Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Habitación desordenada 1

La esperanza pone orden en nuestra memoria y paz en nuestro corazón concediéndonos la libertad interior.


Nuestra memoria se parece a una habitación abandonada llena de desorden y abierta a cualquier visitante inoportuno. Es como una casa abandonada que está a merced de cualquiera. Nuestra memoria no está libre ni sabe qué debe recordar y qué debe olvidar. Permanece cerrada, inquieta y turbada por muchos recuerdos que nos quitan la paz, nos deja incapaces para la oración tranquila y cerrada a las necesidades del prójimo. Perdida en recuerdos de un pasado que no muere del todo en nuestro interior e inquieta por un futuro incierto que quiere asegurar.

Este desorden de la memoria nos desplaza y descentra de lo verdaderamente importante. El desorden de la memoria carnal procede fundamentalmente del egoísmo que nos centra en nosotros mismos y nos hace como un nudo que nos impide abrirnos a Dios y al prójimo.

De la desconfianza en Dios nacen muchas preocupaciones inútiles porque intentamos apoyarnos en nosotros mismos. Ansiedades, ideas fijas, y obsesiones son nudos del alma y esclavitudes de la memoria que nos mantienen apegados a todo aquello que es tan deseado: salud, dinero, independencia, tranquilidad etc.

El síntoma más claro del desorden de la memoria reside en la falta de libertad. Es cierto que la vida diaria precisa de nosotros que nos ocupemos de muchas cosas pero las preocupaciones que provienen del desorden de la memoria nos llevan a dar vueltas y más vueltas en un exceso de preocupación morbosa. Somos como un animal dando vueltas a una noria.

A menudo no conseguimos “desconectar” de un tema que sigue dando vueltas en nuestra cabeza cuando ya hemos decidido descansar y no “conseguimos quitarnos de la cabeza” tal o cual preocupación que nos roba la libertad y la paz.

La memoria debe ser pacificada por la esperanza y el confiado abandono en la providencia de Dios. Cristo nos ha hecho libres, “manteneos, pues, firmes y no os dejéis sujetar al yugo de la servidumbre” (Gal 5,1). “¿Quién de vosotros con sus preocupaciones podrá añadir una hora al tiempo de su vida?”.

La paz está en buscar el Reino con todo el corazón, despreocupándose por las añadiduras y sin inquietarse para nada por el mañana (Mt 6,25-34) Puede alcanzarse, como don de Cristo, el perfecto silencio interior, la paz del corazón, que es la herencia del cristiano en esta vida: “La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da os la doy yo. No se turbe vuestro corazón ni se intimide” (Jn 14,27).






21/08/2014 10:36:00