Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

La Biblia no es un libro de ciencias

Las palabras deben conducirnos a la Palabra


El hecho de reconocer que el autor de la Escritura es Dios mismo, nos hace descubrir la unidad de todo su contenido, su verdad y su propia finalidad, que no es otra que darnos a conocer la Sabiduría de Dios. Si, por ejemplo, san Juan tenía presente todo tipo de detalles, después de muchos años, sobre las enseñanzas y hechos de Cristo, era porque el Espíritu Santo actuaba en él, elevando su inteligencia para que comprendiera todo lo que Cristo le había enseñado.

Es cierto que toda la Escritura tiene una doble autoría, porque el escritor humano es también causa libre e inteligente de los Libros Sagrados; pero el autor principal es Dios mismo. Y por eso el creyente lee la Escritura buscando entenderla desde Dios. Los contenidos de cualquier libro de La Biblia se deben principalmente a la acción de Dios. Más aún: en la Escritura, la actuación de Dios está de forma inmediata por encima del proceder ordinario de las cosas, de la misma manera que actúa en los milagros. Es el fruto de una excesiva eficacia por su parte.

Es muy importante no perder de vista esta autoría de Dios, aunque sea reduciéndola al carisma de la inspiración, porque entonces sólo nos fijaríamos en lo que el autor humano quiso decir, y dejaríamos la acción de Dios reducida a un cierto instinto religioso o poético del propio hombre inspirado.

El autor humano es un instrumento libre en manos de Dios; instrumento que actúa según la voluntad de Dios, instrumento que penetra en una Sabiduría que no es humana, sino divina. El Espíritu Santo se encarga de elegir las palabras humanas y de llenarlas de un sentido mucho más elevado, de un nivel muy superior. Dios quiere expresar en cada palabra del texto sagrado mucho más que aquello que todos los comentarios y exegetas pueden llegar a descubrir.

Por eso se entiende que todo aquello que la Biblia nos enseña sobre el orden natural siempre está en conexión con la fe, con la verdad sobrenatural. Los hechos históricos que la Biblia transmite no son aislados, sino que nos quieren conducir a la unidad de una enseñanza estrictamente religiosa. La Biblia, en este sentido, no es un libro de ciencias naturales, ni de historia. Incluso las mismas palabras humanas reciben un sentido superior cuando son usadas por la Escritura para describir la intimidad de Dios.

El Espíritu Santo al componer la Escritura quería tener presente a todos los hombres y todas las situaciones para que cada uno encontrase la verdad necesaria para él. Dios conoce lo que necesita cada uno de nosotros. Y de esta forma nos deja unos libros en los que obtendríamos el alimento para nuestra vida.

Es posible que el autor humano desconociera alguna de las verdades que años después otros hombres encontrarían en sus escritos; pero lo que no se puede dudar es que sí las conoce el Espíritu Santo. Por el mismo motivo se puede afirmar que toda verdad que, sin contradecir las palabras del texto, puede amoldarse a la Escritura, pertenece a su sentido.

Siglos más tarde, encontramos afirmaciones de fe, que, de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia y la Tradición, podemos decir que forman parte del sentido de la Escritura. No podemos hablar de dos sentidos del texto bíblico: uno el que da el texto; y el otro, el científico propio del especialista, porque su profundidad no es fruto de ciencia humana sino de fe. De aquí que sea muy valiosa la interpretación que hicieron los Primeros Padres de la Iglesia, obteniendo de la Escritura fuentes de agua viva, leyendo en sus páginas la Providencia de Dios, su poder, su misericordia, su amor, etc.

Leer la Escritura en la fe de la Iglesia es un encuentro personal con Dios, y cuando Dios comunica su sabiduría al hombre lo que quiere es santificarlo. «Toda la Escritura es inspirada de Dios y útil para la enseñar, corregir, formar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, a punto para toda obra buena» (2 Tm 3, 16-17). Por lo tanto el sentido de la Escritura es doble: enseñar la verdad y ayudarnos a realizar obras de justicia, de amor.

Cuando leemos el Evangelio con este espíritu, se renueva en nosotros el deseo de santidad, el deseo de Dios, de conocerlo, de amarlo y de vivir de acuerdo con su voluntad. Toda interpretación de la Biblia tendría que llevarnos a vivir en profundidad la vida de Dios en nosotros.

Así la Escritura es santa no sólo porque su autor es santo sino porque nos santifica. Por otro lado es necesario situarnos en sintonía con el Espíritu Santo porque nuestra capacidad de entender la Escritura no es suficiente, ya que sólo por la fe podemos entender lo que el Espíritu nos quiere decir. Por decirlo claramente: quien no tenga plena fe en que el Espíritu Santo es el intérprete de la Escritura y que toda ella es una manifestación de la vida íntima de Dios revelado en Cristo, necesariamente distorsiona la verdad.






22/01/2015 09:00:00