Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Lázaro

Tuve hambre y no me disteis de comer


3. «Tuve hambre y no me disteis de comer»

Las parábolas que desplazan la atención hacia la eternidad no son contadas para aterrorizar a los oyentes, ni para describir, como hará Dante Alighieri en su Comedia, el infierno, el purgatorio y el paraíso. Más bien, con estas parábolas sobre el fin de la vida humana, Jesús habla de la eternidad para el tiempo o del futuro para el presente. Le interesa el hoy y trae a cuento el fin para cuestionar a sus contemporáneos. Entre desconocimiento y reconocimiento, la parábola del rico y del pobre Lázaro incide con ímpetu sobre el tiempo concedido a cada uno.

En el contraste entre el desconocimiento del pobre, que yace ante el portal de su palacio, y su reconocimiento en la eternidad, nuestra parábola prosigue con la del juicio final en el evangelio de Mateo 25,31-46. Si en la primera parte de la parábola el Hijo del Hombre bendice y acoge a cuantos, sin conocerlo, han dado de comer a los hambrientos, de beber a los sedientos, acogido al extranjero, vestido al desnudo, visitado al que está enfermo o en la cárcel, la segunda parte es implacable contra quien ha ignorado las llamadas «obras de misericordia corporales y espirituales». El criterio que separa a las ovejas de las cabras o al que es bendito del que es maldito cierra la parábola y vale para todos: «cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo», y su contrario (Mt 25,45).

Lo que se dice en general para las personas que no han sido socorridas en la parábola del juicio, vale para la parábola del rico y el pobre Lázaro. Lázaro está hambriento, pero el rico no le ha dado ni las sobras de su mesa; está enfermo o llagado, pero el rico no lo ha visitado; está desnudo, pero el rico no lo ha vestido; es un peregrino, echado ante su portal, pero el rico no lo ha hospedado. Las obras de misericordia, enumeradas en la parábola del juicio final, no han sido cumplidas con Lázaro, a quien el rico ha ignorado en vida, pero al que es obligado a reconocer para siempre.

Sobre la relación entre riqueza y pobreza, que se refleja en la parábola, son necesarias varias precisiones, de lo contrario se cae en fáciles idealismos, que al final son inútiles. A propósito, la parábola no explica la razón por la que Lázaro es llevado al seno de Abrahán, mientras el rico es destinado a los infiernos. De este modo se evita considerar dichoso al pobre porque es pobre y maldito al rico porque es rico. Hemos podido observar que el vuelco de la parábola se halla no en las condiciones de Lázaro y del rico, sino en el reconocimiento de Lázaro que el rico es obligado a ver en los infiernos. No son la riqueza ni la pobreza como tales las que garantizan o excluyen el resultado positivo o negativo del juicio final, sino la incapacidad o la capacidad de ver y de sentir compasión por el otro. En esto el drama del rico y del pobre Lázaro da en el blanco para cualquier ámbito y en cualquier tiempo en el que sea leído. El pobre al que el rico no ve en el tiempo está obligado a reconocerlo en la eternidad, cuando cualquier compasión es ya inútil.

4. Moisés, los profetas y el corazón humano

¿Por qué Moisés y los Profetas pueden convencer más que la vuelta de un muerto del más allá? O ¿por qué la Palabra de Dios es la única que está en condiciones de llevar el corazón humano a la conversión? Por medio del evangelio de Lucas es posible reconocer dos razones principales.

Antes de nada, para que la misericordia brote del corazón humano, sólo la Palabra de Dios puede rociarlo evitando que se aridezca. Sobre este aspecto es iluminador el encuentro del Resucitado con los discípulos de Emaús. En la primera parte de la narración, «empezando por Moisés y continuando por todos los Profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras» (Lc 24,27). Y después de haber reconocido al Resucitado al partir el pan, los dos discípulos confiesan: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32). Cuando la Palabra de Dios penetra en el corazón es capaz de reavivarlo y de curarlo de toda suerte de ceguera y de sordera: lo hace capaz de ver lo que no podía. El rico de la parábola tiene una idea equivocada de la conversión: que dependa de un prodigio, como hacer resurgir un muerto. No se da cuenta de que la conversión nace de la escucha de la Palabra de Dios y no de que un muerto vuelva del más allá.

Sobre la relación entre la Palabra de Dios (o Moisés y los Profetas) y la conversión es decisivo el verbo que Abrahán usa dos veces en el diálogo con el rico: «Escuchen [...] si no escuchan a Moisés y a los Profetas [...]» (Lc 16,29.31). Mientras la Sagrada Escritura siga siendo un conjunto de libros para leer, será incapaz de abrir los ojos del corazón humano. El rico es un hijo de Abrahán y lo invoca varias veces desde los infiernos: «Padre Abrahán [...] padre [...] Padre Abrahán» (Lc 16,24.27.30). Seguro que conoce al dedillo la Biblia: la ha leído, pero no la ha escuchado; y si la ha estudiado, no la ha acogido en el corazón. Por eso replica a Abrahán que para convertir a sus cinco hermanos es necesario mandar a Lázaro al mundo. No la Escritura leída y estudiada, sino escuchada como Palabra de Dios es capaz de convertir el corazón humano para abrirlo a la fe.

El rico de la parábola, que conocía la Escritura como todos los hijos de Abrahán, es semejante al noble rico que Jesús encontrará a poca distancia de la parábola (Le 18,18-23). El noble pregunta a Jesús lo que debe hacer para heredar la vida eterna, conoce la Sagrada Escritura y ha observado los mandamientos desde que era joven. Le falta la elección decisiva: vender cuanto posee, darlo a los pobres y seguir a Jesús. El noble se va triste porque es demasiado rico. El seguimiento nace de la Palabra acogida con el corazón: en éste necesita para habitar el espacio que ocupan las riquezas. En esta «trascendencia» de la Escritura en la Palabra de Dios, como la llama Benedicto XVI en la Verbum Domini, es necesaria la acción del Espíritu del Resucitado, de otro modo la Escritura se queda en una colección de libros y no se transforma en Palabra viva. Uno de los últimos gestos del Resucitado es «abrir la inteligencia» de los discípulos «para que comprendieran la Escrituras» (Lc 24,45).

La otra razón por la que la Palabra de Dios es capaz de convertir el corazón humano se encuentra en su relación con los pobres. Si es inútil que Lázaro vuelva del más allá para convencer a los hermanos del rico, es porque los pobres están en el centro del evangelio. Cuando se ignora o se menosprecia este contenido esencial del evangelio, es inútil que un muerto vuelva a la vida: no sería reconocido porque se trata siempre del pobre Lázaro y no de otro, con un nombre distinto.

La escena madre de todo el evangelio de Lucas ilustra la relación profunda entre la Palabra de Dios (Moisés y los Profetas) y los pobres. Al comienzo de su ministerio, Jesús va a la Sinagoga de Nazaret. Le dan el rollo del profeta Isaías, lo abre y lee el pasaje de Isaías 61,1-2: «El espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto que me ha ungido y me ha enviado a anunciar la buena nueva a los pobres, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad; a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).

Los pobres no están fuera, ni son una parte secundaria, sino que se encuentran en el centro del evangelio. La parábola del rico y del pobre Lázaro desconcierta por la enorme atención que presta al rico. Sobre las razones por las que Lázaro es conducido al seno de Abrahán no se dice nada y en la parábola Lázaro no habla nunca. Más bien es la suerte del rico la que preocupa: si en el tiempo que se le ha dado ignora a Lázaro, en la eternidad está obligado a reconocerlo desde los infiernos, firmando su condena. Por eso precisa bien el papa Francisco en la Evangelii gaudium: «Todo el camino de nuestra redención está signado por los pobres» (EG 197).

La de la misericordia es una cuestión grave que en nuestro tiempo corre dos riesgos capitales: puesto que la misericordia de Dios es infinita, se será en cualquier caso salvado, aunque en nombre de Dios se juzgue y condene al prójimo. Y mientras la misericordia de Dios es un derecho adquirido, la que se ha de ejercer con el prójimo es un deber que depende de la libertad de cada uno. Ninguna de las parábolas de la misericordia conduce a estas conclusiones. La misericordia viaja siempre en tres dimensiones y no es nunca unidireccional (Yo solo), ni bidireccional (Yo y Dios): es la dramática realidad de la parábola que ilumina la misericordia desde su contrario. Entonces ¿qué es el infierno? Y si existe ¿cómo se concibe con la misericordia de Dios? La misma pregunta es planteada por F. Dostoievski en Los hermanos Karamazov que, de modo estupendo, comenta nuestra parábola:

Padres y maestros, trato de comprender, ¿qué es el infierno? Yo lo defino como el sufrimiento de no poder amar. Por una vez, en la infinitud del universo, ilimitado en el espacio y en el tiempo, un ser espiritual tiene la posibilidad, mediante su aparición en la tierra, de decirse: «Existo y amo». Por una vez, sólo por una vez, se le ha concedido un instante de amor activo y viviente, y para esto se le ha dado la vida terrena, de tiempo limitado. Pues bien, este ser feliz ha rechazado el inestimable don; ni le da valor ni lo mira con afecto: lo observa irónicamente y permanece insensible ante él. Este ser, cuando deja la tierra, ve el seno de Abrahán, charla con él como se refiere en la parábola del rico y de Lázaro; contempla el paraíso y podría elevarse hasta el Señor. Pero le atormenta la idea de llegar sin haber amado, de entrar en contacto con los que han amado, él, que se ha burlado de su amor (2ª parte, libro VI, cap. 3).

Si el infierno es el sufrimiento de no poder amar, cada instante de la vida humana que no se vive por amor anticipa el infierno.






17/03/2016 09:00:00