Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Inéditos: San Agustin 9

La misericordia y el juicio de la conciencia


He aquí las palabras del Apóstol: Obrad vuestra salvación con temor y con temblor. (Podríais objetarme): ¿Por qué obrar con temor y temblor mi salvación, si está en mi mano conseguirla? [...] Es Dios el que obra en vosotros, por eso: con temor y temblor. Porque lo que consigue el humilde, lo pierde el orgulloso. Entonces, si es Dios el que obra en vosotros, ¿por qué se dijo: Obrad vuestra salvación? Porque él obra en nosotros, para que también nosotros obremos. Sé mi ayuda: significa que el hombre debe también obrar mientras invoca la ayuda. «Pero la buena voluntad —dice— es mía». Lo admito, es tuya. Pero, aunque es tuya ¿quién te la dio, quién la suscitó? No me escuches a mí, pregunta al Apóstol: Pues es Dios —dice— el que, en virtud de su buena voluntad, obra en vosotros el querer y el obrar. [...] Vosotros, los que juzgáis la tierra [...]. Pues cada uno juzga a su semejante: un hombre a otro hombre, un mortal a otro mortal, un pecador a otro pecador. Pero si se pusiese delante la frase del Señor: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra, ¿no sufriría un terremoto todo el que juzga la tierra?

Reflexionemos sobre el pasaje del Evangelio. Para tentar al Señor, los fariseos le presentaron a una mujer sorprendida en adulterio. La pena para este pecado había sido establecida por la ley, esto es, por la ley dada por Moisés, siervo de Dios. Con este dilema insidioso y fraudulento los fariseos se dirigieron al Señor: si mandaba apedrear a aquella mujer acusada, habría ido contra la misericordia; si, por el contrario, prohibía lo establecido por la ley, se consideraría que había quebrantado la ley misma. [...] En el caso de la adúltera interrogó a sus interrogadores, juzgando así a los jueces mismos.

«No prohíbo —dijo— lapidar a la mujer a la que la ley manda lapidar, pero pregunto quién debe lapidarla. No me opongo a la ley, pero busco quién debe ejecutarla». Escuchad finalmente: «¿Queréis apedrearla conforme a la ley? El que esté sin pecado que sea el primero en tirar la piedra». Mientras escuchaba sus palabras, escribía en la tierra con el dedo para instruir a la tierra. Pero, mientras decía esto a los fariseos, levantó los ojos, miró a la tierra y la hizo temblar. Después de haberlo dicho, comenzó a escribir de nuevo en la tierra. Ellos, confusos y temblorosos, comenzaron a desfilar uno tras otro.

¡Oh terremoto, en el que la tierra se movió tanto que hasta cambió de lugar! Habiéndose alejado los fariseos, quedaron la pecadora y el Salvador; quedaron la enferma y el médico; quedó la mísera con la misericordia. Y mirando a la mujer, le dijo: ¿Nadie te ha condenado? Y ella: Nadie, Señor. Con todo, seguía preocupada. Los pecadores no se atrevieron a condenarla; no se atrevieron a lapidar a la pecadora los que, al mirarse a sí mismos, se encontraron semejantes a ella.

Pero la mujer seguía estando en serio peligro, porque le había quedado como juez el que carecía de pecado. ¿Nadie —le dijo— te ha condenado? Y ella respondió: Nadie, Señor, y si tampoco tú, estoy salvada. A esta silenciosa angustia el Señor respondió fuerte: Tampoco yo te condeno. Tampoco yo, aunque carezco de pecado, tampoco yo te condeno. A ellos les impidió su propia conciencia el condenarte; a mí me empuja al perdón la misericordia. [...] Tal vez deseas ser útil a los asuntos humanos y compras el oficio con esa finalidad.

Para ponerte al servicio de la justicia, no tienes consideración con el dinero. Sé primero juez dentro de ti a tu favor. Primero júzgate a ti mismo para que, tranquilo en el secreto de la conciencia, puedas ocuparte del otro. Vuelve a ti mismo, mírate, examínate, escúchate. Deseo encontrarte allí como juez justo, ahí donde no buscas testigos. Quieres proceder con autoridad para que otro te diga lo que ignoras acerca de un tercero.

Primero, juzga tu interior. ¿No te dijo nada tu conciencia acerca de ti? Si no lo niegas, sin duda dijo algo. Yo no quiero saber lo que te dijo, juzga tú que la oíste. Tu propia conciencia te dijo qué hiciste, qué aceptaste, en qué pecaste. Quisiera saber qué sentencia dictaste. Si escuchaste bien, si procediste correctamente, si en esa audiencia fuiste justo contigo mismo, si subiste al tribunal de tu conciencia, si ante ti mismo te suspendiste a ti en el potro del corazón, si aplicaste las severas torturas del temor: has escuchado bien si has escuchado así y, sin duda alguna, castigaste el pecado con el arrepentimiento.

He aquí que te examinaste, te oíste enjuicio y te condenaste. Y, sin embargo, te perdonaste. Oye también a tu prójimo de esa manera en el juicio, si estás instruido según la exhortación del salmo: Instruios, vosotros que juzgáis la tierra. [...] Si juzgas a tu prójimo como te juzgas a ti mismo, perseguirás los pecados, no al pecador. Y si tal vez alguno, insensible al temor de Dios, se resiste a corregir sus pecados, será esto mismo lo que persigas en él, lo que intentes corregir, lo que te esforzarás en destruir y eliminar, para que, condenado el pecado, se salve el hombre. Dos son los términos: hombre y pecador. Dios hizo al hombre, y el mismo hombre se hizo a sí mismo pecador. Perezca lo que hizo el hombre, sea liberado lo que hizo Dios [...]; pero con la disposición de uno que ama, con espíritu de caridad y de corrección

(Sermón 13, 3-5.7.8).






20/06/2016 13:05:00