Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Inéditos: San Agustín 8

Textos escogidos sobre la misericordia


Las obras de misericordia

El (Dios) será el puerto donde terminarán nuestras fatigas: veremos a Dios y alabaremos a Dios. Entonces no se nos dirá: Levántate, trabaja, viste a los siervos, vístete a ti misma, adórnate de púrpura, da el alimento a la servidumbre, cuida de que no se apague la lámpara, sé solícita, levántate de noche, abre tu mano al pobre, pasa al huso lo que está en la rueca. Ya no existirán las obras impuestas por la necesidad allí donde no habrá necesidad alguna. No habrá obras de misericordia porque no habrá miseria alguna. No compartirás tu pan con el pobre donde nadie es mendigo. No hospedarás al peregrino donde todos viven en su patria. No visitarás al enfermo donde todos están sanos para siempre. No vestirás al desnudo donde todos están revestidos de eterna luz. No deberás sepultar a los muertos donde todos vivirán sin fin (Sermón 37).

No parten el pan con el hambriento, no visten al desnudo, no hospedan al peregrino, no visitan al enfermo, no concilian a los litigantes, no sepultan a los muertos: obras impuestas por la misericordia, mientras que allá arriba no existirá miseria alguna a favor de la cual se ejercite la misericordia (Exp. del Salmo 148).

Las almas sedientas de ti, que aparecen ante tu vista, las distingues con un fin distinto de la masa del mar, tú las riegas con una fuente secreta y dulce, a fin de que la tierra dé su fruto; da su mito nuestra alma y germina por orden tuya, Señor Dios suyo, obras de misericordia según su especie, amando a su prójimo y mudándole en sus necesidades materiales. Siendo portadora en misma de semilla según su semejanza. Nuestra debilidad nos mueve a compasión y ayuda de los necesitados, y los ayudamos como desearíamos ser ayudados si nos hallásemos en igual necesidad. Y ello no sólo en las cosas fáciles, como en hierba seminal, sino también en la protección de una ayuda robusta y fuerte, como árbol frutal (Confesiones XIII, 17.21)

De aquí que será poderosa su estirpe en la tierra. Germine la futura mies, son las obras de misericordia. Lo atestigua el Apóstol cuando dice: No desfallezcamos obrando el bien, porque a su debido tiempo recogeremos; y en otro lugar: Os recuerdo que quien siembra poco, poco ha de recoger. ¿Qué poder puede imaginarse más grande que aquel que permitió a Zaqueo comprar el reino de los cielos con la mitad de sus bienes, mientras que a la viuda le bastaron dos céntimos y ambos al final consiguieron igualmente poseerlo? ¿Qué hay más poderoso que volver del mismo valor en orden al reino de los cielos el tesoro del rico y el vaso de agua fresca dado por el pobre? Cierto que hay personas que se dedican a las obras de misericordia con miras terrenas, es decir esperando recibir aquí recompensas del Señor o deseando agradar a los hombres; pero será bendecida la estirpe de los justos. Serán bendecidas las obras de aquellos que, siendo rectos de corazón, su bien es el Dios de Israel. La rectitud de corazón consiste en no resistir a Dios cuando corrige para nuestro bien y en creerle en lo que promete. No serán benditas, por el contrario, las obras de quienes vacilan, se tambalean y caen (como se canta en otro salmo), ni las de la gente que envidia a los pecadores viendo su paz, y juzgan que de nada sirvieron sus propias obras buenas, porque no se les da la recompensa caduca que esperaban. El hombre temeroso de Dios del que habla el salmo, mediante la conversión del corazón, se levanta como templo de Dios, no busca la gloria de los hombres ni anhela las riquezas mundanas. Y, sin embargo, en su casa hay gloria y riqueza. Su casa es el corazón y allí dentro alaba a Dios y, rico de esperanzas de la vida eterna, habita allí con mayor abundancia de la que tendría si, entre las adulaciones de la gente, habitase en estancias de mármol con preciosos artesonados, pero oprimido por el temor de la muerte eterna. La justicia de un piadoso tal es estable para siempre: y esta justicia es su riqueza y su gloria. Por el contrario, la púrpura, el lino y los opíparos banquetes del impío pasan en el instante mismo que se gozan; y, al tocarle su fin, no quedará sino el gritar de una lengua quemada por las llamas y deseosa de una gota de agua que caiga del dedo (del justo).

El Señor Dios es misericordioso, clemente y justo. Se alegran porque el Señor Dios es misericordioso y clemente, pero quizás les aterra su justicia. ¡Oh feliz hombre que temes al Señor y te complaces grandemente en sus mandamientos, no temas ni te desesperes! ¡Sé benévolo, apiádate y presta! Pues de tal modo el Señor será justo, en el sentido que reservará un juicio severo, sin misericordia, hacia aquel que no actuó con misericordia. Si, en cambio, se trata de un hombre bueno que se apiada y presta, Dios no lo vomitará de su boca como a uno que no se hubiese portado con benignidad. Dice: Perdonad y se os perdonará; dad, y se os dará. Cuando perdonas usas aquella compasión por la que también tú serás perdonado; cuando das, prestas al prójimo algo que te será restituido. Es verdad, en efecto, que con el nombre de misericordia se designa con término genérico todo acto que tiende a socorrer la miseria del prójimo, sin embargo, es digno de señalarse el caso en que, sin gastar dinero ni prodigarse en actividades o trabajos corporales, perdonas a quien ha pecado contra ti y te procuras así, sin gastar nada, el perdón de tus pecados. Estas dos funciones de la bondad, a saber, el perdón de los pecados y la donación benévola de bienes, son señaladas en las palabras del Evangelio: Perdonad, y se os perdonará; dad, y se os dará.

Así, pues, el que hace estas cosas ordenará sus palabras en el juicio. Las obras mismas son los discursos con los que se defenderá en el juicio: no quedará sin misericordia, porque él obró misericordia. No será frustrado eternamente, porque, colocado a la derecha, oirá la sentencia: Venid, benditos de mi Padre; recibid el reino que os está preparado desde el origen del mundo. En aquel juicio, en efecto, únicamente se tienen en cuenta las obras de misericordia y, por tanto, las palabras que oirá serán: Venid, benditos de mi Padre. (Exp. del Salmo 111).






20/04/2016 09:00:00