Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

El sexo importa

Antropología sexual


Como afirma Juan de Sahagún Lucas, en Las dimensiones del hombre “la condición sexuada es una de las condiciones existenciales de la persona humana”. El hombre asume todas las funciones de los seres vivos, como la nutrición, el crecimiento o el conocimiento, pero las realiza de forma humana, es decir, de modo racional y libre. La función reproductiva, según esto, es más que un instinto automático de garantizar la especie. También la sexualidad humana es racional y personal y en ella se expresa toda la persona. En toda concepción monista de la persona se desprecia el sexo a favor del espíritu o se olvida la dimensión espiritual de la persona. O bien el cuerpo se reduce a mero instrumento o bien no se le reconoce su dimensión personal.

De ahí la importancia de insistir en la identidad y unidad del propio sujeto.

Cuerpo y espíritu son una totalidad unificada que es la persona humana. Pero ésta existe necesariamente como hombre o como mujer, ya que la persona está existencialmente sexuada. La sexualidad no es un simple atributo sino un modo de ser de la persona humana. La masculinidad o la femineidad caracterizan todos los componentes de la unidad personal compuesta de cuerpo y espíritu que llamamos hombre o mujer. No es un tema meramente biológico ni es reducible a la genitalidad. En el ser humano todas las funciones orgánicas están incorporadas a la racionalidad. Ser hombre o mujer no es separable de ser persona, ya que comporta un modo de estar en el mundo y de relacionarse con los otros. La condición de hombre o mujer pertenece tanto al ámbito de la biología como al del espíritu.

El sexo está inserido en el conjunto de la persona humana tanto en la configuración cromosómica y diferenciación fisiológica y anatómica como en los diferentes trazos psicológicos, afectivos y cognitivos, ya que la sexualidad no afecta solamente al cuerpo sino también al espíritu.

Como señala B. Castilla y Cortázar, en Persona femenina, persona masculina , la sexualidad modula la psicología y la vida intelectiva si bien se tratan más de diferencias de intensidad o tonalidad que de presencia o ausencia de características propias. La sexualidad está orientada a expresar y realizar la tendencia del ser humano al amor. Está al servicio de la comunicación interpersonal. En tanto que modalidad de relacionarse y abrirse a los otros, la sexualidad tiene como fin intrínseco el amor. El carácter relacional de la persona humana tiene su máxima expresión en la sexualidad entendida como “don de uno mismo”.

El regalo es un don de alguien propio que expresa el amor. En la donación sexual se expresa la donación de todo el ser, dado que el cuerpo no es algo que se posee como una cosa, sino que nos constituye como personas. Con el lenguaje de la sexualidad estamos manifestando la donación y la entrega plena al ser amado. Tendremos ocasión de descubrir –en el plano de la antropología teológica- el “lenguaje del cuerpo” cuando éste está constituido en templo del Espíritu Santo, ya que nos ofrece una lectura del amor sexual absolutamente inasequible a las solas fuerzas de la razón natural. La sexualidad es algo de por sí valioso por el hecho de pertenecer a la intimidad del humano y no solamente para cumplir una determinada función biológica reproductora.

La sexualidad no tiene solamente un carácter biológico sino existencial. Entre las personas humanas -al contrario de los animales en los cuales la atracción solo se da cuando son fértiles- la atracción sexual no depende estrictamente de la efectiva capacidad reproductiva, sino que la atracción nace de una experiencia misteriosa. Como afirma C. Cafarra en su Ética general de la sexualidad, la descripción de la sexualidad desde el punto de vista meramente fisiológico supone una visión descabezada de la persona. Es curioso que esto mismo ocurre con otros comportamientos típicamente personales, como el sonreír, que también sobrepasa las coordenadas espacio-temporales y se explican por la trascendencia propia de un ser espiritual. El gesto sexual es manifestación propia de un tipo de amor especial. Enamorarse es encontrar de repente una persona que es bonita como ninguna y a la vez alguien sin el cual es imposible nuestra felicidad. El eros es la forma de relación interpersonal en la cual la sexualidad encuentra su más claro sentido. Es un amor-don que se transforma en amor-necesidad.

El enamorado o enamorada necesita al amado o amada pero al mismo tiempo lo afirman del modo más enérgicamente benevolente. El enamorado ve al otro como un don y de ahí nace la conmoción, la alegría y el amor. Como acertadamente señala Julián Marías: “La condición sexuada introduce algo así como un “campo magnético” en la convivencia (no es casual que, desde el descubrimiento de los fenómenos magnéticos, se haya recurrido con frecuencia a la metáfora del magnetismo para sugerir la atracción o fascinación del sexo); la vida humana en plural no es ya “coexistencia” inerte, sino convivencia dinámica, con una configuración activa. El hombre y la mujer, instalados cada cual, en su sexo respectivo –literalmente respectivo, porque cada uno lo es respecto al otro, cada uno consiste en “mirar” (respicere) al otro-, viven la realidad entera desde él. Esta instalación es previa a todo comportamiento sexual. Es la forma de sensibilidad o “transparencia” que afecta a esa forma de realidad que es la disyunción o tensión sexuada, supuesto de toda actividad sexual, como la sensibilidad en general es el supuesto de todo conocimiento. Es el ámbito en que se originan los comportamientos sexuales o asexuales, pero nunca «asexuados», porque estos no existen. La condición sexuada, por ser una instalación, penetra, impregna y abarca la vida íntegra”.






27/10/2016 09:00:00