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que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

El soplo del Espíritu Santo

La inhabitación del Espíritu Santo en nuestros corazones es el principio de la vida espiritual cristiana.


La inhabitación del Espíritu Santo en nuestros corazones es una presencia real, física, de las tres Personas divinas, que se da en los justos, es decir, en las personas que están en gracia, en amistad con Dios. Las tres Personas divinas habitan en el hombre como en un templo, y no son sólo meros dones santificantes sino las mismas Personas de la Trinidad las que se hacen presentes en el corazón del bautizado.

Por la inhabitación, los cristianos somos “sellados con el sello del Espíritu Santo” (Ef 1,13), que es un sello personal, vivo y vivificante. El Concilio Vaticano II comparó esta vivificación del Espíritu Santo en el alma del bautizado al principio de vida que el alma tiene respecto del cuerpo. Habitualmente suele explicarse esta presencia divina a modo de conocimiento y de amor.

Esta sociedad del hombre con Dios, este trato familiar con él, comienza por la gracia en la vida presente, y se perfecciona por la gloria en la futura. Y no puede el hombre tener con Dios esa amistad que es la caridad si no tiene fe, una fe por la que crea que es posible ese modo de asociación y trato del hombre con Dios, y si no tiene también esperanza de llegar a esa amistad. La inhabitación se explica teológicamente por el conocimiento y el amor mutuo de la amistad. Muchos cristianos viven al margen de esta presencia divina, pero el cristiano espiritual capta habitual y claramente la inhabitación.

De ahí que cuando el ejercicio ascético se perfecciona en la vida de los dones del Espíritu Santo es cuando realmente el bautizado vive plenamente de su condición de templo vivo del Espíritu. Hay una íntima relación entre el sacramento de la eucaristía y la habitación del Espíritu en el alma del justo. De hecho, la presencia real de Cristo en la eucaristía tiene como fin asegurar la presencia real de Cristo en los justos por la inhabitación. Como el mismo Jesús dice: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Así como vivo yo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mí” (Jn 6,51-57).

Incluso puede afirmarse que, bajo ciertos aspectos, la presencia del Señor en los cristianos es aún más excelente que su presencia en la eucaristía. En primer lugar, porque la inhabitación hace al cristiano idóneo para la comunión eucarística; en segundo lugar porque mientras en la eucaristía el pan pierde su propia sustancia, en la inhabitación Dios permite al hombre mantener su propia identidad con sus facultades y operaciones propias; y en tercer lugar porque en la vida eterna la eucaristía cesará, en cambio la presencia de Dios en el alma del justo no sólo no desaparece  sino que llegará a su consumación.

Es tan central en la vida cristiana la realidad de la inhabitación trinitaria en la propia alma que toda la vida cristiana debería proponerse como una íntima amistad del hombre con las Personas divinas que habitan en él. La oración, la caridad al prójimo, el trabajo, la vida litúrgica, todos los aspectos de la vida cristiana parten de esta presencia constante, activa, benéfica de Dios en el alma por el que la misma Trinidad se constituye en principio ontológico y dinámico de una vida nueva, divina, sobrenatural, eterna. Se trata de una doctrina menospreciada o silenciada que está en la raíz de muchos moralismos o voluntarismos espirituales de corte pelagiano.

Dios quiere que seamos habitualmente conscientes de su presencia en nosotros. No ha venido a nosotros como dulce Huésped del alma para que habitualmente vivamos en su ignorancia o en el olvido de su presencia. Por el contrario, el don mayor recibido en la vida de la gracia es la donación personal que la Trinidad divina ha hecho de sí misma a la persona humana, consagrándola así como un templo vivo suyo. Muy a menudo nuestro mundo invoca la dignidad de la persona humana desde posiciones mucho más débiles de las que propone la fe.

Muchas antropologías toman la terminología del cristianismo pero desprecian el fundamento sólido que la fe realmente pone a disposición de toda persona humana y de su dignidad más alta, que no es otra que el pertenecer a la familia de Dios. La experiencia enseña que no hay un modo definitivo y sólido de fundamentar la dignidad del hombre si se suprime su vinculación a Dios. Cuando san Pablo quiso intervenir en la corrección de conductas inmorales acudió al principio de todo esfuerzo ascético. “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno profana el templo de Dios, Dios le destruirá a él, porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros” (1Cor 3,16-17).

La conciencia de la inhabitación aumenta en nosotros el deseo de la vida interior, de la intimidad divina y la necesidad de alejarnos del exterior banal y alienante y de vivir permanentemente reconociendo que “el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21). Esta atención a lo interior es precisamente lo que impide que nos enajenemos del todo en la prisa, el confort o el consumismo.






17/07/2014 09:00:00