Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Inéditos: Alcher de Clairvaux

El alma se entiende a sí misma


El alma es invisible, ya que, de otro modo sería incapaz de comprender las cosas invisibles. El alma ve las cosas visibles a través del cuerpo, pero, -puesto que ve lo invisible-, distingue las cosas invisibles por sí misma, y se ve a sí misma en sí misma. Percibe en el cuerpo a través del cuerpo, igual que se percibe el significado que está en la letra escrita a través de la letra. El alma que domina, dirige y habita el cuerpo se ve por sí misma.

Se ve a sí misma por ella misma. No necesita la ayuda de ojos corporales, sino que se abstrae de todos los sentidos corporales lo mismo que de los obstáculos y ruidos, para verse en sí misma, y conocerse por sí misma. Y como quiere conocer a Dios, se eleva sobre sí misma con la fuerza de la mente. Pues Dios no es como el alma. Sólo puede verse con el alma, pero no como si fuese un alma.

La verdad sin defecto es inmutable, pero el alma no es así, sino que desfallece y progresa, conoce e ignora, recuerda y olvida, unas veces quiere, otras veces no quiere. Vaga de aquí para allá con pensamientos y deliberaciones dispersos, y así considera y observa todo. Comprende cosas lejanas; otea con la mirada más allá del mar, recorre y escruta las cosas secretas: y en un instante sus sentidos rodean los secretos del mundo y los límites del orbe. Desciende a los infiernos y asciende de ahí, medita en el cielo, se adhiere a Cristo, se une a Dios. Ella misma es su patria y santuario y fue creada a semejanza de Dios.

Si uno desea volverse tal como fue creado por Dios, y semejante a Él, que se vuelva, se mantenga y se busque dentro de sí mismo, y así verá porqué es hombre y por qué parte es imagen de Dios.

(Alcher de Clarvaux. LIBRO DEL ESPÍRITU Y DEL ALMA cap. 2  PL. XL)


Me vuelvo hacia mí mismo y me pongo también a indagar quién soy yo mismo, que me admiro de tales cosas: y me encuentro con que tengo un cuerpo y un alma. Ésta es la que me gobierna, el otro el gobernado; el cuerpo está al servicio, el alma da órdenes. Me doy cuenta de que el alma es una realidad mejor que el cuerpo; y percibo que quien investiga todo esto es el alma, no el cuerpo; (…) Hay algo que el alma misma, señora del cuerpo, su rectora, que habita en él, ve, y que no percibe por los ojos del cuerpo, ni por los oídos, ni por el olfato, ni por el paladar, ni por el tacto, sino por sí misma. Y, por cierto, lo percibe mejor por sí misma que por medio de su siervo. Así es sin género de duda: se ve a sí misma por sí misma, el alma, para conocerse, se ve a sí misma. Y para verse, por supuesto que no pide ayuda a los ojos corporales; al contrario, se abstrae de todos los sentidos corporales, como algo que alborota y distrae, y se concentra en sí misma para verse en sí y conocerse en sí misma. Pero ¿acaso su Dios es algo parecido al alma? Cierto que a Dios no se le puede ver sino con el alma, pero no es posible verlo como se ve el alma. El alma busca algo de Dios, para que no le insulten los que le dicen: ¿Dónde está tu Dios? Busca una verdad inmutable, una sustancia perfecta. Pero el alma no es así: decae y progresa; conoce e ignora; recuerda y se olvida; ahora quiere esto y luego lo rechaza. Esta mutabilidad no se compagina con Dios. Si llego a decir que Dios es mudable, me insultarán los que dicen: ¿Dónde está tu Dios?

(San Agustín. In Psal.41,n. 7)





20/12/2016 09:00:00