Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Inéditos: San Máximo

El Buen samaritano


San Máximo, llamado «el Confesor» porque supo defender valientemente la ortodoxia cristiana con la palabra, con los escritos y con la vida, describe la misericordia como la condescendencia de Dios hacia los pecadores.

"Todos les predicadores de la verdad, todos los ministros de la gracia divina y cuantos desde el inicio hasta nuestros días nos han hablado de la voluntad salvífica de Dios, dicen que nada es tan querido por Dios y tan conforme a su amor como la conversión de los hombres mediante un sincero arrepentimiento de los pecados. Dios, para reconducir a sí a los hombres, hizo cosas extraordinarias, es más, dio la máxima prueba de su infinita bondad. Por eso el Verbo del Padre, con un acto de inexpresable humillación y con un acto de increíble condescendencia, se hizo carne y se dignó habitar entre nosotros.

Hizo, padeció y dijo todo lo que era necesario para reconciliamos a nosotros, enemigos y adversarios de Dios Padre. Nos llamó de nuevo a la vida a nosotros, que habíamos sido excluidos de ella. El Verbo divino no sólo curó nuestras enfermedades con la potencia de los milagros, sino que incluso tomó sobre él la enfermedad de nuestras pasiones, pagó nuestra deuda mediante el suplicio de la cruz, como si fuese culpable, él, inocente. Nos liberó de muchos y terribles pecados. Además, con muchos ejemplos, nos estimuló a ser semejantes a él en la comprensión, en la cortesía y en el amor perfecto hacia los hermanos.

Por eso dijo: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a convertirse (Lc 5,32). Y todavía: No son los sanos los que tienen necesidad de médico, sino los enfermos (Mt 9,12). Dijo además que había venido a buscar a la oveja perdida y que había sido mandado a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Igualmente, con la parábola de la dracma perdida, aludió, aunque veladamente, a un aspecto particular de su misión: él vino para recuperar la imagen divina desfigurada por el pecado. Recordamos, luego, lo que dice en otra parábola suya: Os digo que habrá más alegría en el cielo por un pecador convertido... (Lc 15,7).

El buen samaritano del Evangelio curó con aceite y vino y vendó las heridas del que había caído en manos de los ladrones y había sido despojado de todo y abandonado ensangrentado y medio muerto en el camino. Lo montó en su cabalgadura, lo llevó a la posada, pagó cuanto hacía falta y prometió proveer el resto. Cristo es el buen samaritano de la humanidad. Dios es el padre afectuoso que acoge al hijo pródigo, se inclina sobre él, es sensible a su arrepentimiento, lo abraza, lo reviste de nuevo con los ornamentos de su paterna gloria y no le echa en cara nada de cuanto ha cometido. Hace volver al redil a la ovejilla que se había alejado de las cien ovejas de Dios. Tras haberla encontrado mientras vagaba por las colinas y por los montes, no la reconduce al redil a fuerza de empujones y gritos amenazantes, sino que se la pone sobre los hombros y la restituye incólume al resto del rebaño con ternura y amor. Dice: Venid a mí, vosotros todos que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso (Mt 11,28).

Y también: Tomad mi yugo sobre vosotros (Mt 11,29). El yugo son los mandamientos o la vida vivida según los preceptos evangélicos. Luego, respecto al peso, tal vez pesado y molesto al penitente, añade: Mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11,30). Enseñándonos la justicia y la bondad de Dios, nos manda: Sed santos, sed perfectos, sed misericordiosos como vuestro Padre celestial (Le 6,36); Perdonad y seréis perdonados (Le 6,37) y aún: Todo cuanto queréis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros también a ellos (Mt 7,12)

(Carta 11).







20/09/2016 09:00:00