Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
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El sentimiento no es emoción

La armonía y auto dominio sobre los sentimientos


Platón, en La República, y en general los filósofos clásicos concebían la afectividad como una “parte del alma” distinta a la sensibilidad y la razón. La afectividad es la cualidad del ser psíquico caracterizado por la capacidad de experimentar íntimamente las realidades exteriores y de experimentarse el mismo, es decir, de convertir en experiencia interna cualquier contenido de conciencia.

Los sentimientos suelen estar formados por cuatro elementos fundamentales que son: el objeto desencadenante del sentimiento; la emoción o perturbación profunda que nos produce y que a menudo presenta consecuencias de carácter fisiológico, como reacciones de tipo respiratorio, glandular o muscular; unos síntomas físicos característicos de cada sentimiento; y una conducta determinada que es la manifestación propia de los sentimientos o emociones.
Si por ejemplo vemos un león tendremos miedo, el corazón nos latirá con más fuerza y es muy posible que salgamos corriendo. Hemos señalado estos cuatro elementos propios de los sentimientos en el sentido genérico de sentimiento en cuanto sinónimo de emoción, afecto o pasión. Como afirma E. Rojas, en El laberinto de la afectividad, los sentimientos son el modo de sentir las tendencias o las tendencias sentidas. Son la conciencia de la armonía o desarmonía entre la realidad y nuestras tendencias.

En este sentido los sentimientos dicen algo de la realidad pero, en cuanto perturbaciones de nuestra subjetividad, sobre todo dicen algo de nosotros mismos, dicen el modo y la manera en que nos afectan los objetos y el mundo en general. Ha sido muy frecuente la clasificación de diversos tipos de sentimientos, pero casi todos los sentimientos pueden agruparse, al menos de modo genérico entre el apetito concupiscible o el irascible, es decir entre la inclinación del deseo o el impulso a vencer los obstáculos que se interponen en nuestra vida. Así por ejemplo, dentro de la tendencia concupiscible, el amor puede definirse como la inclinación a poseer un bien y el odio como la inclinación a rechazar un mal.

Si ahora tenemos en cuenta la dimensión temporal, definiremos el deseo como el amor de un bien futuro y el placer si el bien es presente; en cambio la aversión será el rechazo de un mal futuro y el dolor o tristeza si el mal es presente. Podemos hacer algo similar dentro del campo de la tendencia irascible, es decir, del impulso a vencer los obstáculos que se interponen en el camino hacia el bien. Hablaremos de esperanza cuando el bien sea posible, aunque difícil, y de desesperanza cuando el bien sea inalcanzable. En cambio hablamos de temor ante un mal que se presenta inevitable, y sólo de temeridad o de audacia cuando estamos ante un mal evitable.

José Ángel García Cuadrado, en su Antropología nos presenta una verdadera tipología experimental de los sentimientos que puede ser muy útil consultar. Los sentimientos suelen reforzar nuestras tendencias y en este sentido, son un aspecto muy importante de nuestra psicología aunque no deberían constituir fines en sí mismos. Esta afirmación puede alejarse del ambiente que nos envuelve y conviene contextualizarla.

Los sentimientos no son directivos de la conducta humana por muchos motivos pero el principal es que no tenemos un perfecto dominio sobre ellos. No suelen ser dóciles a nuestra voluntad libre. La aparición o desaparición de los sentimientos no es un hecho voluntario y aunque son grandes compañeros y amigos debemos educarlos para que colaboren con nuestras tendencias libres.

Platón cita la virtud que armoniza los sentimientos como moderación, armonía o autodominio, y en este sentido, aunque los sentimientos sean irracionales son perfectamente armonizables con la razón. La variedad y tipología de sentimientos es la causa que produce una gran cantidad de caracteres humanos muy distintos y que conforma diversas personalidades: apasionada, el sentimental, el cerebral, serena, apática.

Para poseer una personalidad armónica no deberíamos abandonar el trabajo de ir corrigiendo las valoraciones sentimentales que tenemos sobre las cosas. Por un lado, es muy importante tener los sentimientos adecuados a la realidad y que exista proporción entre el objeto y el sentimiento que produce. Muchos errores en la autoestima pueden originar sentimientos falsos de sobreestimación, prepotencia o frustración que están en la base de muchas infelicidades personales; y muchas realidades quizá no merecen el sentimiento airado que tenemos respecto a ellas.

Por otro lado, a menudo se confunde la emoción con el sentimiento cuando de hecho son dos realidades psicológicas distintas. La emoción es pasajera y volcánica, mientras que el sentimiento profundo no desaparece fácilmente, aunque no se detecta tan fácilmente como los estados emocionales.

El sentimentalismo se da cuando apoyamos la conducta solamente en los sentimientos, y a menudo genera una vida dependiente de los estados de ánimo que suelen ser muy cambiantes. Es necesario aprender a manifestar correctamente los sentimientos y esta manifestación debe guardar proporción con el resto de dimensiones humanas, y en especial con la conducta. De ahí la importancia de los gestos, que son lenguaje de los sentimientos. Una persona rica en gestos es rica en sentimientos.






16/10/2014 09:00:00