Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

El vigor del alma

Debemos armonizar bien lo natural y lo sobrenatural.


La raíz etimológica de la palabra "virtud" (del latín virtus) significa "fuerza" o "vigor", y también "perfección" o "mérito" (del griego areté). Como ya sabemos, son un hábito, es decir una energía positiva y firme, una disposición estable para realizar actos buenos. Entretenidos en el trabajo interior de alcanzar estos hábitos buenos, hemos de distinguir entre virtudes sobrenaturales (llamadas "infusas") y naturales.

Dios ofrece a toda persona un fin sobrenatural. Nos propone como fin de nuestra existencia llegar a ser un poco como Él. El término de nuestra existencia es llegar a contemplar a Dios y esto sobrepasa totalmente nuestras fuerzas. Necesitamos para conseguirlo, unos hábitos proporcionados a este fin que no dependen de nosotros. Son las virtudes "infusas" de la fe, esperanza y caridad. Decir que estas virtudes son gratuitas no significa que no haga falta una cierta disposición para recibirlas, una especie de apertura a la acción de Dios.

Hoy, influenciados por un ambiente "anti" a muchas personas les falta aquella "buena voluntad" que sea receptiva del don de Dios, sin el cual es más difícil creer. Se trata de una situación parecida a la "sed" de la Samaritana en su diálogo con Jesús. Es evidente que el acto de fe que ella hará después es fruto del "don de Dios" ("Si conocieras el don de Dios"). Pero también es cierto que aquella mujer tiene "sed" y no huye de las consecuencias de escuchar a aquel "profeta" que finalmente reconoce como "Salvador". Tener un corazón preparado, poseer aquella buena voluntad, aquella sed de escuchar, son actitudes que nos disponen a recibir el don de Dios, actitudes que a menudo, encontramos en los pobres y sencillos de corazón...

Además de las virtudes infusas, podemos alcanzar también unos hábitos naturales que nos capacitan para conseguir el fin proporcionado a nuestra naturaleza y que habremos de armonizar con las virtudes sobrenaturales. Como se ve, esta distinción entre virtudes sobrenaturales y naturales no es nada banal. Hay quien no la hace y se empeña en entender las cosas sobrenaturales aunque no tenga fe.

Eso es tan difícil como disfrutar de una película china sin saber chino o, mejor, como subir a la torre Eiffel sin ascensor ni escaleras. Para las cosas sobrenaturales hace falta la luz de la fe, como para escribir necesitamos de las palabras. De hecho, cuando opinamos sobre Dios, sobre Cristo o la Iglesia sin fe, sólo con discursos naturales, hay una apariencia de racionalidad, pero es sólo apariencia.
 
Hoy está muy extendida esta especie de "gnosis" cristiana, como si la fe fuera una consecuencia directa de nuestro razonamiento humano o de nuestra voluntad de acción, o como si se tratara de cualquier aprendizaje humano o pedagógico. Si no armonizamos bien lo sobrenatural con lo natural, tenemos la persona fideista (y muy piadosa) que cree sin querer entender nada y esto no es normal, porque todo el mundo quiere conocer mejor aquello que ama, o bien la persona naturalista que convierte el misterio en un absurdo. Últimamente tenemos una fuerte influencia del naturalismo que nos lleva a ridiculizar todo aquello que nos sobrepasa. Dios sería una Energía impersonal; Cristo un predicador con un buen mensaje; la Iglesia una agencia de servicios, la oración cristiana una terapia de grupo, la moral de virtudes una imposición eclesiástica, etc. En la pedagogía de la fe hemos de evitar el riesgo del naturalismo, que proviene del deseo noble, pero imposible, de que la fe se genere espontáneamente de la reflexión compartida o de compromisos voluntaristas.
 
De hecho, la fe no puede nacer si no es por el impulso de la gracia como don gratuito de Dios. También es naturalismo la traducción sistemática del mensaje revelado como si fuera sólo un conjunto armonioso de valores humanos. Hasta ahora hemos visto como los hábitos son fruto de la libertad, pero ahora podemos añadir también que los ismos hábitos -buenos o malos- influyen en la libertad y nos acercan o alejan del fin que intentamos alcanzar. ¡Qué bueno es podernos construir! ¿Por qué no le dedicamos más tiempo y esfuerzo?

Se trata de una práctica que puede llegar a ser casi natural, y que nos puede hacer descubrir una alegría muy profunda y duradera. Con las virtudes cada uno de los esfuerzos que hacemos para alcanzar nuestro fin, en vez de caer en la nada, se queda con nosotros. Nuestra alma, al igual que nuestro cuerpo, tiene su historia. Conserva el pasado para gozar de él y utilizarlo en un permanente presente. Es lo que queremos decir al hablar de "vida interior"; la capacidad de construir y dinamizar las actitudes más íntimas que nos definen como personas y nos animan como creyentes a alcanzar nuestro último fin.

Es cierto también que los hábitos no surgen de la nada. Hay en nosotros unas disposiciones constitutivas que los hacen posibles. Las más importantes son la inclinación a conocer la verdad, que hace posible la sabiduría o ciencia, y la tendencia a obrar el bien, que hace posible que la libertad pueda ejercitarse en acciones concretas. Estas dos tendencias sufren también la debilidad que nos es congénita. El entendimiento puede equivocarse y la voluntad puede obrar el mal. Antes hemos hablado del proyecto divino sobre el hombre, sin el que nuestro fin quedará en la oscuridad.

Es importante recordarlo de nuevo porque a menudo se confunde lo que es "espontáneo" y lo que es "natural". "Espontáneo" puede ser cualquier conducta que proviene del nacimiento, pero eso no quiere decir que sea necesariamente "natural". El creyente sabe que lo "natural" le viene dado en el proyecto de hombre que Dios le manifiesta en Jesús y que él quiere libremente alcanzar. La cleptomanía (tendencia a apropiarse de lo ajeno) o la ludopatía (engancharse al juego), pueden ser tendencias espontáneas pero no naturales, porque no manifiestan lo que el hombre ha de ser o conseguir con su conducta. También es cierto que según esto la persona no autodefine los fines últimos de su propia naturaleza.

El creyente agradece la luz de la fe que le permite conocer bien quién es y porqué está en este mundo. Esto, lejos de quitarle libertad, le da la posibilidad de afrontarla de una forma nueva y fecunda. Sin esta luz, es lógico que las conductas más espontáneas se tomen como las más naturales de todas. Así queda empequeñecido el vuelo del que es capaz nuestra naturaleza cuando acepta el proyecto que Dios tiene sobre ella.

En la consecución de las virtudes influye mucho que nuestro deseo sea serio y que nuestra voluntad lo quiera de verdad. Sobre todo en el campo afectivo no se cultivan las virtudes con un solo hecho aislado. Dada la importancia en este terreno es muy importante la perseverancia en un esfuerzo continuado. Esto significa también que es más importante la determinación básica o fundamental que no el éxito o el fracaso en cada paso. A veces, habrá que aceptar un retroceso pero no caer en el cansancio o el abandono.






06/05/2014 09:04:00