Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

En busca de la oveja perdida

O las noventa y nueve abandonadas a sí mismas


EN BUSCA DE LA OVEJA Y DE LA DRACMA PERDIDAS Y ENCONTRADAS (Lc 15,1-10)

El capítulo quince del evangelio de Lucas está entre los más bellos del Nuevo Testamento: como telón de fondo está la compasión de Jesucristo por los pecadores, explicada con tres parábolas. Las «parábolas de la misericordia» (la oveja perdida, la dracma extraviada y el padre misericordioso) se suceden la una a la otra, sin interrupción. Sin embargo, es bueno distinguir las dos primeras parábolas no sólo porque la tercera está mucho más desarrollada, sino porque los epílogos son distintos. Mientras que las dos primeras parábolas se cierran con la fiesta, la tercera nos deja con el alma en vilo: no se dice si el hermano mayor decide participar en la fiesta por la vuelta del menor o se va por su camino. Todos los publícanos y los pecadores se acercaban a él para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos».

Entonces les dijo esta parábola: « ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me ha¬bía perdido”. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión. O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido”. Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

1. Las distintas categorías de pecadores

En la época de Jesús es posible distinguir cuatro categorías de pecadores: físicos, raciales, sociales y morales. Parece que él tuvo relación con todas las categorías mencionadas. La primera categoría de pecadores es física y se debe a la concepción por la cual cualquier malformación es relacionada con el pecado. Las enfermedades se ven como consecuencias del pecado y no como condiciones naturales. Cuando Jesús cura a un ciego de nacimiento, los discípulos le preguntan si la ceguera depende del pecado del enfermo o del de los padres (Jn 9,1-2). Más allá de la relación entre pecado y enfermedad, en la población palestina se había difundido la idea de que ya que sólo Dios podía perdonar los pecados, cualquier milagro debía ser acompañado con la purificación en el templo. Jesús se arroga el derecho de purificar del pecado, como cuando cura a un paralítico bajado por el techo de casa (Mc 2,1-12). El gesto es visto como una blasfemia que escandaliza a los presentes.

La segunda categoría de pecadores es racial: los extranjeros eran vistos como pecadores porque no observaban la Ley según las tradiciones judías. En esta categoría entraban los samaritanos y los gentiles que vivían en Palestina: la sumisión a la Ley de Moisés permitía liberarse de esta forma de pecado. Por eso a los gentiles no se les permitía entrar en el Templo de Jerusalén, sino que eran obligados a respetar los límites de la santidad del lugar, por la pena de lapidación y la contaminación del lugar sagrado. Al significado racial del término «pecador» se añade el social, dirigido a los recaudadores o a los publícanos que recaudaban los impuestos debidos al poder imperial. Equiparados a los usureros, los publícanos se sostenían con los intereses aplicados a los impuestos. Entre sus discípulos, Jesús escoge a Leví, hijo de Alfeo, al que invita a seguirlo mientras trabaja en el banco de los impuestos. Para subrayar la reintegración de este grupo de pecadores, Jesús cuenta la parábola del recaudador y del fariseo en el templo (Le 18,9-14) en la que nos detendremos.

La última categoría de pecadores es ética y comprende a los usureros y a las prostitutas. Hemos podido observar que la mujer que lava los pies a Jesús en casa de Simón es una pecadora. La samaritana, con la que Jesús se detiene a hablar, ha tenido cinco maridos y vive con uno que no es su marido (Jn 4,1-30). Jesús considera que ha sido enviado a curar las heridas de todos los pecadores, sin excluir a ninguno. Naturalmente por esta frecuentación es acusado de ser pecador (Jn 9,24-25) que vive con los pecadores. Pero los milagros desmienten la acusación porque un pecador no puede hacer los prodigios que él realiza: las parábolas explican las razones que lo llevan a frecuentar a los pecadores.

2. El pastor y la oveja encontrada

Jesús no es el primero que escoge el ámbito del pastoreo, hablando de la relación entre el pastor y las ovejas. El profeta Ezequiel cuenta la larga parábola contra los pastores de Israel que puede haber inspirado la parábola de Jesús: «Oráculo del Señor Dios. Buscaré la oveja perdida, tomaré a la descarriada, curaré a la herida, confortaré a la enferma; tendré cuidado de la que está gorda y robusta; las pastorearé con justicia» (Ez 34,15-16). ¡Sin embargo la parábola de Jesús es paradójica! En la escena hay un pastor que tiene cien ovejas; cuando pierde una, deja las restantes noventa y nueve en el desierto y se encamina en busca de la oveja perdida. Una vez encontrada, se la pone sobre los hombros, vuelve a casa, convoca a los amigos y pide que se alegren con él.

La paradoja está en la pregunta con la que Jesús describe la elección del pastor. Ante la pregunta de quién realizaría una elección así, en realidad nadie dejaría noventa y nueve ovejas en el desierto para buscar a la perdida: se arriesgaría a quedar sin las noventa y nueve dejadas en el desierto y sin la perdida que no se sabe si se encontrará. El paradójico modo de actuar del pastor explica el de Jesús: los que consideran o presumen de estar sin pecado son como noventa y nueve ovejas abandonadas a sí mismas, sin pastor. El riesgo aúna a las noventa y nueve ovejas del desierto y a la oveja perdida, con una diferencia sustancial: hay una exigencia de buscar a la perdida, pero se piensa que las otras están seguras.

La alegría conecta la parábola con la vida: hallar a la oveja perdida es la alegría del pastor y de Dios, que se alegran más por un pecador convertido que por noventa y nueve justos que no tienen (o se engañan en no tener) necesidad de conversión. Chocante es el modo como Jesús entiende la conversión: es fruto no del sujeto que se convierte, sino del actuar de Dios, que busca al que se ha perdido. La conversión es siempre acción de la gracia, dada por quien se pone la oveja hallada sobre los hombros y vuelve a casa; y puesto que es originada por la gracia, la conversión exige ser compartida.

A los fariseos y a los escribas se les deja la elección: si compartir la alegría de la conversión, donada a los publícanos y a los pecadores, u obstaculizarla, cayendo en la presunción de poder quedar en el desierto, como un rebaño sin pastor a merced del peligro. Por consiguiente, la componente humana de la conversión es importante, al menos porque las personas no son complacientes como las ovejas. Sin embargo, la parábola no saca su moraleja a partir del aspecto de las noventa y nueve ovejas, o de la oveja hallada. Todas las acciones son del pastor y no de las ovejas; para remarcar el origen divino de la conversión se añade la parábola de las dracmas.






21/01/2016 09:00:00