Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

La auténtica vida

Oración sacerdotal de Jesús el Viernes Santo


Debemos comprender lo que ocurre el jueves a la luz de los acontecimientos del Viernes Santo, que es precisamente cuando debiera haberse celebrado la pascua judía. Será entonces cuando realizará en la carne su entrega total. En la medida en que la Oración Sacerdotal es una forma de poner en práctica la entrega de Jesús, constituye el nuevo culto y está intensamente e internamente unida con la Eucaristía.

Nace a la vez la Iglesia, con la Eucaristía y el Sacerdocio. Esos misterios que están en el centro de nuestra fe. El contenido de lo que encontramos en la Carta a los hebreos, es coincidente con aquellos cantos que son la primera lectura del Oficio de Pasión del Viernes. “Así habló Jesús, y alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn 17,1-3)

Este es uno de los grandes temas de la Oración Sacerdotal: la vida eterna. El tema de la vida, que aparece ya desde el prólogo de san Juan, impregna todo su evangelio, pero esa expresión tan conocida de la “vida eterna” adquiere un significado distinto del que puede entenderse a primera vista. Para descubrirlo es preciso acercarse a otro momento de la vida de Jesús: el de la Resurrección de Lázaro. El evangelio narra el diálogo que sostiene Jesús con Marta, después de que ésta se duela del “retraso” con el que Jesús llega a Betania. Efectivamente, para entonces Lázaro llevaba ya cuatro días muerto. Y es en el contexto de este precioso diálogo en el que Jesús dice a Marta: “el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”. “El que está vivo y cree en mí no morirá para siempre”.

“Vida eterna”, no significa la vida eterna después de morir, sino la “vida verdadera”, la “vida auténtica” o vida en sí misma. Lo que desea de Jesús de Marta es que abrace del todo la vida misma que reside en Él. Deseamos vivir auténticamente, del todo, plenamente, intensamente: y esa es la vida eterna: “que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a quien tú has enviado, Jesús”. Esto es lo que realmente interesa, abrazar ya desde ahora la vida verdadera que nada ni nadie pueda destruir. También les había dicho Jesús a sus discípulos “Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis.” (Jn 14,19).

Ese vivir ya no está en el vivir físico. Lo característico del discípulo de Jesús es que vive. De hecho a los primeros cristianos se les llamó “los vivientes” (hoizóntes). Lo característico de Jesús en su testamento es animarnos a vivir. El conocimiento de la vida eterna no es un conocimiento meramente intelectual, sino un conocimiento que crea comunión, que crea relación. Este conocimiento de Dios se nos ofrece por la fe y en el que deseamos seguir creciendo.

Creer en Dios es fiarnos de Él y depositar nuestra vida en sus manos: eso es vida. Jesús lo decía con aquellos modos de hablar que aún sorprenden hoy. “El que retiene su vida, la pierde, y el que la da, ese la tiene.” La vida eterna es “que te conozcan a ti y al que tú has enviado, Jesucristo”. “Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo existiera.” Ciertamente, nosotros somos el objeto de la fidelidad de Jesús al encargo que el Padre le hace.

Jesús encuentra su “gloria” al devolvernos al Padre. Jesús tiene la gloria en nosotros. Nosotros somos su gloria. Si nosotros llegamos al Padre, Jesús se alegra. Si no, se entristece. Donde le va la honra a Jesús es en que volvamos a Dios. “Y yo voy a ti, Padre santo. Guarda en tu nombre a los que me has dado. Para que sean uno como nosotros”. Esta fue la actitud interior de Jesús en la cena del Jueves Santo y en su entrega del viernes en la cruz.

Pero esta actitud interior es la que constantemente Jesús vive ante el Padre, intercediendo por nosotros. Y es con esta actitud interior con la que la liturgia conecta en cada acción que transcurre en el tiempo. Somos nosotros los que cambiamos y pasamos y dejamos de celebrar una acción litúrgica u otra, pero todas ellas reciben su impulso y su vida de su unión con la constante intercesión de Jesús ante el Padre.

Entendemos así que hacer “memorial” no es un recuerdo inútil ni una repetición; es el corazón de la rueda que permanece presente en el centro del tiempo que -por fuera- trascurre y pasa. La eternidad no es un tiempo alargado al infinito sino el Infinito presente y simultáneo a todos nuestros instantes fugaces. Hacer memorial es vivir eternamente en cada momento.






02/04/2015 09:00:00