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que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
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Lázaro el leproso

Lo contrario a la misericordia


LÁZARO

Un valor se aprecia cuando falta o se ha sustituido, por el contrario. Y porque el bien es a menudo acallado por el mal, a veces hay que mirar el mal para reconocer el bien. ¿Cómo y cuánto estimar la misericordia? ¿Hasta cuándo es posible confiar en la de Dios? El eco de las tres parábolas de la misericordia es todavía fuerte, pero hay que afrontar un obstáculo enorme: ¿qué rico se salva? ¿Y cómo se salva?

Poco antes de la parábola que vamos a comentar, Jesús ha pronunciado una cortante invectiva contra algunos fariseos que son avaros y lo ridiculizan: «Vosotros sois los que os las dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que es estimable para los hombres, es abominable ante Dios» (Lc 16,14-15). La parábola del rico y del pobre Lázaro impugna esta situación: puesto que por el propio estatus social se es ensalzado por los hombres, se sería también por ello ensalzado ante Dios. ¡Pero Dios mira el corazón y no las apariencias!

Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico, pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue sepultado.

Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y ve a lo lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: «Padre Abrahán, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama». Pero Abrahán le dijo: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros». Replicó: «Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento». Díjole Abrahán: «Tienen a Moisés y a los profetas; que les escuchen». Él dijo: «No, padre Abrahán; sino que, si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán». Le contestó: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite».

1. Lo opuesto a la misericordia

La parábola del rico y del pobre Lázaro se sitúa en la misma trayectoria que la del buen samaritano y del padre misericordioso. Sin embargo, es como una tela de contraste respecto a los dos cuadros precedentes. El relato se inicia como las otras dos parábolas: «Había un hombre...» (Lc 10,30; 15,11; 16,19). Y también ahora se verifican dos actos: el rico y Lázaro en este mundo; el rico, Abrahán y Lázaro en la otra vida.

En la escena comparecen un hombre rico, que viste como rey y está de fiesta cada día, y Lázaro, el mendigo. El rico viste ropa de mucho valor. La púrpura es un tejido de color rojo oscuro, producido por las glándulas de un molusco, y estaba reservada a los reyes o a los nobles. Antes de ser crucificado, Jesús es revestido de púrpura para ser ridiculizado por los soldados en el pretorio (Mc 15,19-20). El biso es un tipo de lino blanco, delicado, que se llevaba sobre la piel. Son suficientes las primeras palabras para darse cuenta de que algo no va. El rico está vestido como rey, pero no se le menciona por el nombre. El pobre, que tiene por vestido su piel llagada, tiene un nombre; es más, es el único nombre mencionado en todas las parábolas de Jesús: se llama Lázaro, que significa «Dios ha ayudado». El Nuevo Testamento conoce también a Lázaro, el amigo de Jesús y hermano de Marta y de María (Jn 11,1-2), al que Jesús vuelve a la vida, pero no tiene nada que ver con el pobre de la parábola.

Aunque Lázaro yace junto al portal de la casa del rico, cuando muere es llevado al seno de Abrahán. Algunas traducciones entienden el término «epulón» como el nombre del rico, pero no es un nombre propio y no se encuentra en la parábola. Así se inicia la ley del "contrapasso": el rico, vestido de rey, es destinado al anonimato, el pobre tiene un nombre y es recordado para la eternidad.

Los dos actos que componen la parábola son desproporcio¬nados: mientras la aventura terrena de los dos protagonistas es liquidada en pocas pinceladas (v. 19-22), la del más allá es interminable y está traspasada por las súplicas del rico (v.23-31). Las dos fases son contrapuestas y siguen una dinámica de vuelco de la situación. En la vida terrena el rico banquetea cada día, mientras que a Lázaro no se le dan ni las sobras de su mesa; en el más allá Lázaro es consolado, mientras el rico no tiene ni una gota de agua para mojarse la lengua. Los bienes recibidos por el rico y negados a Lázaro durante la vida terrena son equilibrados por la consolación para Lázaro y por los tormentos para el rico.

Como en las parábolas que tratan en positivo de la misericordia, también en esta se asiste al vuelco de la situación, pero con una diferencia: ahora el cambio es definitivo porque existen dos obstáculos. El primer obstáculo es el portal de casa que impide, por voluntad del rico, que Lázaro sea socorrido. El segundo obstáculo es el abismo entre los infiernos, donde se encuentra el rico, y el seno de Abrahán donde Lázaro ha sido acogido.

La desproporción entre el tiempo y la eternidad es notificada por el silencio del tiempo y por el diálogo de la eternidad: ambos quedan sin ser escuchados. Durante el tiempo el rico no ha saciado el hambre de Lázaro; en la eternidad, Abrahán no puede atender las tres súplicas del rico. Lázaro no puede aliviar los tormentos del rico ni siquiera con un dedo; no puede ser enviado al mundo para testimoniar lo que sucede en el más allá; y tampoco la resurrección de un muerto puede convertir a los cinco hermanos del rico.

2. La piedad no atendida

Es enorme el contraste entre las parábolas de la misericordia y la del rico con el pobre Lázaro. Hasta ahora cualquier súplica de compasión ha sido atendida: desde la condonación total que el acreedor otorga a los dos deudores, hasta la súplica del hijo pródigo. En las sucesivas parábolas son atendidas las peticiones de la viuda importuna (Lc 18,1-8) y la súplica del publicano en el templo (Le 18,9-14). Y eso que en los infiernos el rico repite una súplica similar a la del recaudador: «Ten piedad de mí» (Lc 16,24; 18,13). Sin embargo, es el único caso en que la súplica de un hombre no es escuchada, porque la situación se ha vuelto irreparable.

¿Cómo es concebible una situación irreparable para la infinita misericordia de Dios? Si, tal como veremos con la parábola del juez injusto y de la viuda importuna (Le 18,1-8), la oración perseverante es capaz de cambiar el corazón de Dios, ¿por qué la del rico no puede modificar ni un milímetro su condición? Seremos llevados a sostener que la situación se ha vuelto irreparable porque en la eternidad falta el tiempo; y es la respuesta más lógica, aunque no sea citada en la parábola.

El momento de cambio expone la razón principal por la que la situación del rico es irresoluble. Cuando el rico está en los infiernos y ve a Lázaro en el seno de Abrahán, lo reconoce y lo llama dos veces por el nombre. Así se condena a sí mismo con sus propias palabras: conocía a Lázaro durante la vida terrena, pero lo había ignorado siempre. Con fino arte narrativo, el momento de cambio está relacionado por contraste con las dos precedentes parábolas de la misericordia: «Lo vio y se compadeció de él», se dice del buen samaritano (Lc 10,33). «Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio, se compadeció», se repite para el padre misericordioso (Le 15,20). Y ahora el rico «ve a Abrahán de lejos y a Lázaro» (Lc 18,23). No «lo vio», como se lee en muchas traducciones, sino «lo ve»: el rico está obligado a ver en un presente sin fin a Lázaro, al que no ha visto en el pasado.

Por tanto, la situación es irremediable, porque la compasión es posible mientras hay un pobre que yace llagado ante el portal de un rico; después ya no tiene sentido y es, de hecho, imposible. La misericordia de Dios se conjuga siempre con la del prójimo; y cuando falta ésta no hay espacio tampoco para aquélla. No por casualidad Dios no es mencionado en toda la parábola: habla y actúa por medio de Abrahán.

De todas formas, la parábola sobre la misericordia al revés, contiene también la vía que ofrece a los oyentes el no caer en la condición del rico: Moisés y los Profetas o, como veremos dentro de poco, la causa por la que los pobres son el camino para la salvación o la condena para cualquier rico. ¡El pobre ignorado en el mundo es reconocido por el rico en la eternidad!






10/03/2016 09:00:00