducial, es decir la que verdaderamente confía en el poder de Dios en donde el cristiano debe apoyarse totalmente. El cristiano es “simultáneamente pecador y justo: pecador en realidad y justo en la reputación de Dios” (WA 56,272).

Al igual que ocurre con el pelagianismo, también el luteranismo puede significar una actitud permanente incluso en los católicos. Cuando un bautizado se acerca al sacramento de la penitencia considerando que su afición al pecado es irremediable y que, por tanto, “soy pecador, e inevitablemente lo seguiré siendo, pero pongo toda mi fe en Cristo que me perdona y que me seguirá perdonando”, manifiesta una clara pérdida de fe en su propia libertad. En fin, si la tentación predominante del catolicismo actual está en Pelagio, no es tampoco despreciable el peligro de Lutero.

El error que subyace al pensamiento luterano paradójicamente es el mismo que encontramos en el naturalismo semipelagiano: el error de pensar que la acción de la gracia es extrínseca a la acción de la naturaleza humana libre, el enorme error de ignorar que la acción de la gracia divina es precisamente causa de la acción libre del hombre buena, salvífica y meritoria de vida eterna.

De ahí que, en líneas anteriores insistíamos en la conveniencia de considerar la acción de la gracia de un modo “interior” a la constitución del acto libre. Atribuir todo a la gracia de Dios no deja excluida en modo alguno la libertad humana, pues ésta se ve precisamente causada por aquélla. Al católico temeroso de que una acentuación total de la gracia implique la anulación de la libertad habría que recordarle que la gracia divina no actúa en la naturaleza humana desde fuera, extrínsecamente, sino desde dentro, sanándola y potenciándola activamente en su misma entidad natural.

El camino interior del quietismo que predicaba Miguel de Molinos se fundamentaba en la pasividad total ante el querer divino. “La actividad natural es enemiga de la gracia, e impide la operación de Dios y la verdadera perfección; porque Dios quiere obrar en nosotros sin nosotros” (Dz 2204). De ahí que se procurasen formas de oración que se fundamentasen en la quietud excluyendo las devociones activas, una aniquilación personal que se parece a una muerte mística, y una indiferencia total en la que el alma no se interese por el cielo o el infierno ni por su propio estado espiritual.

Tanto el luteranismo como el quietismo comparten una incorrecta formulación teológica de las relaciones entre naturaleza y gracia. La gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona, la sana y la eleva. Por último hay que resaltar como la incredulidad moderna se fundamenta en pensar que ni somos verdaderamente libres ni necesitamos la gracia para salvarnos. Muy a menudo el amor de Dios manifestado en Cristo se rechaza como innecesario porque el hombre se basta a sí mismo y otras veces como ineficaz. El determinismo supone que Dios, en caso de que exista, no puede hacer nada para cambiarnos.

La armonía de la espiritualidad católica es el mantenimiento de esta doble afirmación: somos libres y, necesitamos gracia. Las buenas obras son necesarias para la salvación, ya que como afirma Jesús: “en esto será glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto, y así seréis discípulos míos”. El cristiano está destinado a la perfección, y ésta exige obras. Por otra parte, la fe fiducial luterana sin obras sería una fe muerta, sin caridad, “la fe, si no tiene obras, es de suyo muerta” (Sant 2,17).






22/09/2017 09:00:00