Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Inéditos: San Agustín 7

Textos escogidos sobre la misericordia


Los cristianos: miembros del Cuerpo de Cristo misericordioso.

Cuando habla Cristo, a veces habla únicamente en la persona de la Cabeza, que es él mismo, el Salvador, nacido de María Virgen; otras veces habla en la persona de su Cuerpo, que es la Iglesia santa, extendida por toda la tierra. Y nosotros formamos parte de su cuerpo, si es que nuestra fe en él es sincera, nuestra esperanza segura y nuestra caridad ardiente; estamos en su cuerpo, y somos sus miembros, y nos encontramos con que somos nosotros quienes aquí hablamos, según lo que dice el Apóstol: Porque somos miembros de su cuerpo. En muchos pasajes dice esto el Apóstol.

Y si dijéramos que no son de Cristo estas palabras, tampoco serían de Cristo aquellas otras: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Porque también en aquel salmo lees: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Lejos de mi salvación está el clamor de mis culpas; así como aquí lees: a la vista de mis pecados, allí encuentras: el clamor de mis culpas.

Dado que ciertamente Cristo está sin pecado y sin culpa, empezamos a pensar que esas palabras del salmo no se refieren a él. Y nos resultaría muy incomprensible y contradictorio que no se refiriera a Cristo aquel salmo en el que encontramos tan abiertamente su pasión, como si se leyera en el Evangelio. En efecto, leemos en el salmo: Se repartieron mi ropa, y sobre mi túnica echaron suertes. ¿Y por qué el mismo Señor, desde lo alto de la cruz, pronunció con su boca el primer versículo de este salmo, y dijo: Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado? ¿Qué quiso damos a entender, sino que todo ese salmo se refería a él, al recitar su comienzo? No hay duda, por tanto, de que las palabras que siguen, donde se dice: las palabras de mis pecados, son palabras de Cristo.

Y los pecados ¿dónde están, sino en su cuerpo, que es la Iglesia? Quien habla, pues, es el Cuerpo y la Cabeza de Cristo. ¿Y por qué habla como si fuese uno solo? Porque serán los dos una sola carne. Dice el Apóstol: Este es un gran misterio, y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. Por eso también, cuando Cristo habla en el Evangelio, respondiendo a quienes le preguntaron sobre el repudio de la esposa, dice: ¿No habéis leído lo que está escrito: que Dios desde el principio los creó hombre y mujer, y el hombre abandonará a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y serán dos en una sola carne? Así que ya no son dos, sino una sola carne.

Si, pues, fue él quien dijo: Ya no son dos, sino una sola carne, ¿qué tiene de extraño, si son una misma carne, una misma lengua, que tengan las mismas palabras la Cabeza y el Cuerpo, como una misma carne que son? Escuchemos, por tanto, a Cristo como a uno solo, pero a la Cabeza como Cabeza, y al Cuerpo como Cuerpo. No es que se separen las personas, sino que se distingue la dignidad; porque la Cabeza es la que salva, y el Cuerpo es salvado. Manifieste la Cabeza la misericordia, y el Cuerpo lamente su miseria. La Cabeza está para purificar, y el cuerpo para confesar sus pecados; se trata, sin embargo, de una misma voz, aunque no esté escrito cuándo habla la Cabeza y cuándo el Cuerpo; pero nosotros al oírlo lo distinguimos, a pesar de que él habla como si fuese uno solo.

¿Por qué no va a decir: mis pecados, aquel que dijo: Tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; fui peregrino y no me recibisteis; estuve enfermo y en la cárcel, y no fuisteis a visitarme? Con toda certeza el Señor no estuvo nunca en la cárcel. ¿Por qué no diría esto aquel al que cuando le preguntaron: Cuándo te vimos hambriento, sediento o en la cárcel, y no te socorrimos? respondió en la persona de su Cuerpo, diciendo: ¡Cuando no lo hicisteis con uno de los míos más humildes, tampoco lo hicisteis conmigo! ¿Por qué no va a decir: a la vista de mis pecados, quien dijo: Saulo, Saulo, por qué me persigues? Y, no obstante, en el cielo ya no sufría ninguna persecución. Pero, así como antes la Cabeza hablaba por el Cuerpo, así también aquí la Cabeza dice las palabras del Cuerpo, aunque oigáis las voces de la Cabeza. Pues bien, aunque oigáis las palabras del Cuerpo, no separéis la Cabeza; ni cuando oigáis las palabras de la Cabeza separéis el Cuerpo; puesto que ya no son dos, sino una sola carne (Exposición sobre el Salmo 37).






20/03/2016 09:00:00