Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Inéditos: San Agustín 6

Textos escogidos sobre la misericordia


d) La misericordia: un gesto de amor

El hombre con dos hijos es Dios, que tiene dos pueblos. El hijo mayor es el pueblo judío; el menor, el pueblo de los paganos. La herencia recibida del padre es el alma, la inteligencia, la memoria, el ingenio y todas las facultades que Dios nos dio para que lo conozcamos y lo adoremos. Tras haber recibido este patrimonio, el hijo menor se marchó a un país lejano: lejano, es decir, llegó hasta el olvido de su Creador. [...] Al fin, tomó conciencia de a qué condición había sido reducido, qué había perdido, a quién había ofendido y en poder de quién había ido a echarse. Y volvió en sí mismo; primero en sí mismo y de esta manera al padre. Pues quizá se había dicho: Mi corazón me abandonó, por lo cual convenía que primero retomase en sí mismo y, de esa manera, conociese que se hallaba lejos del padre. [...] Se levanta y retoma, pues, tras haber caído, había quedado postrado en el suelo. Su padre lo ve de lejos y le sale al encuentro. [...]

Y tú perdonaste la impiedad de mi corazón. ¡Qué cerca está el perdón de Dios de quien confiesa los propios pecados! Dios, en efecto, no está lejos de los que tienen el corazón contrito. [...] Mientras todavía el hijo se disponía a decir al padre lo que andaba repitiéndose: Me levantaré, iré donde él y le diré, el padre, conociendo a distancia su pensamiento, corrió a su encuentro. ¿Qué quiere decir «correr a su encuentro» sino anticipar el perdón? Estando todavía lejos —dice el Evangelio— le salió al encuentro su padre movido por la misericordia. ¿Por qué se conmovió de misericordia? Porque el hijo estaba ya extenuado por la miseria. Y corriendo hacia él se le echó al cuello, es decir, puso su brazo sobre el cuello de su hijo.

El brazo del Padre es el Hijo; le dio la posibilidad de llevar a Cristo, carga que no pesa, sino que alivia. Mi yugo —dice Cristo— es suave y mi carga ligera. El padre se inclinaba sobre el hijo erguido; inclinado sobre él, le impedía caer de nuevo. [...] Por tanto, al echarse el padre sobre el cuello del hijo, no lo oprimió, sino que lo alivió; lo honró, no lo abrumó. ¿Cómo, de otro modo, sería el hombre capaz de llevar a Dios sino porque Dios mismo lo lleva a su vez? El padre manda que se le lleve su mejor vestido, el que había perdido Adán al pecar. Tras haber recibido ya con el perdón al hijo y haberlo besado, ordena llevarle el vestido: la esperanza de la inmortalidad que confiere el bautismo. Ordena ponerle el anillo, prenda del Espíritu Santo, y las sandalias para los pies, para la prontitud en anunciar el mensaje evangélico de la paz, a fin de que sean hermosos los pies del que anuncia el bien.

Esto, por tanto, lo hace Dios mediante sus siervos, es decir, a través de los ministros de la Iglesia. Pues ¿acaso dan los ministros el vestido, el anillo o las sandalias de su propiedad? Ellos deben sólo prestar un servicio, cumplir un deber; esos bienes los da Aquel de cuyo seno misterioso y de cuyo tesoro se saca eso. [...] Todo lo que es mío —dice el Padre al hijo mayor— es tuyo. Si eres promotor de paz, si te reconcilias, si te alegras del regreso de tu hermano, si nuestro festín no te entristece, si no permaneces fuera de casa aunque ya vengas del campo, todo lo mío es tuyo. Pero debemos hacer fiesta y alegrarnos, puesto que Cristo ha muerto por los impíos y ha resucitado. He aquí lo que quiere decir la afirmación: Porque tu hermano había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y le hemos encontrado
(Sermón 112A).

Vuelve a ti mismo; y, una vez vuelto a ti, vuélvete aún hacia lo alto, no permanezcas en ti. Antes de nada, vuelve a ti desde lo que está fuera de ti, y luego devuélvete a quien te creó, a quien te buscó cuando estabas perdido, a quien te alcanzó cuando huías y a quien, cuando le dabas la espalda, te volvió hacia sí. Vuelve, pues, a ti mismo y dirígete hacia quien te hizo. Imita a aquel hijo menor, porque quizá eres tú mismo. [...] Entrando en sí mismo, dijo: me levantaré. Luego había caído. Me levantaré —dijo—, e iré a casa de mi padre. Ved que ya se niega a sí mismo quien se ha hallado a sí mismo. ¿Cómo se niega? Escuchad: Y le diré: he pecado contra el cielo y contra ti. Se niega a sí mismo: Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo. [...]

Escucha también al apóstol Pablo negándose a sí mismo: En cuanto a mí ¡Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está para mí crucificado como yo para el mundo! Escúchale insistir en la negación de sí. Dice Ya no yo quien vive. Es clara la renuncia al yo; pero luego sigue una triunfal confesión de Cristo: es Cristo quien vive en mí. ¿Qué significa, pues, «niégate a ti mismo»? No ser tú tu misma vida. ¿Y qué se quiere decir con «no ser tú tu misma vida? No hacer tu voluntad, sino la de aquel que habita en ti
(Sermón 330).

e) Cristo es la misericordia

Cantemos, pues, hermanos, cantemos: Bendeciré al Señor que me ha dado el intelecto. El nos ha dado la naturaleza, nos ha dado el intelecto: ha sanado la naturaleza, ha sanado el intelecto. Tanto con la naturaleza como con el intelecto usó misericordia el piadoso Samaritano que bajó en nuestra ayuda: vendó nuestras heridas, las lavó con vino —y sabemos qué vino—, prestó cuidados a la creatura, la llevó a la posada para que la hospedase el que allí habitaba. La posada es la Iglesia; quien habita allí es el Espíritu Santo. El sacó de su costal herido la moneda con que pagó por nosotros, miserables, al posadero.

Este, una vez que recibió la moneda, hizo las curas con su aceite, untó las heridas de la naturaleza enferma con su ungüento, y la curó; prendió fuego a su aceite para iluminar nuestras tinieblas e hizo luz en nuestro intelecto. Si no tienes esta fe, no será para ti el samaritano, y morirás por tus heridas, habiendo rechazado la mano que cura
(Sermón 365)

Esto hizo el Señor a los judíos, cuando aquellos le llevaron la mujer adúltera, y le tendieron un lazo para tentarlo, acabando por caer ellos mismos en la trampa. Dijeron: Esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio: Moisés ordenó lapidar a las. adúlteras; ¿tú qué dices? Intentaron capturar a la Sabiduría de Dios en una doble trampa: si hubiese mandado matarla habría perdido la fama de manso; si hubiese ordenado liberarla, habrían podido calumniarlo como violador de la ley.

Respondió, por tanto, sin decir: matadla, y tampoco: liberadla, sino diciendo: El que esté sin pecado que le tire la primera piedra. Justa es la ley que ordena matar a la adúltera; pero esta ley justa debe tener ministros inocentes. Vosotros que acusáis a la que conducís, mirad también quiénes sois. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro. Y se quedó solo Jesús con la mujer, quedó aquella que estaba herida y el médico, quedó la gran miseria y la gran misericordia. Aquellos que la habían conducido se avergonzaron, pero no pidieron perdón; aquella que había sido conducida mostró estar confúndida, y fue curada.

Incorporándose Jesús le dijo: Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Ella respondió: Nadie, Señor. Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más. ¿Tal vez actuó Cristo contra su ley? En efecto, su Padre no había dado la Ley sin el Hijo. Si el cielo y la tierra y cuanto hay en ellos han sido hechos por medio de él ¿cómo podía haber sido escrita la Ley sin el Verbo de Dios? Dios no obra, por tanto, contra su Ley, porque ni siquiera el emperador actúa contra sus leyes, cuando concede indulgencias a los reos confesos. Moisés es el ministro de la ley, pero Cristo es su promulgador; Moisés lapida como juez, Cristo manifiesta indulgencia como rey. Dios, por tanto, ha tenido piedad de la mujer por su gran misericordia, como aquí el salmista ora, pide, exclama y gime; algo que no quisieron hacer aquellos que presentaban la adúltera al Señor: reconocieron en las palabras del médico sus heridas, pero no pidieron al médico la medicina.

Así son muchos los que no se avergüenzan de pecar, pero sí de hacer penitencia. ¡Oh increíble locura! ¿No te avergüenzas de la herida, y te avergüenzas del vendaje de la herida? ¿No es, por ventura, más fétida y pútrida cuando está desnuda? Confíate, por tanto, al médico, conviértete, exclama: Reconozco mi culpa y tengo siempre presente mi pecado. Y se marcharon todos. Quedaron él y ella solos; quedó el Creador y la criatura; quedó la miseria y la misericordia; quedó la que reconocía su pecado y el que le perdonaba el pecado. Esto es lo que, inclinado, escribía en la tierra. Pues escribió en la tierra. Cuando el hombre pecó, se le dijo: Eres tierra. Por tanto, cuando Jesús concedía el perdón a la pecadora, al otorgárselo, escribía en la tierra. Le concedía el perdón; pero, al ofrecérselo, levantó hacia ella el rostro y le dijo: ¿Nadie te ha apedreado? Y ella no dijo: «¿Por qué? ¿Qué he hecho, Señor? ¿Acaso soy culpable?».

No se expresó en esos términos, sino que dijo: Nadie, Señor. Se acusó a sí misma. Los otros no pudieron probar el delito, y se retiraron sin rechistar. Ella, en cambio, confesó; su Señor no ignoraba su falta, pero buscaba su fe y su confesión. ¿Nadie te ha apedreado? Ella responde: Nadie, Señor. Nadie, por confesar su pecado, Señor por esperar su perdón. Nadie, Señor. Reconozco las dos cosas: sé quién eres tú y sé quién soy yo. Y ante ti lo confieso. Escuché, en efecto: Celebrad al Señor porque es bue¬no. Reconozco mi culpa, reconozco tu misericordia. Ella dijo: Vigilaré mis caminos para no faltar con mi lengua. Aquellos, ac¬tuando con engaño, pecaron; esta en cambio, confesando, halló el perdón. ¿Nadie te ha condenado? Y ella: Nadie. Y basta. Jesús escribe de nuevo. Escribió dos veces; es lo que hemos oído, que escribió dos veces: primero para dar el perdón; luego para re¬novar los preceptos. Ambas cosas acontecen cuando recibimos el perdón. Ha puesto su firma el emperador: cuando se renueva esta formalidad, es como si se dieran de nuevo los preceptos. Estos preceptos son aquellos con los que en la primera lectura escuchamos al Apóstol que nos manda la caridad. Pues la primera lectura que escuchamos fue esa. De ahí que el Señor mismo dijera: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas; y amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas
(Sermón 16A).






20/02/2016 09:00:00