Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Lúcida abnegación

Autoconciencia de los propios límites


El Papa nos invita a una “lúcida abnegación” ante la lógica del poder desatado que implica la tecnología cuando ésta queda desatada de toda vinculación al creador. En Laudato Sí n.101 afirma: “No nos servirá describir los síntomas, si no reconocemos la raíz humana de la crisis ecológica. Hay un modo de entender la vida y la acción humana que se ha desviado y que contradice la realidad hasta dañarla.” En este sentido, “La humanidad ha ingresado en una nueva era en la que el poderío tecnológico nos pone en una encrucijada. Somos los herederos de dos siglos de enormes olas de cambio” (n.102)

La acción más adecuada a la naturaleza humana consiste en darse los fines y escoger los medios. En los seres humanos, no todo está programado, pero sus objetivos requieren de elección y aprendizaje. Esto se puede decir tanto de los objetivos racionales como de los más fundamentales. Decidimos nuestra profesión o nuestras creencias, pero también decidimos hablar o comer.

En la persona humana el pensamiento es tan radical como lo es la propia biología, ya que incluso satisfacer el instinto requiere la intervención de la razón. Las funciones de la corporeidad humana no surgen únicamente de su estructura biológica, sino sobre todo del hecho de ser un elemento constitutivo de esta realidad unitaria y sustantiva que es la persona humana.

Por esta razón, podemos distinguir entre cuerpo y organismo. El organismo es el soporte biológico de la persona, pero la corporeidad humana es mucho más. La corporeidad humana es al mismo tiempo presencia, rostro y carne.

El cuerpo es soma (presencia) en cuanto modo de hacerse presente en el mundo. El ser humano es un habitante del mundo y con su actividad modifica su entorno para poder sobrevivir. A diferencia de los animales, no se ajusta al ambiente, sino que adapta el ambiente a sus necesidades. Por esto devasta bosques, construye carreteras, instala luces y teléfono. La persona no pasa por el mundo, sino que sigue ahí, lo habita.

Habitar significa estar en un lugar poseyéndolo, teniéndolo. El único habitante del mundo es la persona humana, porque el hecho de habitar un lugar implica modificar el ambiente. Hablamos del "mundo humano" o de "mi" mundo o "su" mundo para indicar la maraña de relaciones que las cosas tienen con nosotros. Podemos cambiar el entorno físico, transformándolo en un "lugar" de relaciones humanas, por lo que sería más correcto decir que el mundo existe en la persona y no tanto ella existe en un mundo objetivo.

El derecho de propiedad, la libertad de residencia o de la circulación, la distribución de los bienes de la economía, la cultura como conjunto de manifestaciones humanas o el orden político son realidades íntimamente relacionadas con la condición de la persona humana como habitante del mundo. Como afirma el Papa “La tecnociencia bien orientada no sólo puede producir cosas realmente valiosas para mejorar la calidad de vida del ser humano, desde objetos domésticos útiles hasta grandes medios de transporte, puentes, edificios, lugares públicos. También es capaz de producir lo bello y de hacer « saltar » al ser humano inmerso en el mundo material al ámbito de la belleza” (L.S 103)

Es de admirar el dominio que el hombre ha conseguido sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero. “Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que vaya a utilizarlo bien, sobre todo si se considera el modo como lo está haciendo.” (L.S 104) Efectivamente, se tiende a creer «que todo incremento del poder constituye sin más un progreso, un aumento de seguridad, de utilidad, de bienestar, de energía vital, de plenitud de los valores, como si la realidad, el bien y la verdad brotaran espontáneamente del mismo poder tecnológico y económico.” (L.S 105)

Podemos perder “la autoconciencia de sus propios límites, como si el ser humano fuera plenamente autónomo.” Más bien, el Papa nos alerta de que el hombre contemporáneo puede encontrarse “desnudo y expuesto frente a su propio poder”.






03/12/2015 09:00:00