Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Lúcida abnegación II

autoconciencia de los propios límites


Efectivamente, precisamos esta “lúcida abnegación” que nos permita reconocernos en nuestra verdad interior más auténtica.

El trabajo humano y el progreso de la técnica como actividad de dominio y apropiación del ambiente no son más que una extensión de la función corporal por el cual la persona está en el mundo. El cuerpo no es solo “presencia" sino que es además rostro, es decir, instrumento de relaciones inter-subjetivas, de modo que reír, llorar o acariciar son acciones que nos hacen interlocutores de un mundo humano. Por último, el cuerpo es también carne, es decir, poder de transformación del mundo y elemento de limitación propia, ya que el cuerpo hace posible el hecho de que el hombre tenga cosas.

La parte esencial de cualquier instrumento es su función. Una herramienta es "algo que se usa para", como el martillo sirve para clavar clavos, pero la herramienta también tiene una referencia intrínseca en relación con aquel que la posee, como el guante es para la mano o las gafas son para los ojos. El cuerpo puede atribuirse cosas tales como zapatos, guantes, gafas. Y el carácter indeterminado, no especializado del cuerpo es lo que nos permite tal asignación. Si tuviéramos uñas, pico y plumas en vez de las manos, la boca o piel, no nos vestiríamos o no usaríamos guantes o gafas.

Poseemos corporalmente cosas porque nuestro cuerpo está morfológicamente preparado para ello. La cosa poseída es medida por el cuerpo que a su vez es la medida de las cosas que la persona posee. Por esta razón, las cosas deben tener una medida humana, deben ser proporcionales a nuestro cuerpo. La aparición de herramientas es una manifestación de la conducta inteligente. A menudo se dice que algunos animales, con inteligencia práctica desarrollada, son capaces de construirse herramientas para acciones concretas. La diferencia radica en el hecho de que una lanza no sirve para cazar este búfalo, sino cualquier búfalo. Sólo en los hogares humanos existe una caja de herramientas.

El ser llega al cuerpo a través del alma, el cuerpo está destinado a servir, desde un punto de vista biológico y funcional, a la racionalidad, y por esta razón no está especializado. Es un sistema en el que todos los elementos están funcionalmente relacionados entre sí para llevar a cabo las tareas que no son orgánicas. Toda su estructura, desde el bipedismo hasta la posición libre de las manos, pasando por la posición erecta o la posición frontal de los ojos, y el peculiar proceso de desarrollo del cerebro, implica una innovación radical del proceso evolutivo.

Las manos humanas son una herramienta no específica, es decir, son un instrumento de instrumentos y de lenguajes. La mano del hombre no es tan resistente como una pezuña o tan fuerte como una garra, porque no está hecha exclusivamente para correr o agarrar algo. No tiene una función biológica específica, ya que debe permanecer completamente abierta a múltiples significados y lenguajes humanos; con ella podemos expresar amistad, ternura, agresión o miedo.

Lo mismo sucede con la voz humana. La voz es algo más que un simple sonido, es un sonido articulado que requiere órganos especiales, que permiten proporcionar al sonido un significado simbólico o convencional. El cuerpo humano tiene un peculiar carácter personal, de modo que mientras que el vestido es algo extrínseco a nosotros, el cuerpo es intrínseco.

La persona es humana en cuanto que está encarnada y el cuerpo humano es tal porque está animado por el espíritu. Esta mirada más “amplia” sobre el mundo y sus logros requiere un cambio de mentalidad, una “lúcida abnegación” que deje de “estrujar” la persona y el mundo “hasta su límite y más allá del límite” (L.S 106) y tiene que ver mucho con la lógica de la soberbia y la humildad.

La soberbia, «odiosa al Señor y a los hombres» (Ecl 10,7), es también ridícula en el hombre «que es polvo y ceniza» (Ecl 10,9). Tiene formas más o menos graves. Existe el vanidoso que ambiciona honores (Lc 14, 7; Mt 23,6s), que aspira a las grandezas, a veces de orden espiritual (Rom 12,16.3), que envidia a los otros (Gál 5,26); el insolente de mirada altiva (Prov 6,17; 21,24); el rico arrogante que hace ostentación de su lujo (Am 6,8) y al que su riqueza lo hace presuntuoso (Sant 4,16; lJn 2,16); el orgulloso hipócrita, que hace todo para ser visto y cuyo corazón está corrompido (Mt 23,5.25-28); el fariseo que confía en su pretendida justicia y desprecia a los demás (Le 18,9-14). Finalmente, en la cúspide se halla el soberbio, que rechazando toda dependencia, pretende ser igual a Dios (Gén 3,5; cf. Flp 2,6; Jn 5,18).

El vencedor de la soberbia es el salvador de los humildes. ¿Cómo «dispersa el Señor a los hombres de corazón soberbio» (Le 1,51)? ¿Cómo triunfa de Satán, antigua serpiente que incitó al hombre a la soberbia (Gén 3,5), el diablo que quiere seducir al mundo entero para ser adorado por él como su dios (Ap 12,9; 13,5; 2Cor 4,4)? Por medio de una Virgen humilde (Le 1,48) y de su recién nacido, Cristo Señor, que tiene por cuna un pesebre (Lc 2,1 ls; cf. Sal 8,3). Éste, al que habría querido matar la soberbia de Herodes (Mt 2,13), inaugura su misión desechando la gloria del ‘mundo que le ofrece Satán, y todo mesianismo que pudiera estar falseado por la soberbia (Mt 4, 3-10). Se le echa en cara hacerse igual a Dios (Jn 5,18); ahora bien, lejos de prevalerse de esta igualdad, no busca su gloria (Jn 8,50), sino únicamente la exaltación de la cruz (Jn 12,31ss; Flp 2,6ss). Si pide al Padre que le glorifique, es para que el Padre sea glorificado en él (Jn 12,28)

Jesús es el Mesías humilde anunciado por Zacarías (Mt 21,5). Es el Mesías de los humildes, a los que proclama bienaventurados, al que su sumisión a Dios hace paciente y manso). Jesús bendice a los niños y los presenta como modelos (Me 10,15s). Para ser como uno de esos pequeñuelos, a quienes Dios se revela y que son los únicos que entrarán en el *reino (Mt 11, 25; 18,3s), hay que aprender de Cristo, «maestro manso y humilde de corazón» (Mt 11,29) Ahora bien, este maestro no es solamente un hombre; es el Señor venido a salvar a los pecadores tomando una carne semejante a la suya (Rom 8, 3). Lejos de buscar su gloria (Jn 8,50), se humilla hasta lavar los pies a sus discípulos (Jn 13,14ss); él, igual a Dios, se anonada hasta morir en cruz por nuestra redención (Flp 2,6ss; Me 10,45; cf. Is 53).

En Jesús no sólo se revela el poder divino, sin el cual no existiríamos, sino también la caridad divina, sin la cual estaríamos perdidos (Le 19,10). Esta humildad («signo de Cristo», dice san Agustín) es la del Hijo de Dios, la de la caridad. Hay que seguir el camino de esta humildad «nueva» para practicar el mandamiento nuevo de la caridad (Ef 4, 2; IPe 3,8s; «donde está la humildad, allí está la caridad», dice san Agustín). Los que «se revisten de humildad en sus relaciones mutuas» (IPe 5,5; Col 3,12) buscan los intereses de los otros y se ponen en el último lugar (Flp 2,3s; ICor 13,4s).

En la serie de los frutos del Espíritu pone Pablo la humildad al lado de la fe (Gál 5,22s); estas dos actitudes (rasgos esenciales de Moisés, según Eclo 45,4) están, en efecto, conexas, siendo ambas actitudes de abertura a Dios, de sumisión confiada a su gracia y a su palabra.






10/12/2015 09:00:00