Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Examinad los espíritus

El dicernimiento de espíritus se encuentra a lo largo de todo el Nuevo testamento


La complejidad de las situaciones en las que vivimos y llevamos a cabo el camino de santidad nos impone una atenta consideración de los impulsos y motivaciones por las que decidimos actuar de un modo u otro. Dios llama a cada persona con una peculiar vocación. Lo que puede ser bueno para uno, puede no serlo para otro. De ahí nace el deseo de reconocer los signos de la voluntad de Dios en una determinada situación.

La existencia cristiana no es una realidad estática sino que, como la misma vida, está constituida por una cantidad variopinta de pensamientos, sentimientos, recuerdos, emociones etc.

Ciertamente en el origen de nuestro camino está el bautismo, la filiación divina y la inhabitación del Espíritu Santo en nuestra alma, pero estas realidades actúan de modo dinámico en el curso de nuestra vida. El cristiano debe caminar como hijo de la luz y esto le impone la tarea de discernir para percibir continuamente la voluntad de Dios (Ef 5,8.10.17).

El Espíritu Santo, que es el principio dinámico y santificador de nuestra alma, entabla con nosotros un diálogo fecundo y misterioso que nos debe llevar a una constante confrontación de nuestras decisiones con el querer divino y a una dócil transformación interior; de ahí que el discernimiento espiritual se impone como una constante de la vida del cristiano para pasar de la edad infantil de la fe a la del hombre perfecto o maduro.

No es fácil distinguir entre la acción del Espíritu de Dios, la del espíritu humano y la del Maligno. La vida interior del hombre es compleja, y éste, por error, puede considerar como una manifestación de lo absoluto o de Cristo algo que, de hecho, no es más que fruto de una elaboración subjetiva.

San Pablo advierte que nuestra tendencia al pecado se mantiene incluso después de haber sido justificados (Rom 8,7) mediante la fe y el bautismo. Y todos hemos contemplado como Jesús en las tentaciones del desierto aparta las tentaciones que el Maligno le sugiere para apartarlo del cumplimiento de la voluntad de Dios. También el cristiano sentirá más de una vez esta voz que le invita a abandonar el camino de la santificación. “Revestíos de la armadura de Dios para que podáis resistir las tentaciones del diablo” (Ef, 6,11). “Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados y potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos que andan por los aires” (Ef 6,12).

A menudo la acción del poder del mal puede ser muy sutil y apartarnos del cumplimiento del bien sugiriéndonos acciones a primera vista buenas, para llevarnos al cansancio, o usar para la propia gloria los dones recibidos de Dios. Satanás es el “padre de la mentira”; por eso debemos “distinguir el espíritu de la verdad y el espíritu del error” (1 Jn 4,6).

La historia de la Iglesia enseña que algunos dones auténticos del Espíritu no han podido desplegar toda su eficacia porque quienes los poseían no supieron discernir entre inspiración de Dios, impulsos y deseos humanos o desviaciones operadas por Satanás. Por otro lado, toda la Escritura es la historia del discernimiento en acción que lleva a cabo el hombre para entrar en el camino de la fe.

El discernimiento de “espíritus” o de “inspiraciones” se encuentra a lo largo de todo el Nuevo Testamento y de modo particular en san Pablo.

“Discernir” significa literalmente probar, catar, examinar. La necesidad del discernimiento proviene de contemplar nuestra vida a la luz del horizonte final. En efecto, la santidad cristiana tiene como dos polos: la aceptación de la fe con el compromiso que implica y la inminencia del juicio. Discernir es adelantar el examen de Dios que un día se efectuará sobre cada uno de nosotros. Ante todo es Dios mismo quien “discierne” y juzga el corazón del hombre. Es el “Dios que sondea nuestros corazones” (1 Tes 2,4).

En los sinópticos encontramos el discernimiento que fundamentalmente consiste en “reconocer” la persona y el mensaje de Jesús. Cristo es signo de contradicción (Lc 2,34) y, por tanto, objeto de discernimiento. Quienes le acogen descubren en Él los caminos del Espíritu.

Para los Hechos de los Apóstoles aparece clara también la dinámica del discernimiento. El Espíritu de Dios se impone con su misma fuerza y aporta su luz; sus iniciativas son siempre maravillosas y a veces desconcertantes, pero nunca turbulentas y desordenadas; su acción se ejerce siempre en la Iglesia, cuya paz y expansión asegura; su obra consiste en dar a conocer y en irradiar el nombre del Señor Jesús.

Para san Pablo, el discernimiento forma parte de la búsqueda de la autenticidad cristiana de modo que habrá que esforzarse en distinguir las mociones que llevan la impronta del Espíritu Santo de las que le son contrarias. A todos los creyentes se nos ha dado el Espíritu que inhabita en nuestras almas, y todo cristiano debe habituarse a discernir con finura las mociones, sentimientos, experiencias, actitudes e impulsos que le permiten mantener su identidad.

A algunos el Espíritu les concede el carisma del “discernimiento de espíritus” (1 Cor 12,10), es decir, la capacidad de reconocer si una determinada inspiración viene del Espíritu divino o del espíritu del mal. Para san Pablo, por otro lado, el discernimiento es la virtud del tiempo de la Iglesia, ya que este es el tiempo en que los cristianos deben afrontar el “presente siglo malo” (Gál 1,4) y no deben conformarse a este mundo sino superarlo.

Mediante el atento discernimiento, el cristiano manifiesta una “fe purificada”, una “esperanza probada” en la oscuridad del tiempo presente, y una “caridad filial”, “derramada en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,3-5). El cristiano no se somete a las pruebas de la vida, sino que las discierne para descubrir en ellas la voluntad de Dios.

El discernimiento, en su aspecto moral, tiene por objeto conocer la “voluntad de Dios” (Rom 12,2), para que nuestra vida avance certera por el camino de la santidad y la conversión continuas. El “conocimiento” de que habla a menudo san Pablo representa justamente este carácter dinámico de progreso y de crecimiento, que interioriza y conduce a un nivel cada vez más alto la fe, la esperanza y la caridad. San Juan nos pone en guardia para que adoptemos una actitud crítica frente a las inspiraciones: “Queridísimos, no os fieis de todo espíritu, sino examinad los espíritus, a ver si son de Dios” (1 Jn 4,1).






03/09/2015 09:00:00