Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

En busca de la oveja perdida II

O las noventa y nueve abandonadas a sí mismas


3. El ama de casa y la dracma hallada

La situación inconcebible del pastor y sus ovejas se vuelve más natural por un ama de casa que pierde una dracma y se pone con todo empeño a buscarla. Una vez hallada, la mujer convoca a las amigas y a las vecinas, las exhorta a alegrarse con ella por haber encontrado la dracma perdida. Análoga es también la conclusión de la parábola: ante los ángeles de Dios hay alegría por un solo pecador que se convierte.

En una primera lectura parece que el contenido de las dos parábolas es el mismo: a las cien ovejas corresponden diez dracmas y a la oveja perdida equivale la dracma perdida. En realidad ahora la atención se centra en el empeño de la mujer por buscar la dracma perdida, que vale mucho menos que una oveja. En tiempo de Jesús una dracma valía lo que el salario o una jomada de trabajo dependiente. No obstante el relativo valor de una dracma, el ama de casa pone todo su empeño en encontrarla. En la parábola no se especifica el estado social de la mujer, pues una condición de pobreza explicaría la mucha fatiga por buscar la dracma perdida. Más bien la atención se concentra en la meticulosa búsqueda y en la alegría compartida por haber encontrado la dracma perdida.

La dedicación y la alegría confieren el valor real a la moneda, y no la dracma por su valor nominal. Una moneda es inanimada; lo que subraya más la conversión concebida no como respuesta humana, sino como acción impregnada por la gracia de Dios. La más breve de las parábolas de la misericordia no relaciona la moneda perdida con las otras, como en cambio la oveja perdida con las noventa y nueve y el hijo menor con el mayor. El ama de casa busca la dracma a causa del valor que tiene para ella y no por la relación con las otras dracmas. Si hubiese un solo pecador valdría la pena buscarlo, encontrarlo y alegrarse.

4. Jesús y la comunidad con el rostro del pastor

Volvamos a la relación entre el pastor y las ovejas: profundicemos en ella con los evangelios de Juan y de Mateo. En el evangelio de Juan 10,1-16, Jesús cuenta el símil del buen pastor (que podría traducirse por bello pastor) con el que se identifica. Él es el buen pastor porque conoce por el nombre a sus ovejas y da la vida por ellas. En el cuidado de las ovejas el pastor es distinto de los mercenarios y de los ladrones. Si el mercenario está interesado en la propia ganancia, el pastor se da a las ovejas sin reparar en gastos ni en el tiempo necesario para que aprendan a familiarizarse con él. Y mientras el ladrón roba las ovejas, el pastor vive y se da por sus ovejas. ¡Lo que distingue al mercenario y al ladrón del pastor es el peligro! Cuando se vislumbra al lobo, el mercenario abandona las ovejas y huye, porque no le interesan las ovejas. El pastor se reconoce no por el oficio que realiza, sino por la prueba y los peligros que afronta: cuando llega el momento en que debe decidir si huir para salvar la piel o quedarse y perderla por sus ovejas.

En este don total de sí, hasta la muerte, Jesús es el buen (y el bello) pastor: con una belleza que deriva no del aspecto, sino de su permanecer con las ovejas en situaciones de peligro. Si en el discurso sobre el buen pastor, Jesús se distingue por la unicidad del que se dona a sí mismo, hasta la efusión de la sangre, el Jesús del evangelio de Mateo añade una nueva dimensión a la relación entre el pastor y las ovejas. En Mateo 18,12-14 se narra la misma parábola de Lucas 15,4-7 pero el contexto es distinto: el discurso sobre la Iglesia. La primera parte del discurso está dedicada a los «pequeños» que hay que acoger en la comunidad cristiana y culmina con la parábola del buen pastor.

El contexto distinto desplaza la atención sobre el impacto de la parábola: «De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños» (Mt 18,14). La Iglesia está implicada en primera persona en la parábola porque se le confía la voluntad del Padre: que ningún pequeño se pierda. La Iglesia asume el rostro del Padre misericordioso cuando es madre en busca de la oveja descarriada: no olvida a las noventa y nueve ovejas en los montes, sino que se alegra por la que ha encontrado. Se ve bien que ahora la parábola del buen pastor compromete a la Iglesia y a sus pastores.

Los pequeños que no encuentran espacio en la sociedad asumen derecho de ciudadanía en la comunidad cristiana. No sólo son acogidos, sino que son buscados, corriendo el riesgo de no encontrarlos. A una Iglesia que emprende la vía simple del puritanismo y de la eficiencia, Jesús contrapone una que pone en el centro a los pequeños. Si la Iglesia es donde dos o tres se reúnen en el nombre de Jesús, el rostro de Cristo en la Iglesia es el de los pequeños. Con genialidad, Alessandro Manzoni reescribió la parábola de la oveja encontrada al narrar los encuentros del Innominado con Lucía y el cardenal Federico Borromeo. No podemos extendemos en los capítulos XXI y XXII de Los Novios: los recomendamos por su belleza. Precisamos sólo que los capítulos giran en tomo a la frase de Lucía cuando encuentra al Innominado: «Dios perdona muchas cosas, por una “obra de misericordia”».

La afirmación impide al Innominado suicidarse, durante una noche angustiosa, y al día siguiente alcanza al cardenal Federico. A su vez, el cardenal reconoce su culpa y se recrimina porque debía haberlo buscado él, en vez de esperar la visita del Innominado; y he aquí la relectura de la parábola: «Dejemos las noventa y nueve ovejas [...] están seguras en el monte: yo quiero ahora estar con aquella que estaba descarriada. Aquellas almas están ahora quizá mucho más contentas que viendo a este pobre obispo. Tal vez Dios, que ha obrado en vosotros el prodigio de la misericordia, difunde en ellas una alegría de la que no conocen todavía la causa».






28/01/2016 09:00:00