Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Inéditos: San Agustín 5

Textos escogidos sobre la misericordia


a) Sobre el significado del término “misericordia”

"Deseo daros, oh buenos fieles, alguna advertencia sobre el valor de la misericordia. Aunque he experimentado que estáis dispuestos para toda obra buena, no obstante es necesario que sobre este argumento os dirija un discurso esmerado. Se trata de lo siguiente: ¿qué es la misericordia? No otra cosa sino cargarse el corazón de un poco de miseria (de los otros). La palabra «misericordia» deriva su nombre del dolor por el «miserable». Las dos palabras están en ese término: miseria y corazón. Cuando tu corazón es afectado, sacudido por la miseria de los demás, ahí tienes la misericordia. Considerad, por tanto, hermanos míos, que todas las obras buenas que realizamos en esta vida se refieren verdaderamente a la misericordia.

Por ejemplo: das pan a un hambriento: ofréceselo con la participación de tu corazón, no con desprecio; no consideres como a un perro a un hombre semejante a ti. Así, pues, cuando haces una obra de misericordia, si das pan, compadécete de quien está hambriento; si le das de beber, compadécete de quien está sediento; si das un vestido, compadécete del desnudo; si ofreces hospitalidad, compadécete del peregrino; si visitas a un enfermo, compadécete de él; si das sepultura a un difunto, lamenta que haya muerto; si pones paz entre quienes litigan, lamenta su afán de litigar. Si amamos a Dios y al prójimo, no podemos hacer nada de esto sin dolor en el corazón"
(Sermón 358 A).

b) La misericordia en el hablar

"Con la lengua rogamos a Dios, le satisfacemos, le alabamos, le cantamos a coro, con ella todos los días o somos misericordiosos cuando hablamos a otros o damos consejos [...]. ¡Prestad atención! He puesto un freno a mi boca, mientras esté frente a mí el pecador. Se pone frente a ti un malvado, te ultraja y te acusa de cosas que no has hecho. Pon un freno a tu boca. Dije: Vigilaré mis caminos para no faltar con mi lengua. Déjalo hablar. Tú escucha y calla. Caben dos posibilidades: que diga algo verdadero o que diga algo falso. Si dice la verdad, el motivo eres tú y quizá hasta sea un acto de misericordia; pues si tú no quieres oír lo que hiciste, Dios, que tiene cuidado de ti, te lo dice sirviéndose de otro, para que, al menos confuso por la vergüenza, recurras a la medicina.

Y entonces no devuelvas mal por mal, pues ignoras quién es el que te habla por medio de él. Por tanto, si esa persona dice algo que efectivamente hiciste, reconoce haber conseguido misericordia, juzgando que o bien lo habías olvidado o que se te dijo para que te avergüences. [...] No pienses que puedes manifestarte como santo si nadie te pone a prueba. Santo lo eres cuando no pierdes la calma ante una injuria, cuando te compadeces del que te ultraja, cuando no te preocupas de lo que padeces, sino que te apiadas de aquel que te hace padecerlo. Aquí reside la cima de la misericordia: en compadecerte de él porque también él es tu hermano, porque es miembro tuyo. Se ensaña contra ti, delira, es un enfermo. Apiádate de él, no te alegres; alégrate únicamente de la tranquilidad de tu conciencia; lamenta su enfermedad. Porque también tú eres hombre. [...] Esto es misericordia de Dios.

De este modo el Señor, por su misericordia ya habitual y por vuestras oraciones, me concederá poder exponerlo, dado que es difícil. Ahora habla Dios Padre: «Yo te digo, ¡oh alma creada por mí!, ¡oh hombre creado por mí!, yo te digo: había llegado tu fin. ¿Qué fin había llegado? Te habías perdido. Te envié quien te buscara; te envié un compañero de camino; te envié quien te perdonara. Por eso anduvo con sus pies y perdonó con sus manos. De ahí que, vuelto a la vida, después de la resurrección mostró sus manos, su costado y sus pies: las manos con las que otorgó el perdón de los pecados; los pies con los que anunció la paz a los abandonados; el costado de donde manó el precio de los redimidos». He ahí, por tanto, que el fin de la ley es Cristo en orden a la justicia para todo creyente. Hazme, Señor, conocer mi fin. Ya se te ha dado a conocer tu fin. ¿Cómo se te ha dado a conocer? Tu fin fue pobre, tu fin fue humilde, tu fin fue abofeteado, tu fin fue escupido, contra tu fin se levantaron falsos testimonios. He puesto un freno a mi boca, mientras esté frente a mí el pecador.

Él se hizo camino para ti. El que dice que permanece en Cristo debe comportarse como él se comportó. Él es el camino. Caminemos ya, no temamos, no nos extraviemos. No caminemos fuera del camino, ya que se ha dicho: A la vera del camino me pusieron tropiezos, y a la vera del camino me pusieron una trampa. Y he aquí la misericordia: para que no caigas en los tropiezos tienes por camino la misericordia misma"
(Sermón 16A).

c) La dulzura de la misericordia

"Escúchame, Señor, porque es dulce tu misericordia. Manifiesta la causa por la que debe ser atendido: porque es dulce la misericordia de Dios. ¿No sería más lógico haber dicho: escúchame, Señor, para que sea dulce para mí tu misericordia? ¿Por qué dice, entonces: Escúchame, Señor, porque es dulce tu misericordia! Ya ha subrayado con otras palabras la dulzura de la misericordia del Señor, cuando en medio de la tribulación, decía: Escúchame, Señor, porque sufro. En realidad el que dice: Escúchame, Señor, porque sufro, expresa la causa por la que ruega ser escuchado. Pero al hombre que está en medio de la tribulación, no puede no parecerle dulce la misericordia de Dios.

De esta dulzura de la misericordiosa de Dios, mirad lo que se dice en otro lugar de la Escritura: Como lluvia en la sequía, así de magnífica es la misericordia de Dios en la tribulación. Allí decía magnífica; aquí dice dulce. El mismo pan no sería dulce si no le precediera el hambre. Luego cuando el Señor permite o hace que pasemos alguna tribulación, incluso entonces es misericordioso; no nos priva del alimento, sino que nos enciende el deseo. ¿Por qué motivo, por tanto, dice ahora: Escúchame, Señor, porque es dulce tu misericordia? No tardes en escucharme: estoy en una tribulación tan grande que es dulce para mí tu misericordia. Por eso tardabas en darme ayuda: para que me fuese más dulce. Pero ya no hay motivo para que difieras tu ayuda: mi tribulación ha llegado al extremo; la medida del padecer está colmada. Venga, por tanto, tu misericordia para beneficiarme. Escúchame, Señor, porque es dulce tu misericordia. Vuélvete hacia mí según la inmensidad de tu misericordia, no según la multitud de mis pecados
(Com. al Salmo 68, 11,1).






20/01/2016 11:20:00